Carpas para la Wehrmacht, de Ota Pavel (Sajalín) Traducción de Kepa Uharte | por Juan Jiménez García

Ota Pavel | Carpas para la Wehrmacht

Para aquellos que hayan leído a Bohumil Hrabal, Ota Pavel no será un desconocido. No porque se llegaran a encontrar en algún momento de su vida, físicamente o de palabra (aunque tal vez), sino porque los dos tenían una misma idea de la escritura. O de la vida, que, de cuando en cuando, es lo mismo. Una misma idea de que esa vida podía ser triste, amarga, pero siempre llena de algo parecido a la felicidad. Pavel decía que quería vivir como en una fiesta. Y tal vez Carpas para la Wehrmacht es simplemente solo eso. Un canto a esa vida triste pero bella. Un canto a su padre.

El padre era judío. Era el campeón del mundo de la venta de neveras y aspiradoras Electrolux y también un tipo raro. Tenía una marcada tendencia a enamorarse. No de las mujeres (que también de alguna) sino más bien de todo aquello que llamaba su atención, poco importaba si era un estanque con carpas, un puñado de cerdos que alimentar o unos conejos de campeonato, entre tantas otras. También se podía enamorar de cosas más grandes, como el comunismo, pero, al final, tanto las cosas grandes como las pequeñas acaban saliendo un poco mal.

El padre era judío. Esto podría tener poca o ninguna importancia, si no decimos que fue judío durante la Segunda Guerra Mundial, un tiempo nada propicio para serlo. Casado con una católica, él acabó en un campo de concentración y dos de sus hijos también. Se libró precisamente Ota, porque era demasiado pequeño y porque, en un despiste, no había sido circuncidado. Volvieron todos pero Pavel ni tan siquiera escribe sobre aquella experiencia (solo el antes y el después, cómo se abre y se cierra un paréntesis que deja fuera ese horror), y eso no deja de dar la medida de alguna cosa. Todo pasa, las personas permanecen. Y sigue el hilo de la historia, esa historia pequeña, tamaño humano.

Podemos pensar que los relatos de Carpas para la Wehrmacht son una reunión de todo lo que a su padre le salió mal y de cómo se sobrepuso triunfalmente (el triunfo de los perdedores) para ir hasta su siguiente derrota. Y sin embargo, igual que Pavel escribió una novela antidepresiva en un estado de depresión (como bien dice Mariusz Szczgiel en su epílogo), su padre vivió una vida plena y feliz entre todas esas batallas perdidas.

Su hijo logró escribir un libro conmovedoramente divertido y esas fueron sus palabras de agradecimiento para un hombre que tal vez no fuera excepcional (una expresión demasiado monstruosa), pero sí único. Un hombre lleno de una confianza en la vida, de una voracidad para con ella, que debería hacernos pensar, más allá de su lectura, en nuestras propias vidas y preocupaciones. Probar a ver el mundo, a vivir, como en esa fiesta. Buscar nuestro propio estanque en el que poder criar esos sueños, hasta que sean lo suficientemente grandes como para poderlos recoger y hacerlos conserva o devorarlos al instante. No es fácil, cierto, pero nadie dijo, ni tan siquiera Ota o señor Leo Popper, que vivir lo fuera.

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