Gonzalo Garrido. Dos lamentos, por Juan Jiménez García

El patio inglés, de Gonzalo Garrido (Alrevés) | por Juan Jiménez García

Gonzalo Garrido | El patio inglés

Reconstruir los torcidos e ignotos caminos del trauma. Esa podría ser la cuestión. La cuestión, al menos, que se plantea Gonzalo Garrido en El patio inglés. Quiero decir: cómo hemos llegado a un instante determinado, un punto. En este caso, querer suicidarse. Solo el suicida piensa que puede salir por puertas que en la pared tan solo están pintadas (Vladimir Holan). Pensamos en cartas dejadas, últimos mensajes, pero antes ¿cuántas botellas se han lanzado al mar? Cuántos mensajes esperando que alguien por azar los encuentre. Y luego: es un poco ingenuo pensar que uno tiene la clave de todo, que en una persona se encuentran todos los misterios, todos los secretos, todas las cosas no dichas. Tampoco en dos, ni en tres, es cierto, pero intentar buscar a partir de dos discursos diferentes, víctima física y víctima psicológica (porque, después de todo, ¿no es habitual querer acabar con alguien (más) suicidándose? Tema complicado, sobre el que no intentaré construir nada). El patio inglés, en este sentido, no es más (o no es menos) que esos dos largos (breves) lamentos alternados.

Pablo es un joven bilbaíno en la época de los GAL, lo cual añade una nota de color (o tensión) en la historia y nos permite datarla, ponerle una fecha precisa. Estudia Derecho sin demasiada convicción y vive sin demasiada convicción. Su prioridad es follar y a ello se entrega, con todos los complejos (si es que aún existen) de un muchacho que vive su adolescencia. Su lamento adquiere la forma de diario, como no podría ser de otro modo por la edad. Esa especie de necesidad de contarlo todo, de dejar constancia de una vida singular (que no tiene nada de particular, pero aún no lo sabe). Las búsquedas son parecidas, los deseos también, aquello que no nos gusta no es muy diferente de aquello que no le gusta a aquel chaval del fondo. Así, Pablo vive sus amores, con una madre que le adora y un padre que odia.

El segundo lamento es el de padre. El padre ya no escribe diarios y tal vez no los escribió nunca. En todo caso los lanzaría a la basura en algún cambio de casa o arderían en algún incendio, intencionado o no. El padre simplemente habla y habla, en un discurso histórico, que se inicia empezado y que no acabará con un acontecimiento más, por muy triste o traumático que sea. El padre seguramente cuenta la historia que podrían contar muchos padres. Primero, encontrar aquello que le une a un hijo (pretender entenderle), a través de su propia vida y, claro, de su propia relación con su padre. Abuelos que contienen padres que contiene hijos que contendrán otros hijos que… Más tarde, vienen los reproches. La incomunicación. La madre, la esposa. El tiempo. Parece que es complicado mantener los afectos en el tiempo.

Pero entonces, cuando todo parece formar parte de una obra ya leída, ya escrita, ya vivida (o vista vivir), ocurre algo excepcional. Tampoco es algo brutal. No es eso. Es solo que cuando se viven vidas anodinas (casi todas… igual todas, a su manera), aquello que escapa por un instante al devenir de las cosas (aunque sea un triste devenir) se convierte en algo excepcional. Algo tan excepcional que puede ser imposible de asimilar. Porque no nos damos el tiempo para ello, porque no queremos, porque, después de todo, escuchar, entender, son palabras que forman parte del pasado y que algún día saldrán del diccionario de la Academia por falta de uso. Y de lo excepcional a lo extraordinario hay un paso. O un vuelo. El que separa la ventana de casa del patio inglés. El silencio del grito.

 

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Détour

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