La espesura, de Anton H. Tammsaare (Greylock) Traducción de Consuelo Rubio Alcover | por Juan Jiménez García

Anton H. Tammsaare | La espesura

Pensamos en la literatura estonia y nos imaginamos quién sabe qué lugares fantásticos, como si fueran tierras medias o países de otro tiempo. Las repúblicas bálticas no dejan de ser un misterio y ya no porque queden lejos (en nuestro extraño sistema de distancias), sino porque son como una tierra de nadie, perdida entre otras tantas cosas, algunas demasiado grandes. Entonces nuestros conocimientos aún se detienen un tanto en Lituania, porque de allí son Arvo Pärt, Jonas Mekas, Šarūnas Bartas u Oskaras Koršunovas (del que aún recordamos su Elena tendida sobre el piano). Y un día, Greylock, publica La espesura, que es un clásico de la literatura estonia, y de nuevo pensamos en todo lo que se nos escapa, en todo lo que tenemos por descubrir, mientras en la calle escuchamos la misma música festiva de siempre y las campanas tocan igual, una y otra vez desde hace un buen rato. Hay otros mundos y están en este. Lejos, cerca.

Anton H. Tammsaare nació en 1878 y es el patriarca de las letras de su país. Consuelo Rubio Alcover nos ofrece una extensa y más que interesante introducción a su figura, su obra y su posición dentro de la cultura popular estonia, un marco en el que movernos. La historia podría ser una historia de amor al uso (o de desamor). La heredera de una familia con dinero y propiedades y el heredero de una familia con menos dinero y menos propiedades, que parecen destinados a una fructífera unión. Y es que entonces (este entonces debe leerse con la necesaria ironía) el dinero y las propiedades eran capaces de hacer girar el mundo, el mundo hasta en sus lugares más recónditos. Pero desde el principio, asistimos a que en ese punto de partida hay muchas capas.. Ella ha estado en la capital y ha vuelto con otra cultura, con otra mentalidad. Él acaba de salir de la cárcel tras haber matado en una discusión a un hombre. Él es tuerto, pero fuerte, y se conocen desde la infancia. Ella cree que con su ayuda podrá sacar adelante y mejorar la finca que le deja su padre retirado. Un fatal accidente, tras una fiesta, acaba por complicar aún más su relación, hasta convertirla en algo próximo a la imposibilidad más absoluta. Y entre medias, se encuentra la frágil figura de una criada que ha tenido un hijo de él, pero que no pide nada.

Hay otro misterio que ya se nos avanza en la contraportada del libro: es una tragedia sin mencionar. Pese a que la fatalidad recorre buena parte de la obra (enlazada, misteriosamente, con la esperanza, pero desde una cierta oscuridad de días sin luz), es imposible verla como una obra triste. Tal vez sea esa sensación de destino que la atraviesa, como la personalidad de Villu de Katsu (él) que parece determinada porque la inmutabilidad de lo que hay. Una especie de certeza entre un mundo de cosas flotantes. El rigor que conduce a un cabeza loca. Ella, Anna de Kõrboja, aunque se conocen desde la infancia, una infancia compartida, ha vuelto de la ciudad y eso le da otra manera de afrontar las cosas, más práctica y menos calculada, más abierta a los cambios necesarios para que lo viejo siga vivo en lo nuevo. Una mujer que no es que se haya adelantado a su época sino que ha llevado esos nuevos tiempos a aquel lugar encerrado en los cálculos del pasado. Y en la obra de Anton H. Tammsaare todas esas cosas van encontrando su acomodo como si de una leyenda se tratara, un mito fundacional, en el que los colosos dejan su lugar al descubrimiento. Las aguas se han abierto y hay que cruzar. Y en esa oscuridad primigenia, sin tallar, surge una tímida luz.

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