El friso de la vida, de Edvard Munch (Nórdica) Traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun | por Alicia Guerrero Yeste

Edvard Munch | El friso de la vida

Massimo Cacciari escribió en El Ángel necesario sobre la naturaleza distinta de los ángeles. Recuerdo de ese libro la idea de que el Ángel se siente tan extraviado en sí como el Hombre, la del complicado vínculo de necesidad entre ellos, el doliente anhelo que hay en ambos.  La lectura de los escritos de Munch las ha convocado, seguramente para corroborar que, en efecto, el Ángel jamás puede ser de carne.

La patética intensidad de la consciencia de Munch y su exigencia casi brutal del cuerpo y los sentidos como garantía de una plena posesión de la vida que esos escritos reflejan lo contraponen al Ángel como una encarnación de lo puramente humano, del torturado estruendo de lo humano; pero haciéndonos sentir, de alguna forma, en lo deslumbrante de la oscuridad y la luminosidad que en él se albergaba, una callada presencia del Ángel. Escribe Cacciari lo que, tal vez, pueda sernos aquí una explicación de esta diferencia y de esta relación: «La tierra y las cosas se confían a nosotros, los más fugitivos, y no al Ángel – pero a nosotros únicamente en tanto que nos arriesgamos hasta luchar con el Ángel.»

Escribe también « El Ángel testimonia el misterio en tanto que misterio, transmite lo invisible en tanto que invisible, no lo ‘traiciona’ por los sentidos»; pero « El hombre sólo puede transformarse en lo invisible diciendo».  Entendamos que ese diciendo alude a la capacidad de decir en diferentes lenguajes. Comprendemos así que el Arte sólo puede ser acción de lo humano. Es la voluntad de lo humano por explicar sus sentimientos más profundos. «El arte son los sentimientos más profundos» escribe-dice Munch, y en él esa definición genérica y normalmente hueca (de la que deriva esa vanidad fea que ensalza tanto la intención como el objeto artificioso y narcisista nacido de la ‘necesidad de expresar los sentimientos’ barata) se manifiesta una verdad con la más limpia claridad, que hace pensar (pensar sintiendo) en qué hay, en qué es todo lo hondo de esa profundidad.

Hacer emerger con verdad algo de esa profundidad, en ello radica el valor de una expresión artística – no de su técnica ni respetabilidad de su soporte. «Un dibujo hecho con carbón sobre un muro puede ser una obra de arte mejor que el cuadro más completo», y su verdad no sólo le otorgará perdurabilidad (incluso eternidad) sino que abrirá nuevas metas a otros.  Y que lo que emerja de esa profundidad sea la vida y la percepción de ésta que tiene un ser humano, de la conmoción que experimenta ante ella (sus objetos, sus lugares, sus atmósferas…). Sólo así el arte es signo y elemento de vida, en oposición a la maestría en la destreza que sólo persigue la copia literal y que «no hace que la sangre te corra más deprisa/ No te conmueve en lo más profundo.- No te ha dado/ nada que guardar/nada que después resurja una y otra vez».

Munch entre sí mismo y el mundo y su zeitgeist.  Tal y como en su pintura, está en su escritura. En la intensidad de su apasionamiento y su angustia íntimos están también latentes los que harían nacer y causarían los horrores colectivos que vendrían. También la imaginación que le llevó a internarse, entre deseo y sufrimiento, por los símbolos profundos de lo femenino.

Al entrar en la edad adulta, la cuidada letra de juventud se fue volviendo descuidada tanto en la ortografía como en la caligrafía, también en indicar una datación, aunque pensara que sus escritos podrían tener valor para la posteridad. Reflejo de ese sentimiento que se manifiesta en tantos de ellos, recogidos en este volumen: la aspiración al logro de una gran obra, conviviendo con la obligada rendición  al «gusano que está corroyéndome las raíces del corazón».  Dolor por recuerdos demasiado tempranos de la Muerte; heridas de Miedo, de amor…  Cada palabra, cada línea de su escritura afirma que buscar y encontrar la verdad (o la inmensidad inasible de lo que es la verdad) es perseguir la ausencia de lo superfluo, porque sólo así lograremos (y a posteriori) notar la vibración del alma de la realidad, y entender cómo la nuestra dialogó con ella. Los cuadros de El friso de la vida surgieron de su voluntad por pintar impresiones de la infancia, «a partir de la imagen –que/ me había llegado al ojo en algún momento/ de agitación –pintaba lo que aún guardaba−en mi retina−», «Los colores empalidecidos de aquella época/ Pintaba los colores y las líneas/ que había visto en un estado de agitación− de esa manera lograba/ que ese estado de agitación volviera/ a salir vibrando a la luz».  En la lectura de sus textos persiste, con un peso que se siente cada vez más necesario de llevar mientras se está en ellos, la constante pregunta acerca de cómo escribían esas manos y consciencia que pintaban. Con qué procesos, desde qué estados.

Valor particular de esta edición es la excelente selección de texto y también atenta disposición de diferentes pinturas de Munch –reproducidas de manera íntegra o destacando detalles− en torno a los escritos, y que parecen escogidas no para ilustrar la obra del pintor sino para tratar de ser una forma de ayudar a ver (en una impresión, en una informe imagen interior) su espíritu, su intensidad humana. Sublimemente humana quizá, aunque el macabro relato que cierra el volumen, y que nos muestra la perturbadora oscuridad (tal vez autodestructiva, tal vez perversa) que nos mantiene para siempre impuros, evita que dejemos el libro en la fascinación fácil al pintor-genio, al individuo exaltadamente humano.

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