Perpetua felicidá, de Iniciativa sexual femenina (La mutant)  | por Óscar Brox

La primera imagen es la de un escenario plastificado en el que apenas figuran elementos dramáticos: unas banquetas, unos cascos, una luz portátil y unas redes convenientemente recogidas hasta que sea el momento de extenderlas. Casi en medio, Moreau, Keisanen y Morales, Iniciativa sexual femenina, componen una figura bajo una iluminación tenue. La pieza arranca con el ritmo de las estatuas, mientras Moreau y Keisanen se acercan al final del escenario entre movimientos que apuntan, ante todo, al rito y a cierto pictorialismo -el gesto, la pose, brazos y manos dibujando imágenes propias de una iconografía religiosa. Esto al espectador le permite observar, tomarse su tiempo y demorarse en la rigidez de los cuerpos, en esa microgestualidad con la que emulan rostros, actitudes y voluntades. 

Esos primeros compases, quizá los más pausados, son como de aclimatación a una obra áspera, difícil y poco interesada en lecturas rápidas. Diría que se hace un silencio, una expectación, a medida que sus cuerpos invaden el escenario, se adueñan de cada metro y lo poseen. Lo habitan. Es esta una parte en la que notamos el trabajo de preparación de la pieza: pienso en esa iluminación entreverada de oscuridad, en la posición de los cuerpos y su relación (su emulación, su parodia o, simplemente su curiosidad) con tradiciones e imágenes de la pintura religiosa. Digo parodia porque no creo que el objetivo sea representar un momento de lo sagrado, a través de la lectura del martirio de las Santas Perpetua y Felicidad, como más bien extraer todo ese saber bajo de prácticas y políticas que flotan, precisamente, en lo sagrado. Desintegrar el éxtasis y la alegría, desmenuzarlo, descomponerlo y recomponerlo, y ver qué hay de útil en todo ello cuando se lo opone a un cierto régimen o estado de cosas. 

La danza aparece, a ratos como un calambrazo febril y a ratos como movimientos que niegan cualquier gesto de belleza, simetría o precisión -de Academia, en definitiva- para enseñarnos los cuerpos. Su tensión. Su fuerza. El sudor y el cansancio, todo lo que pueden dar de sí para mostrar o para decir. Por ejemplo: en esa imagen tan asociada al martirio en la que unos dedos atrapan la lengua, que ya es más carne que palabra; o esas manos que retuercen, como tenazas, los pechos. Moreau, Keisanen y Morales presentan y representan ese catálogo de atrocidades con la necesidad de vaciarlas de efecto. Lo que quedan no son solo los gestos, sino la autoridad, el poder y el discurso que los acompañan. De hecho, aunque el poco texto que aparece en la pieza se limite al recitado de ese santoral de mártires y flagelos, uno tiene la sensación de que Perpetua felicidá es una pieza profusamente escrita, en la que cada momento parece hablado, explicado, discutido y proyectado contra el espectador con la esperanza de una reacción. Como quien enseña a usar un fusil -hay algo beligerante, rebelde e insubordinado en la pieza; una actitud que enseña los dientes y dispara con bala. 

Versiones de Battiato o Yuri, recompuestas como fondo musical para el éxtasis, acompañan los momentos más gozosos de la pieza. Luces estroboscópicas, baile febril, cuerpos que se agitan y viven con un gozo total. Estética bonita dibujada en forma de trallazos, generosamente dinámica cuando el ritmo estaba congelado entre el rito y el misterio. Tal vez, también, el frío. Esa severidad con la que el trío pone en escena cada parte de su tríptico. La aspereza, que es asimismo la confianza en que el espectador sabrá cómo tirar del cabo para completar lo que en ocasiones parece apenas delineado. El esfuerzo por hacer una arqueología de saberes e imágenes, por traer textos y vidas que se leen con otra luz (es inevitable, por cierto, pensar en ciertos momentos de la obra de Michel Foucault), que producen otros efectos de sentido cuando se los extrae de su ecosistema. Y que, por tanto, se vuelven prácticos, útiles, porque enseñan, muestran y dicen y disparan contra un régimen, una verdad o un discurso largamente establecido. Producen ideología, política, pero sobre todo acción. 

En Perpetua felicidá se dan dos circunstancias que aparentemente pueden resultar contradictorias: de un lado, Moreau, Keisanen y Morales se convierten casi en performers o accidentes de la pieza. Es decir, uno puede notar su alegría, o su disfrute, en lo que están haciendo. La sensación de que asaltan el escenario y lo convierten en un arenero en el que juegan, inventan, ensayan, danzan, explotan. Fluye una anarquía subterránea de la que cada vez somos más conscientes y, posiblemente, más receptivos. De hecho, diría que la propia pieza termina por ser un grafiti o un acto vandálico contra toda esa tradición; una liberación por la vía de la voluntad, los cuerpos y todos esos saberes agazapados que, entre flagelos y martirios, salen a la luz como la potencia que las tres intérpretes quieren traer al escenario. Sin embargo, en ese punto la obra también pierde algo de organicidad, se ve un poco dispersa, a caballo entre la revuelta y el rito. Le gusta ser punki y esclava, moverse entre el claroscuro de un trabajo de iluminación elaborado y quedarse pegada a esos colores cálidos que se proyectan sobre el fondo del espacio. Que le dan un aire de exposición, incluso de happening, de no saber muy bien cómo va a acabar, hacia dónde va toda esa energía. Lo cuál, por cierto, no tiene nada de malo. Pensándola después, me gusta creer que es una pieza que se autoinmola, que se corta la cabeza sin complejo alguno para enseñarnos ese éxtasis, ponerlo casi a nuestro alcance e invitarnos a discutir qué efectos (retóricos, políticos, ideológicos) puede tener ahora mismo. 

Hay una satisfacción en los rostros de las tres intérpretes, casi una arrogancia (y no es un reproche, más bien admiración por su forma de hacer teatro, artes vivas o una performance de todo lo que puede ser eso), que me hace pensar en la felicidad y en cómo se desacraliza un escenario para hacerlo hablar de otra manera. Los movimientos, las coreografías, los cuerpos, los gestos y miradas tienen algo de complicidad, pero también algo de beligerancia, de visión subterránea que emerge a la superficie para quedarse con todos. Para llevar a cabo un exorcismo de la danza y resignificar lecturas, confesiones y textos sagrados. Leerlos, tacharlos, parodiarlos, exprimirlos y exprimirse entre golpes de fusta, gestos propios de la estatuaria clásica y una luz que agoniza en el escenario plastificado mientras el pop de los 80 estalla en nuestros oídos a través de una reconfiguración musical salvaje. O cómo bailar el martirio para producir nuevos efectos de sentido. Pensar de otra manera.

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