Cero K, de Don DeLillo (Seix Barral). Traducción de Javier Calvo | por Óscar Brox

Don DeLillo| Cero K

En un texto escrito poco después de los atentados del 11-S, Don DeLillo resumía las claves de su obra apelando a un tiempo marcado por la falta de límites, a la velocidad con la que se nos impelía a vivir permanentemente en el futuro y a cómo el capitalismo moldea(ba) una suerte de conciencia global. Más de una década después, cuesta no proyectar la sombra, cuando no el efecto, de aquellos presagios sobre los últimos textos del autor de Cosmópolis; en especial, cada vez que hablamos del grado de incidencia que ese sentimiento de futuro permanente -poshumano y poshistórico- mantiene sobre nuestra manera de vivir. Más aún si tenemos en cuenta cómo, con el correr de los años, la escritura de DeLillo se ha pulido hasta el extremo, hasta desnudar sus ficciones de convenciones y accesorios. De manera que cada novela parezca brotar como una erupción súbita, como pequeñas reflexiones hiladas sobre un esqueleto narrativo cada vez más minúsculo. Menos importante. Apenas una excusa para poner en escena las continuas transformaciones (artísticas, filosóficas, económicas, etc.) que nuestro tiempo impone a las relaciones humanas.

Cero K comienza en un territorio cercano a la ciencia-ficción, en un entorno secreto en el que se lleva a cabo un proceso de criogenización mediante el cual vencer a la muerte. La evocación del sueño suspendido a la espera de un futuro que permita prolongar la vida a salvo de enfermedades mortales. Ese paisaje de cuerpos congelados, de órganos extirpados y conservados para su estudio, activa en DeLillo una especie de inquietud ante aquello en lo que se está convirtiendo lo humano, cuando no directamente la realidad y el vínculo que mantiene con nuestra mirada. El mundo que construimos mediante nuestras interacciones. Su trama. Su sentido. Tanto es así que no son pocas las veces en las que el personaje central de la novela, Jeffrey, recuerda que las cosas solo son reales cuando aprendemos a nombrarlas (y aquí Wittgenstein, tal vez, guiñaría un ojo). O que la estructura de nuestro lenguaje se corresponde con la de nuestro mundo (y aquí Peter Strawson, tal vez, guiñaría el otro ojo). Si en aquel texto de comienzos de siglo DeLillo apelaba a la necesidad de una nueva narrativa ante las embestidas del esplendor utópico del cyber-capital, Cero K quizá sea la muestra más pulida de esa escritura. La búsqueda tenaz de unas palabras para describir, para expresar en toda su intensidad, la sensación de futuro permanente que envuelve a la experiencia humana.

Ante la sobrecarga de estímulos, ante una cultura obsesionada por preservar una identidad social, una imagen, DeLillo se interroga sobre lo que queda de los lazos humanos cuando todo aquello se va. Cuando la pulsión por desaparecer se impone sobre la tecnología y sus medios para mantener (sea lo que esto sea) una vida. Cuando de lo que se trata es de comprender qué significa estar vivo, ese estado de cosas, esas palabras que articulan una realidad concreta. Qué puede ser lo humano en ese enorme espacio vacío que dibuja nuestro presente. Si lo primero abarca todo el arco entre Jeffrey, su padre y la enfermedad de su segunda mujer, esta última parte se centra en la relación con Emma y su hijo. O con ese inquietante monólogo interior que protagoniza Artis, la madrastra moribunda, hilado a través de pensamientos dispuestos en torno a la identidad, a la propia humanidad, a la identidad personal que, como la conciencia, permanece congelada (criogenizada) junto al cuerpo enfermo. De tan concentrada, la prosa de DeLillo dibuja una realidad superficial, entendido esto último como superficie, como un entorno, o una red, por el que se deslizan las palabras, por el que resbalan los significados y se acumulan los estímulos. Sin memoria. Futuro permanente. En el que la realidad, si más no el mundo, se entiende como una acumulación de datos, como un informe de incidencias. Como algo que, continuamente, pasa por encima de lo humano sin concederle espacio para echar raíces; solo para interpretar qué puede ser eso, qué pueden ser los sentimientos de un ambiente de autismo funcional preocupado por conservar los cuerpos, no tanto las conciencias. Por resistir, no tanto por vivir. Por continuar, quizá sin saber muy bien para qué.

En una entrevista con Eduardo Lago, DeLillo anotaba su atracción por escribir con la mirada. De una forma acaso aforística, más preocupada por la densidad, por la carga de profundidad, de una frase que por el conjunto. Por el detalle. Es inevitable traer a la memoria esa idea cuando se lee Cero K, cuando cada uno de sus capítulos describen una realidad superficial que la maraña de nuestro lenguaje no es capaz de atrapar en su totalidad. Cuando lo humano, en definitiva, parece absorbido como si se tratase de un momento en la evolución de la tecnología. De la cultura capitalista o, directamente, del capitalismo emocional. De la utopía forjada a partir de la búsqueda incesante de un futuro. De ahí, pues, la importancia que tiene su escritura, ese ir y venir entre descripciones de ambientes y palabras que se pegan a la mente de su protagonista. Porque, no en vano, es lo que da nombre a una realidad. A un mundo. A una experiencia humana que el tono alegórico del relato nos acerca como proyección de un futuro inminente. A lo que significa estar vivo, pese a la velocidad con la que el capitalismo se apropia de los atributos de nuestro mundo, de nuestro lenguaje y de nuestra realidad. Vivos, pese a todo.

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