Renoir, vida y obra, de Ambroise Vollard (Confluencias) Traducción de Robert Pla | por Juan Jiménez García

Ambroise Vollard | Renoir, vida y obra

Ambroise Vollard tuvo desde muy joven alguna que otra pasión. Primero, los cuadros. Con veintidós años ya tenía su propia galería de arte. Segundo, la literatura. Y, entre ambas, como un cruce de caminos, los libros ilustrados. Enormes escritores acompañados de enormes pintores. Seguramente, si por algo quería ser reconocido, fue por eso. Pero lo cierto es que su nombre siempre quedará asociado a los impresionistas o aquellos que vinieron después, y, a la suite Vollard, la obra gráfica más conocida de Picasso. Para el caso, Confluencias nos trae sus conversaciones con Renoir (conversaciones que incluían a no pocos pintores, pero aquí reducidas a él), un espacio en el que la literatura y el arte se encuentran para dejar lugar a la vida.

Auguste Renoir tenía ya sus años. Había visto de todo, todo lo había conocido. Era amigo de mucha gente y otra tanta le resultaba perfectamente indiferente. No se guardaba nada para él (o bien poca cosa) y eso seguramente hace que las páginas de este libro sean tan jugosas. Para Renoir la vida y el arte van íntimamente ligadas y uno solo puede ser artista por instinto, que es como decir, porque se es. Vivir, pintar, son un solo acto, un único gesto. Vollard le deja hablar, aunque él también tiene mucho que decir sobre aquellos otros personajes que habitaron un tiempo que soñaba con otro. Decimos cualquier tiempo pasado fue mejor, y eso ya era algo válido en aquellos primeros años del siglo veinte.

Las búsquedas estéticas de Renoir se podrían concretar en la piel de una mujer que refleje la luz de una manera especial. Siempre buscando, siempre alerta, tiene palabras para todos. Estilos, clásicos, ciudades, criadas. Estuvo en España y todo le pareció horrible, mujeres, hombres y lugares. Excepto Velázquez, que, después de todo, era para lo que vino. No tiene mejor opinión de Venecia o Florencia o de Holanda. En realidad, esa misma búsqueda de la perfección deja muchos muertos por el camino. Algunos de peso considerable. Y no solo pintores: también tiene para los literatos.

Hay un ímpetu de pintar, pero también de contar. Ninguna timidez. Un desnudo de mujer está acabado cuando dan ganas de tocar ese cuerpo. Un bonito resumen de la pintura, de una pintura, que ya desaparecía. ¿Cuántos años hace que no tenemos ganas de acariciar ningún cuadro? Contra la tristeza, Renoir no ama especialmente a Rembrandt (como a tantos otros, repetimos). El creía en la alegría de vivir. Es decir, en la alegría de crear. ¿Cómo escapar esa imagen de él, en su silla de ruedas, completamente devastado, con el pincel atado a una mano cuyos dedos ya no responden? Ahí está esa vieja grabación, trabajando.

Algunos años después, sería su hijo, Jean Renoir, quién le dedicaría el más bello homenaje. Pero no solo eso, sino que por un momento logró capturar toda la vida de su padre (toda esa vida que corre por este libro, como sangre derramada, ofrecida a la pintura) en esa pequeña obra maestra que es Une partie de campagne. Su padre era Sylvia Bataille balanceándose, con una alegría desbordante, en aquel columpio. El tiempo, la belleza, la felicidad, la pasión, el ir y venir. Eso es todo. Todo.

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