Taipéi, de Tao Lin (Alpha Decay) Traducción de Marta Alcaraz | por Juan Francisco Gordo López

Tao Lin | Taipéi

Tao Lin está considerado uno de los autores revelación de los últimos años. También uno de los más irreverentes.

Taipéi, su cuarta novela y tercera por cuenta de la editorial Alpha Decay, está repleta de palabras poco comunes en el vocabulario de los novelistas más destacados del panorama literario de su misma generación: crudeza, meditación, implacabilidad y vacío.

El vacío de una generación que pierde la vida al llegar a los 27 como por arte de magia y antes de lo cual deben aprovecharse al máximo del horrísono transcurrir del tiempo. El vacío de un paralelismo con el hastío de la crisis de fin del siglo XIX que se hace eco entre las juventudes que experimentan con los límites de la posibilidad intelectual. El vacío, en definitiva, ante el que la muchachada se abisma en una actualidad repleta de posibilidades ofertadas por la densa y maravillosa red virtual, una heterogeneidad inabarcable y que rebasa la integridad del ser humano y ante la cual, si no se reacciona, es fácil perder el control de uno mismo.

Así se nos presenta a Paul, protagonista de esta novela que transcurre entre fiestas en pisos, viajes para la promoción de sus obras y un trasfondo existencial demasiado temerario. Una recuperación del ennui, esta vez propiciado por la experiencia excesiva, que supera a un sujeto que busca descaradamente en la ingesta obsesiva de comida basura, las drogas de diseño de todo tipo y el uso de las nuevas tecnologías, la evasión de la inadmisible realidad.

La editorial Alpha Decay destaca por el cuidadoso trabajo de maquetación de sus libros, reflejos de la actualidad y con un elenco de obras de autores noveles que inflan las revistas de literatura con artículos que alaban su genialidad y prosa encantadora. Taipéi es uno de esos libros tan exitosos en el panorama literario de actualidad.

Lo cierto es que Tao Lin es un personaje al que le gusta hacer ruido y suscitar polémica. Sus entrevistas son extravagantes y de respuestas siempre itinerantes y sus libros son reflejo de su modo de vida. El autor es hijo de su tiempo y sabe cómo sacar provecho de ello, lo que le gana una cantidad ingente de detractores y admiradores a partes iguales, aunque, probablemente, esto sea una diferencia generacional, como afirma Clancy Martin.

Tal vez esa dicotomía establecida en la influencia de su obra sea lo que, precisamente, marca una paradoja en el propio transcurso de la novela. Y sí, es cierto, Tao Lin es aburrido, pero aburrido como leer una novela en la que no parece haber movimiento, aburrido como Dostoievsky, aburrido como una semana comiendo pechuga de pollo a la plancha sin más, sin una triste ensalada o una gota de aceite adicional. Aburrido como para no dejar de leerlo.

Taipéi es un reflejo de lo que las artes nos están dando en otros campos como el cine. ¿Qué son, si no, Nymphomaniac o El lobo de Wall Street para el cine que no pueda serlo esta novela para la literatura? El reflejo de una sociedad que busca el éxtasis del ya viejo “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, pero con la crudeza de un tiempo en el que el nihilismo ha pasado a la Historia. No hay valores ni creencias suficientemente fuertes para evitar la sensación de ingravidez que proporciona la autodestrucción con la explotación del cuerpo y el irrevocable fracaso de la inteligencia emocional.

La frialdad con la que se puede leer el texto no es nada en comparación con la insistencia con la que nos afecta, nos agrede y nos rebosa con la imagen de una realidad cibernética, más auténtica que la que tomamos por verdadera.

Sí, puede que Taipéi sea aburrida pero, como todo su contenido, es una muestra más de la necesidad del atractivo inmediato que demanda el cuerpo en su voluntad de satisfacción. El ritmo de la narración es frenético, casi fugaz y, sin poder parar en una sola página, cuando te das cuenta, se ha terminado la novela, pero sigues teniendo la necesidad de más.

Eso es Taipéi.

Eso es lo que somos.

Solo eso, y nada más.

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