Werner Kofler. El otro, por Juan Jiménez García

Hotel Luz de crimen, de Werner Kofler (Ediciones del Subsuelo) Traducción de Carlos Fortea | por Juan Jiménez García

Werner Kofler | Hotel Luz de crimen

Después de todo, ¿qué es la realidad? Una chica díscola que se nos escapa una y otra vez sin que acabemos de comprenderla, sin que entendamos mucho de ella. Misterio, puro misterio. Creemos en la realidad como en algún tipo de diosecillo antiguo. Pero igual que esos dioses antiguos u otros más modernos, no existe. Es un mito más, una leyenda a la que aferrarse. Entre esas realidades tambaleantes está uno mismo. Quiénes somos. Quién diablos somos. Bohumil Hrabal ya se hizo esa pregunta y se intentó contestar de tantas formas diferentes que al final entendíamos que ni tan siquiera intuía la respuesta. Alberto Savinio hablando de Guy de Maupassant dijo aquello de yo soy otro. Bueno, lo cierto es que lo dijo el propio Maupassant o alguien que se hacía pasar por él (este otro… o yo). En fin. En realidad de todo esto ya trata Hotel Luz de crimen, la segunda entrega de la trilogía alpina (¿y las montañas? ¿dónde están las montañas?) de Werner Kofler, que edita Ediciones del Subsuelo.

Tres historias. En Conjeturas acerca de la Reina de la Noche, los nazis se dedican a detener a la Reina de la Noche de distintas representaciones de La flauta mágica, en otras tantas partes de su efímero pero destructivo imperio. Unas reinas bocazas o simplemente confiadas, tan ingenuas para ignorar que la traición y los espías están en todas partes, con o son nazis, con o sin guerra. Es la sangre. Crónica de detenciones, de desapariciones. Cosas de cada día por esos días. Como para preocuparse por un puñado de sopranos.

Hotel Luz de crimen es la historia de un asesino que ya no es que no se reconozca en lo que los demás (la prensa, por ejemplo) cuenta de él, sino que su propia realidad empieza a tambalearse ante las distintas evidencias de lo que hizo. Evidencias nada evidentes. Realidad resbaladiza. Pero ¿qué hizo? Cómo saberlo si todo el mundo tiene algo que contar, incluso algo diferente que contar y él no tiene nada que recordar, nada que sobreviva al empuje delirante de los otros. Juego de hilos que se entretejen para acabar dando… nada. O todo. La narración de Werner Kofler tiene esa distancia irónica que nos permite creer que estamos salvados de las zozobras del pasado, cuando si levantamos la cabeza y pensamos un poco importa lo que haya ocurrido frente a las reescrituras que se nos imponen.

Autoobservación encubierta es una historia de terror con ningún susto. El miedo es que un día nuestro cuerpo nos abandone (otra vez, otra vez yo es otro, Maupassant, Rimbaud, qué se yo) y la vida se vaya ahí enfrente, a la Casa de la Literatura o a un sitio aún peor. Y resulta que el escritor que es ya no es, convertido en un observador del que parece ser, pero que seguramente tampoco es. Es un lío. Un divertido lío en manos de Kofler, porque todo se pone a vivir su vida, sin los necesarios permisos. Uno mira desde su personal ventana indiscreta y todo se ha echado a los caminos, a vivir su vida. Personajes, escritor, escritores, celebridades, ciudad, mundo, tiempos, sucesos. La vida es un puzle blanco, el más difícil de completar en palabras de Georges Perec. Sin realidad, sin la ilusión de esa realidad, solo nos queda entregarnos al desenfreno de imaginarnos, entre el ruido de los demás.

No lo he dicho. Werner Kofler era austriaco. Y podría ponerme a pensar en ello, porque tengo la sensación de que esto quiere decir algo en la obra de Kofler. Pero eso se lo dejo a otro. O quizás a mí mismo. Cuando llegue la tercera entrega de esta Trilogía alpina. Y tal vez, con ella, las montañas.

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Détour

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