La muerte difícil, de René Crevel (El Paseo)  Traducción de Julio Monteverde | por Juan Jiménez García

René Crevel | La muerte difícil

A propósito de René Crevel, André Breton hablaba de su hermosa mirada adolescente, seducciones, temores y bravatas. Complejidad psicológica enfrentada con frenesí. Oh, vaya. Todo esto es La muerte difícil. Su publicó en 1926, año surrealista, como los anteriores y los posteriores. Es una novela, y los surrealistas odiaban las novelas, que para ellos no eran nada. Solo la poesía podía ser surrealista. Entonces Breton escribió Nadja, pero seguía pensando lo mismo Pocos surrealistas dejaron de serlo por causas naturales. El asesinato prevaleció como método natural para el mantenimiento de la especie. Crevel fue expulsado y luego vuelto a admitir. Entre tanto, comenzaron sus problemas de salud que le llevaron a la muerte. La muerte difícil podría ser un título premonitorio. Morir no es fácil: nos lleva toda una vida.

Esta es la historia de un triángulo con el prólogo de dos madres que hablan. Las madres son como constructoras de vías de tren. Hablan y hablan. De sus maridos, sobre todo. Uno loco, el otro suicida. De la vida, de la sexualidad, de sus hijos. Sus hijos son Pierre (el del padre loco) y Diane (la del padre suicida). Digo que son constructoras de vías porque son ellas las que ponen los raíles que atravesará la novela a extraordinaria velocidad, entre chispas que saltan, curvas peligrosas, oscuros túneles y ningún descarrilamiento. Porque en esta novela, todo funciona. Como un mecanismo infernal de imágenes deslumbrantes, de sentimientos rompiendo contra las rocas, las rocas de los acantilados que son los otros. El otro. Porque en La muerte difícil, todo choca, golpea, en una búsqueda de la libertad. La libertad del egoísmo, la libertad de la muerte, la libertad como palabra que no podemos definir, solo intuir. Y buscar. Siempre. Estábamos con Pierre y Diane. Eso son dos partes del triángulo. El tercer lado es un americano, Arthur Bruggle, músico de jazz. Ha llegado en una pobreza extrema, metido en un barco, pero los azares y su atractivo le dan una posición, la del salvaje, necesaria en fiestas y eventos varios. Pierre y Arthur empiezan una tempestuosa relación. Pierre lo espera todo, Arthur, solo a ratos. Necesita mantener su estatus de rebelde. Pierre se queda con la desesperación. Pero no está solo.

Diane ama a Pierre. Espera su oportunidad. Rechaza alguna que otra propuesta. Sigue esperando. Pero no hay nada que esperar. Pierre está atrapado en ese tren hacia la libertad, la libertad que da la muerte. Solo necesita un empujón. El empujón llega. Una fiesta, dos muertos de hambre, el juego, el desprecio. Antes ha roto todos los puentes con ella, la otra. Ese ojo precioso y triste, por la conciencia que lo limita, frente al ojo del otro, animal. En este viaje, en esta frenética carrera, no hay vuelta atrás. Todo se desvanece, los raíles, el camino, desaparecen, destruidos.

En la escritura de Crevel encontramos la velocidad de los sentimientos y del pensamiento, la belleza de las imágenes inesperadas, la violencia de los encuentros, el desplome de las ilusiones y el triunfo, en aras de esa libertad (esa palabra, siempre esa palabra) que no saben qué es pero a la que entregan sus cuerpos y pensamientos. Ha pasado una guerra, vendrá otra. La vida no está en otra parte, está ahí. Cuerpos que morder o cuerpos inaccesibles. Para un joven burgués como Pierre, está también la huida de un destino cierto. Por eso pensaba en ir al fin del mundo, llegando solo al fin del tiempo. En el hervidero de su cabeza caben todas las embriagadoras imágenes, pero el mundo del intelecto no es suficiente para atrapar el deseo, el deseo de los otros.

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