Número tres

«Apreciable y distinguida Señorita,

He esperado tanto tiempo, tantas horas y minutos, que usted se fijará en mí, que nos conociéramos, que por fin he decidido ponerme en comunicación con usted. Es importante para mí, insustituible, pues es lo que me dará fuerzas para hacer lo que debí solucionar en su momento. Desde que la vi, sentí que algo fatal me habría de ocurrir; es como si desde siempre lo viniera esperando. Al verla, lo presentí de una forma total. Esta es mi más secreta justificación de la vida, el amor, para muchos hombres desconocido. Sí, el amor, el amor que mi persona siente por usted. He estado luchando deliberadamente en contra de este amor, pero no puedo engañarme más. Si he de sobrevivir, necesito su ayuda. No puede imaginar la tristeza de mi vida. La veo constantemente en cada sombra, dormido o despierto, pero sólo el amor puede dar sentido a mis ilusiones. Ese amor que necesito tanto. Pero este es ya imposible, cerraré los ojos y no veré más, pues más adelante las decepciones serían inmensas para mí y no podría aceptarlo, avergonzado de mí mismo. Que nadie culpe a otra persona de lo que voy a hacer, soy yo mi único asesino. Yo mismo, he perdido toda noción de los motivos que me impulsan a lo que voy a hacer, y ya no comprendo cómo se encadenaron las cosas entre sí, a no ser mi amor por usted. Pero es ley de mi destino esta trágica necesidad de no poderme quedar junto al ser que amo. Hago sinceros votos para que su felicidad sea más completa que la mía. Solamente una vez al año los muertos viven un día.

Antonio Gómez »

(Carta de amor de un asesino, 1972)

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