Richard Price. El deber y la familia, por Óscar Brox

Los impunes, de Richard Price (Random House) Traducción de Óscar Palmer | por Óscar Brox

Richard Price | Los impunes

El eco de las fotografías policiales que Leonard Freed tomó para la agencia Mágnum se deja escuchar en las primeras páginas de Los impunes. El trabajo de la guardia nocturna. La rutina de bebidas energéticas, cuerpos exhaustos y escleróticas enrojecidas. De peleas que se dirimen a navajazos, cuerpos recortados sobre la escena del crimen y broncas vecinales que nunca pasan a mayores. Esa es la vida de Billy Graves, según Richard Price. Sin lustre, cansada, con la mirada puesta en el tiempo que falta para la prejubilación. Alejada de los turbulentos años 90, en los que el trabajo policial ejercía otro tipo de presión. Pero, también, marcada por esas experiencias. Por los compañeros de brigada que abandonaron el oficio, por las adicciones, los divorcios, las separaciones y los impunes. Aquellos criminales que eludieron el peso de la Ley, a los que nunca pudieron dar caza.

Price ordena ese microcosmos policial a través de las relaciones de su protagonista con el pasado. Nos guste o no, el suyo es de esa clase de olores que nunca abandonan la piel. Una deuda a largo plazo que molesta lo suficiente. Una instancia moral que recuerda la borrosa frontera entre lo justo y lo personal. A Billy nunca se le olvida aquel disparo con su arma reglamentaria que, accidentalmente, impactó contra un niño. La depresión, el acoso temporal por parte de la prensa y la huida hacia delante, hasta conseguir dominar sus demonios interiores. O conservar, en mitad de ese infierno de delincuentes y podredumbre, un rayo de madurez. No en vano, la de Price es una novela que versa sobre la relación con los cabos sueltos del pasado, el lento proceso de aceptación y la sensación de que, pese a todo, la vida continúa. Mejor o peor, pero sigue. De ahí que su calculada ambigüedad moral apunte con determinación hacia aquellos representantes de la Ley que no podían evitar trasgredirla. Tal vez porque eran demasiado humanos, porque el proceso de investigación resultaba lento y los procedimientos judiciales inútiles. Quizá porque aquellos distritos apaches eran, y siguen siendo, otro mundo. Un mundo de esquinas, viviendas de protección oficial y supermercados de la droga, en los que la humanidad se agota tan rápido, se vive tan intensamente, que solo puede explicarse a través de la ley de la selva.

Bajo su estructura policial, Los impunes es, fundamentalmente, una novela familiar. O, mejor dicho, una obra que describe los estragos de lo policial sobre la familia. Cómo se negocia con los esqueletos del armario, los interminables días de patrulla, las balas perdidas y la inevitable corrupción. Alguien está acabando con todos los impunes que la antigua brigada de Billy no consiguió atrapar. Asesinados, aterrorizados, proyectados contra el torno del metro de Nueva York… Sea como sea, sentenciados después de tanto tiempo. Y, sin embargo, la satisfacción, incluso el honor, tras esos crímenes tiene una duración limitada. O, al menos, la tiene para Billy. En muchos aspectos, Price define a su protagonista a partir de las heridas abiertas que, mejor o peor, ha restañado por sí mismo. Temeroso por cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás. O sí, pero a condición de cargar en su espalda con el peso de su moralidad. De anularlo con ríos de alcohol, con una estampa familiar patética o con una inmersión, hasta la locura, en el trabajo de patrulla nocturna.

Los impunes discurre a toda velocidad, casi sin descanso, mientras el corazón de su personaje principal negocia con los límites que se impuso a sí mismo. Hasta qué punto está dispuesto a denunciar a sus amigos y antiguos compañeros, cuánto podrá aguantar un matrimonio que no siempre funciona como desearía, qué puede hacer para mitigar la creciente demencia de su padre… Todo consiste en buscar soluciones a problemas que no las tienen. Que, simplemente, se dejan llevar. Se toleran. Porque están profundamente imbricados en su interior; han calado tan hondo en sus sentimientos que ya no hay marcha atrás. Ni siquiera una cicatriz, la lesión que deja impedido o el vicio que arrasa con los buenos momentos del pasado, consigue disiparlos. De ahí que el retrato de Price sea tan vívido como el estilo y el lenguaje que emplea. En el que la jungla urbana es un mosaico de criminales y policías, de vidas tristes que colean y capean, como pueden, las miserias de su existencia. Tal vez, quién sabe, con la vana promesa de que algo cambiará.

Para Richard Price, la tarea de sus protagonistas consiste en apechugar con las decisiones tomadas. Con la desilusión que provoca la caída al otro lado de la Ley. Cuando ellos mismos son, también, impunes. Criminales con placa que no han resistido la tentación de la justicia aplicada por uno mismo. Por eso, el drama que irrumpe en las vidas de Billy Graves y su círculo de amistades, desde su mujer hasta sus antiguos compañeros, desde un policía torturado por su infancia devastada y una periodista destruida por el alcohol, tiene su epicentro en lo que entendemos por familia. En ese grado especial de tolerancia, o de perdón, que arrastramos como una herida oculta. Contra el que no podemos hacer nada más. Solo aceptarlo, mientras pensamos en los errores que también nosotros escondemos ante los demás. Y es que Los impunes es, casi, un drama en el que su protagonista debe decidir qué lugar ocupa el deber y cuál es la dimensión de la familia. En el que el largo proceso de reparación de las equivocaciones cometidas años atrás descubre, en definitiva, que la sombra de la impunidad es demasiado alargada. Que esos cuerpos desgastados, cuyas placas han perdido todo lustre, arrastrados por las interminables noches de patrulla, son humanos demasiado humanos. Y el gran teatro de la vida es el escenario de la lucha entre sus pasiones y sus dolores. Entre el deber y la familia.

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Détour

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