Sweeney Todd. El collar de perlas, de James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Prest (La biblioteca de Carfax) Traducción de Alberto Chessa | por Óscar Brox

James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Prest | Sweeney Todd. El collar de perlas

En su posfacio a la edición de El collar de perlas, el traductor de la obra, Alberto Chessa, ofrece algunas de las numerosas claves para entender el atractivo de las penny dreadful -aquellas historias por fascículos a razón de un penique: está el ambiente, en este caso, un Londres hediondo y siniestro, repleto de criptas y barrios bajos, en el que Rymer y Prest ubican las fechorías del barbero diabólico de la calle Fleet. Ese mismo ambiente que uno leerá en Dickens -Chessa, de hecho, traza un interesante paralelismo entre la guarida del Fagin de Oliver Twist y el establecimiento de Sweeney Todd. Está ese sentimiento de continua amenaza que afloja el valor del joven Tobias, mancebo de Todd, y que sus autores parecen proyectar en forma de aura por todo el relato. En forma de una ciudad de tinieblas, típicamente victoriana, en la que la segregación y las diferencias de clase representan un escollo insalvable para todas aquellas vidas modestas que se reparten las escasas migas de los pasteles de carne que vende la Señora Lovett. Vidas breves que medio siglo después documentará en todo su escabroso sensacionalismo Jack London con la publicación de La gente del abismo, pero que en Sweeney Todd dibujan el aire de una ciudad inmensa, peligrosa y, sobre todo, envuelta en las dobleces morales con las que la ética victoriana despacha los asuntos humanos.

Así pues, El collar de perlas nos introduce en el mundo de Sweeney Todd y su perverso sentido del lucro y la rapiña. O lo que es lo mismo: de su carrera criminal, que esconde bajo intimidación y violencia tras su disfraz de barbero. Solo unos pocos, aquellos capaces de mirar más allá de la trastienda, conocen el secreto del afeitado de Todd. El lugar al que van a parar los cuerpos y, precisamente, el destino de todos ellos. Y es que la narración de Rymer y Prest no escatima los detalles truculentos si con ello encuentran el atajo más sencillo para exponer esa crueldad típicamente victoriana, la ira de los descastados y el ventajismo con el que, entre minorías, se trataba de capear la pobreza y las escasas expectativas de progreso. Si bien, más allá de esa lectura social algo obvia, Rymer y Prest juegan con el wit típicamente británico para exhibir, con toda la retranca posible, las flaquezas y vulgaridades de sus coetáneos. La suciedad tras una fachada impoluta, los pensamientos sombríos tras la apariencia de un benefactor. El demonio, la carne y el pecado.

Sweeney Todd nos conduce, fruto de su narración por entregas, por varias líneas que tarde o temprano confluyen en una conclusión. De un lado están las tribulaciones de Todd, conchabado con la dueña de la pastelería, para lucrarse a costa de los cadáveres destinados a convertirse en materia prima para los pasteles de carne. Del otro, el cuento de amor entre la hija del anteojero y el oficial del ejército, cuya historia en plena campaña militar abarca también parte de la novela. El collar de perlas robado es, precisamente, uno de los varios nexos de unión. También las catacumbas que sirve de improvisada cocina del infierno para la preparación de pasteles humanos. Y, por supuesto, tampoco podemos dejarnos al mancebo de Todd, Tobias, amedrentado por su jefe y olvidado por su madre, cuyas desventuras se inician en la trastienda de la barbería y continúan en un manicomio para culminar en la inevitable evasión de la cárcel a la que Todd le ha enviado para evitar que revele su secreto a los demás.

Las fechorías de Todd, que cargan con el tono lúgubre y truculento propio de un penny dreadful y las suficientes dosis de horror a granel (decapitaciones, engaños, navajas bien afiladas y corrupción), propician una curiosa cosmogonía de aquel Londres que despertaba al Siglo XIX envuelto en las brumas de sus bajezas morales. En esa zona gris que separaba a la clase alta de todo lo demás. De ahí, pues, esa sensación de continuo callejeo que, capítulo a capítulo, y gracias a las valiosísimas notas al pie que proporcionan información sobre la veracidad de cada dato histórico, nos transmite la escritura de Rymer y Prest. En la que la ironía y la violencia de Todd se añaden a la hediondez de un ambiente de bajos fondos (urbanos y humanos) en el que toda corrupción es posible. Basta acomodar la cabeza en la butaca del barbero para comprobarlo. De ahí que la maldad con la que exponen los crímenes de Sweeney Todd sea, asimismo, una auténtica delicia para aquel lector que, a caballo entre lo dickensiano y los clásicos de la Hammer, entre Jonathan Strange y Patrick Hamiltion, se deja llevar por la sordidez con la que el mal se conduce por los lugares menos conocidos de la ciudad. Como una plaga, envuelto en unos inocentes pastelitos de carne, que dibujan la clase de horror que tiene en la naturaleza humana su principio y su fin. En el afán de lucro, la rapiña y la supervivencia a cualquier coste que marcaron una época oscura para Inglaterra. Carne, esta vez sí, de penny dreadful.

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