Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll y Jill) | por Óscar Brox

Rubén Martín Giráldez | Magistral

A la lengua castellana no le vendría mal una escala de dureza, como la de Mohs con los minerales, o un test periódico que evaluase su resistencia. O las contraintes, las constricciones que definían las singularidades de la escritura del OuLiPo. La lista, tal vez, podría ser más que extensa y, a fin de cuentas, cada adición reflejaría una misma necesidad: llevar al límite las posibilidades expresivas de una lengua, reclamar un chute de vitalidad, perseguir incansable, más bien inconformistamente, todo lo que se puede llegar a decir, a hacer, a crear con las palabras. Magistral, el pequeño libro-texto-misil-novela-ensayo escrito por Rubén Martín Giráldez expone con sus dosis (des)medidas de ironía y elocuencia este punto. Así, hasta constituirse en una lección magistral de todo lo que puede dar de sí nuestra lengua.

Con Magistral sucede como con la bella aventura traductora de El secuestro, de Perec, o con la adaptación de las novelas de Gombrowicz al castellano, en las que lo bonito no es tanto detenerse a indagar en el qué, prácticamente imposible, sino perderse en el cómo. En el ritmo alocado e intermitente, en la panoplia de recursos expresivos que se suceden línea tras línea, en ese sano sentimiento de tocar narices, jugar con los lugares comunes y alumbrar un puñado de dudas en torno a lo que significa escribir, traducir y, por qué no decirlo, leer. De qué manera se imbrican estas tres actividades. En el texto de Martín Giráldez hay bardólatras, perezosos,  ocurrencias y un baile intermitente con cada recurso habido y por haber del acervo castellano. Hasta tal punto que bastan unas pocas hojas para renunciar a plantarle batalla y dejarse llevar por la musicalidad, por las rimas y las gracias, por el sentido del divertimento que parece proyectar el inacabable monólogo sobre las potencialidades de una lengua, de una escritura y de, en fin, una cultura. Por todo aquello que dejamos arrinconado, orillado por una moda pasajera o por el confort que proporcionan las reglas de oro del oficio. Por el oficio, que a veces es un concepto demasiado gris para hablar de la escritura. Funcional. Por los olvidos de siglos, esto sí, de oro, que hacían rico y moderno al castellano sin necesidad de ponerle una cresta de punki o pintarle un grafiti en la pared del comedor.

Martín Giráldez aprovecha el texto para ahondar en la importancia de la duda, es decir, en cómo los brotes de escepticismos nos sacan de todas esas certezas estancadas durante décadas. Cómo nos permiten llevar a cabo una potente zancada en busca de otra cosa. Hacer más elástico y permeable el lenguaje, tal vez, pero también preguntarnos cuál es nuestra relación con él, con lo que escribimos, con lo que traducimos. Con esas palabras vertidas en un procesador de textos que forman párrafos, capítulos y libros. Cuál es el pegamento secreto. El argumento, el meollo y el discurso. Qué se puede decir, o seguir diciendo, en una época fatalmente saturada por obras que no dicen nada. O que dicen demasiado de lo mismo, sin apelar a una pizca de intuición para revolverse contra los convencionalismos. Para no ser otro estéril ejercicio de vanguardia que, en cinco o diez años, morirá anclado en la moda que lo parió.

Tal vez Magistral, como ese Mujeres ilustres norteamericanas que figura como anexo (qué sería de las ediciones de Jekyll & Jill sin sus anexos), solo deparen una pregunta. Pero qué pregunta: ¿Qué es un libro? Un libro bajo sus influencias, bajo sus reflujos, herencias, ideas, juegos, tradiciones, constricciones y reglas. Y así, también, qué es un escritor, qué un lector y qué una cultura. Y qué lugar ocupan todos ellos, todos nosotros, qué lugar ocupamos en este mismo momento. El libro de Martín Giráldez podría ser como un número de magia que agota todo su repertorio de golpe, desatando tal clase de asombro que invita al K.O. A la confusión. A bajar los brazos. Y, sin embargo, su sabia combinación de ingenio y locura, de divertimento y de estudio, nos depara una interesante reflexión sobre la relación que mantenemos con la literatura. Como en las obras de Calvino, como en los ensayos de Eco, como en las historias juveniles de elige tu propia aventura. Solo que aquí, en vez de cíclopes, hay bardólatras, y los cantos de sirena que distraen al héroe de su empresa son los de una lengua vaga que anhela recuperar el vigor. La invención. La energía. Y, como demuestra este libro, la diversión.

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