Andreas Hykade | Ring of fire

Hace un tiempo les hablaba de la magnífica -y sentida- Trilogía de la vida, realizada a lo largo de la pasada década por el animador norteamericano Don Hertzfeldt. Como recordarán, en ella se abordaba un tema que no suele ser frecuente, excepto en versiones ñoñas y sensibleras: el momento en que todo ser humano descubre su mortalidad, la certeza de su desaparición sin dejar rastro ni recuerdo. En esta ocasión, me gustaría analizar otra trilogía no menos lograda y sentida, la Trilogía de la vida rural del animador alemán Andreas Hykade.

Al contrario que en la de Hertzfeldt, el tema de esta trilogía es mucho más habitual: el paso de la niñez a la madurez. Sin embargo, no lo es el modo en que Hykade enfoca y presenta este tránsito vital. Normalmente, la niñez, incluso la juventud, tienden a mostrarse cual paraíso soñado y perdido, al cual quisiéramos retornar los que ya sólo podemos envejecer. Tan acendrado es este espejismo, cuyo rastro puede seguirse hasta las novelas de Dickens, que productos animados recientes han sabido pulsar muy hábilmente los resortes sentimentales del público, siendo esa, quizás, su única fortaleza. Por otra parte, este apelar a un Paradise Lost se conviene muy bien con la imagen popular de la animación, producto para y de la infancia, figuración tan fuerte que incluso ahora, cuando la animación al fin puede ser disfrutada sin correr el riesgo de ser expulsado de alguna Arcadia cinéfila, seguimos juzgando a sus grandes nombres por sus obras de carácter más infantil, aquellas que contienen una mirada emocionada sobre ese mundo de la maravilla y la ilusión, dejando de lado otras obras más maduras.

Existe otro punto de vista, aparentemente más atrevido y contestatario, el de las comedias juveniles americanas de los años ochenta y de buena parte de las series de anime. En esas obras se reduce ese tránsito vital al descubrimiento del sexo, hecho más que cierto, desconcertante y demoledor, pero que ve reducido su impacto existencial a los chistes verdes y las bromas de adolescente, sin preocuparse por explorar el efecto devastador que ese encuentro, para el que nadie nos ha preparado, tiene sobre cada uno nosotros en un momento crucial de nuestras vidas. Y no es que las bromas estén de más, todo lo contrario, pero lo que sí está de más es preferir siempre el camino trillado, sin desviarse un milímetro de él.

Como pueden imaginarse, la visión de Hykade sobre estos ritos de paso se halla en un ámbito completamente distinto al de los ejemplos antes citados. Para Hykade, en primer lugar, tal paraíso no existe. Tan absoluta es su ausencia que cuando comienzan sus narraciones no queda de él ni el recuerdo. Sus personajes -los de la Trilogía de la vida rural– se hallan abandonados a su suerte en un desierto existencial, sin guías ni referencias, condenados a encontrar un camino, cualquier camino, sin certeza alguna de que realmente vaya a tener un destino, ni mucho menos que este, si se llega a él, resulte ser afortunado y feliz.

leer en détour

Número siete
Pa(i)sajes: La belleza del mal
Imágenes: Juan Jiménez García

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