El peatón sentimental, de Julio José Ordovás (Xórdica) | por Juan Jiménez García

Julio José Ordovás | El peatón sentimental

Cierto que vivimos en tiempos de una vuelta al ruralismo, a la naturaleza, a los parajes abandonados, a las piedras viejas y a las viejas ideas, a los paraísos perdidos. Búsquedas de nuevos Walden, Thoreaus vocacionales. Causas justas que se confunden con nuevas olas que en algún momento se retirarán para dejar su lugar a otras y estas a otras más, quedando lo de siempre y algo más. Frente a esta certeza, vuelven los flaneurs, esos paseantes solitarios, senderistas de acera, entre ríos de asfalto y horizontes inexistentes porque todo está demasiado cerca, demasiado encima. Amantes de esos lugares, tantas veces un misterio, que son las ciudades. Unas ciudades que pueden tener el mismo nombre pero son siempre diferentes y solo una, la nuestra, geografías íntimas, personales. Nada es lo mismo ni tan siquiera dos veces, como ya dejó demostrado Georges Perec, recorriendo una y otra vez aquella rue Vilin de su infancia. Ciudades que no solo responden al paso de las estaciones, como cualquier fragmento de naturaleza (y algo de esta queda en aquellas), sino a un proceso interminable de transformaciones, de reacomodos, de destrucción y construcción, hasta que se diluyen en periferias más o menos difusas, más o menos abruptas.

Y en esta línea está El peatón sentimental, ese Julio José Ordovás que recorre Zaragoza, que no es París, ni Berlín, ni tampoco Madrid, ni esas otras ciudades que nos parecen más propias para evocar algo, y ese es nuestro primer error y también su primer acierto. La ciudad no responde por sí misma, sino que lo hace a través de las preguntas de esos flaneurs, y, por lo tanto, como dice el propio título, esos paseos pueden ser sentimentales y la ciudad contener tantas cosas como sentimientos nos ha provocado o como nuestra pequeña, modesta historia, se entrelaza con ella. Hablaba de Perec y Perec daba vueltas por mi cabeza mientras leía a Ordovás. No hace mucho que releí Lo infraordinario, y lo infraordinario también estaba aquí. Y las listas, esa sucesión de cosas. Cosas vistas o inventarios de recuerdos que acuden a nosotros a borbotones, como la sangre de heridas recientemente abiertas. Es relativamente fácil reivindicar los espacios abierto, los árboles, el vuelo de los pájaros, la belleza de los amaneceres y atardeceres en campos abiertos, pero cómo hablar de la atracción por los perdedores, por los mendigos que te hacen llorar con sus canciones o viejos punks que nunca madrugaron, condenados a no ser recordados por nadie (pero finalmente inmortales, porque la palabra los dejá ahí, clavados, como mariposas).

Julio José Ordovás separa sus trayectos entre paseos y extravíos y fantasmas y otras apariciones, pero en esta sucesión de fragmentos, de destellos, todo acaba por confundirse, porque las ciudades son también aquellos que las habitan, pero, entre tantos miles, aquellos que se nos aparecen como algo único. Porque en las ciudades esa unicidad es algo que incluso necesitamos, esa singularidad, esa especialidad. Como si de repente, entre todo el ruido, entre todo ese movimiento de las cosas, necesitáramos cosas a las que aferrarnos, a las que referenciarnos. Saber que no somos unos millones, o unos miles, sino la suma de unos, atravesando pasajes que solo a nosotros nos pertenecen pero que compartimos.

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