Cezara, de Mihai Eminescu (Ardicia) Traducción de Doina Făgădaru | por Juan Jiménez García

Mihai Eminescu | Cezara

Conocido fundamentalmente por su poesía, Mihai Eminescu es sin duda una de las figuras claves de la narrativa rumana. Con él acabó el siglo XIX y el siglo XX quedó en cierto modo bajo su signo, si nos atenemos a los testimonios sobre su figura, ya sea Mircea Eliade, Mircea Cărtărescu o Emil Cioran, como encontramos citados en la edición de Ardicia. No es que tuviera tiempo para mucho. Murió a los treinta y nueve años y no de una forma especialmente gloriosa: internado en un psiquiátrico, lo mató un compañero. Dicen.

Más allá de su poesía, también escribió prosa. No mucha. Cezara recoge precisamente dos de sus extensos relatos: el que da nombre al libro y El pobre Dionis, dos relatos que son como dos mundos o como dos maneras de ver uno mismo, entre la luz y la oscuridad. Pero si algo se desprende de la prosa de Eminescu, es que no creía en los extremos, sino en las sombras y los claroscuros, aunque soñara con los primeros. Si el primer relato tiene mucho de paradisiaco, el segundo lo tiene de infernal.

La joven Cezara se ve amenazada con una boda con el marqués de Castelmare que saldaría las deudas de su padre. Pero un día en la calle aparece Ieronim, un joven de una belleza turbadora que aspira a alcanzar los votos, aunque sin mucha convicción (realmente, no tiene convicción por absolutamente nada). La muchacha se enamorará de él, pero él no tan fácilmente de ella. No porque no lo desee, sino por su extrema concepción de la vida. Su futuro pasa por seguir a su tío Euthanasius, viejo ermitaño recluido en el paraíso, un lugar de naturaleza salvaje y aguas cristalinas.

En El pobre Dionis, uno cree ver ecos de Gustav Meyrink, y de los extraños caminos de la literatura, dado que Meyrink realmente es posterior a Eminescu. Está Edgar Allan Poe, que lo une todo, y esa literatura francesa fantástica, pero sin duda un nombre viene a nuestra cabeza por extraños azares: Raymond  Queneau. ¿Cómo olvidar aquellas flores azules en las que dos soñadores, en distintas épocas, soñaban con la vida del otro? Y es que algo de eso hay en este relato. Algo de todo. Ese ambiente cabalístico, lleno de sombras, misterios y cifras. El mundo como sueño de nuestra alma, el sueño como vida, la vida como sueño, albergar el espacio y el tiempo, cuántos hombres hay en un solo hombre,… Todo esto está escrito. Todo es. El relato del monje Dan y de Dionis, que no comparten tiempo pero si un trasiego de existencias, se llenará de imágenes turbias, inestables, en idas y vueltas peligrosas, entre pasado y futuro, que solo pueden acabar mal.

Nada que ver con el arrebato apasionado de Cezara, con esa invitación a dejarse atrapar por la naturaleza, por abandonar corazas y vidas miserables, después de todo. Aunque como para Ieronim, el amor y la muerte estarán cerca el uno del otro. Una invitación en forma de carta escrita por su tío Euthanasius, en ese capítulo arrebatador, evocación borracha de naturaleza y amor por todo, alejada de la palabrería del mundo. Una invitación a la lentitud que llega de algún modo al frío corazón de su sobrino y deja un lugar para la esperanza frente a corazas y golpes inesperados.

Como en muchos de los grandes escritores de su tiempo, en Mihai Eminescu está todo esa modernidad contenida que saltaba del siglo XIX al XX desbordada, despertando del sopor. Una literatura que contiene en sí buena parte de los materiales que acabarán por poner los cimientos de otra literatura más libre, menos encorsetada. Los ismos buscarán la libertad, porque los movimientos serán liberadores. Cambiemos el enunciado de una de las preguntas que citábamos: ¿cuántos libros caben en un libro?

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