A Bam Bam Boo Loo Ba, de Javier Polo. Ilustraciones de Saioa Burutaran (Expediciones polares) | por Óscar Brox

Javier Polo | A Bam Bam Boo Loo Ba

Cada vez que me preguntan, siempre digo que Pero hermoso, de Geoff Dyer, es uno de los mejores libros (o una de las mejores ficciones) sobre música. En especial, por su delicadeza a la hora de acercarse a la vida de colosos con pies de barro como Bud Powell o Monk, Eric Dolphy o Mingus. Pero, fundamentalmente, por su forma de capturar la música, de convertir las notas en emociones narradas, y trasladar al lector a ese entorno de vidas gloriosas, también efímeras, y del legado musical que dejaron en su trayecto. Puede que A Bam Bam Boo Loo Ba, en sus intenciones, sea un libro más modesto; un repaso, breve e intenso, por el anecdotario del rock, el soul y casi cualquier género musical, que describe las filias, las fobias, las ocurrencias o los momentos irrepetibles de un buen puñado de artistas. De esos que, transcurridos los años, ya casi no se sabe si tuvieron lugar o fueron una ensoñación más, imágenes alucinadas, destinada a dotar de mayor dimensión a la mitología de cada banda. Visto así, el trabajo de Javier Polo y Saioa Burutaran no está exento de mérito, pues esas cápsulas de vidas musicales tienen un doble reto: no solo se trata de cazar el mito fugitivo de cada cantante, sino también de despertar ese cosquilleo curioso. La revelación, lo desconocido o, como mínimo, las ganas de desempolvar la discoteca para acompañar con el viejo sonido a estas nuevas palabras.

Sin querer ser demasiado exhaustivo, A Bam Bam Boo Loo Ba picotea de lo mejor de cada casa. Ya que sale a colación el título del libro, huelga decir que Little Richard es uno de esos artistas a los que el tándem Polo/Burutaran saca brillo explicando el origen de uno de los estribillos más pegadizos de la música del Siglo XX. También pasean por sus hojas la visión más pendenciera de los Allman Brothers, capaces de la mayor sensibilidad en sus canciones y de ser unos auténticos brutos (cuando no directamente cosas peores) en la realidad. O del temperamento huracanado de James Brown, que en venganza por no dejarle cerrar el espectáculo para el que había sido contratado, se marcó una actuación que era un puro torbellino de energía sobre el escenario. O de Jerry Lee Lewis, tan pasado de rosca que en un viaje por Memphis le faltó poco para allanar la casa de Elvis y cantarle las cuarenta. La pasión tormentosa de Jim Morrison con Manis Joplin, la sensación de derrota de Eric Clapton cuando escuchó tocar a Jimi Hendrix, o ese instante fatal en el que Pink Floyd se despidió de un Syd Barrett que ya casi había abandonado el mundo de los humanos.

Lo bueno de un libro como este es que no solo se nutre de la anécdota superficial, sino que sus autores construyen una pequeña historia alrededor de cada cantante o banda. Unas palabras para entender, para situar en el contexto, para sentir o, en fin, para conmover. Porque, en definitiva, la materia sensible de A Bam Bam Boo Loo Ba es la música. La creación de un tema mítico como Yesterday, del sonido de los Beach Boys bajo la mano de hierro de Murry Wilson o de los últimos pasos de Lemmy antes de Motörhead. Cómo The Byrds llegaron a ser The Byrds, por qué Roger Daltrey cayó en desgracia en The Who durante varios meses o qué le dijo Miles Davis a Nancy Reagan cuando aquella se atrevió a abrir la boca. Y la lista, en fin, podría ser infinita. O kilométrica, ya puestos, porque siempre se podría añadir aquel extraordinario concierto de los Cramps en un manicomio de Tampa, cuando detuvieron al bueno de Frank Zappa después de proponerle al policía de paisano grabar un loop pornográfico con una chica, etc., etc.

A Bam Bam Boo Loo Ba es una obra de lectura ágil, versión musical de aquellas vidas de santos que, junto a la estampita de rigor, glosaban los méritos del personaje. Bien, aquí santos hay pocos (que se lo digan al padre de Marvin Gaye), y no siempre lo que se recuerda pertenece a lo más bonito de la biografía de cada intérprete. Sin embargo, Polo y Burutaran se esfuerzan por transmitir ese entusiasmo, el regusto melómano, que transforma cada apartada en una de esas historias orales que pasen de boca a oreja, y así sucesivamente. Que sobreviven en el tiempo hasta fraguar pequeños mitos alrededor de grandes artistas. Da igual si hablan de las preocupaciones de Sam Cooke cuando todavía era un cantante gospel que soñaba con abrirse camino en el mainstream o de las cabronadas que podía gastar Ray Charles cuando estaba inspirado para las bromas. Para lo bueno y para lo malo, cada anécdota se vive y se siente. Retrotrae a ese pasado glorioso que no volverá, a ese instante de inspiración total. Como el de Chet Baker con su sonrisa de Mona Lisa, cuando tuvo que cambiar su manera de soplar la trompeta porque tenía la boca mellada. O como el silbido que Otis Redding nunca pudo escuchar en vida, y que sin embargo se convirtió en el más famoso del soul. Porque de eso se trata, todo eso abarca A Bam Bam Boo Loo Ba, del más hermoso de los sentimientos que inspira la música: mantener con vida, como si cada vez que las escuchásemos fuesen la primera vez, las canciones de todos estos músicos. El resumen de aquellas vidas gloriosas.

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