Gotas de Sicilia, de Andrea Camilleri (Gallo Nero) Traducción de David Paradela | por Juan Jiménez García

Andrea Camilleri | Gotas de Sicilia

Tal vez no fue el primero en hacerlo, pero sí es el primero en quien pensamos. Geográficamente, por proximidad, por amistad, por una pura formalidad, las Cronachette de Leonardo Sciascia son sin duda el referente  de Andrea Camilleri para sus Gotas de Sicilia. Esos pequeños retratos, piezas de historia, de vida, de sociedad, estampas sicilianas de trazos ligeros pero que respiran vida y verdad. Instantes, anécdotas, páginas arrancadas de otros libros, personajes que son la demostración de algo, de una manera de ser capaz de explicar un pueblo, un paisaje, un sentimiento íntimo. Todo con ese punto de ironía que ambos comparten, esa mirada dulce aun a las cosas más terribles. No de resignación, sino de esperanza en un futuro que nunca acaba de llegar pero al que no se puede dejar de esperar.

Gotas de Sicilia recoge las crónicas (alguna vez convertidas en base de sus libros) que Camilleri escribió para L’Almanacco dell’Antona, entre 1995 y 2000. En ellas encontramos un retrato de Sicilia a través de su gente o, más precisamente, de algunos tipos curiosos que no dejan de ser el reflejo de algo más profundo. El tío Cola, «persona limpia» es un falso monólogo protagonizado por Nicola «Nick» Gentile, un mafioso que volvió a Sicilia desde los Estados Unidos para preparar el desembarco de estos en la isla. Una cháchara que juega con el lenguaje (atrevido y estupendo ejercicio de traducción el que realiza aquí David Paradela) y con los mitos, para revelarnos el poder de no decir nada, para que todo ocurra, cuando se es alguien. En ¿Quién ha entrado en el estudio? Camilleri (suponemos) traza su retrato de infancia lectora a través de la biblioteca de su tío mágico, u zz’Arfredu, médico, y nos entrega algunos nombres para pensar en su escitura.

El vino gusta a San Calò y Los primeros comicios, son dos divertidos relatos de la clase política y la religión, tan confundidas en aquella Sicilia de después de la guerra (y tal vez aún sea así, ahora, allí y en toda Italia). Las salidas del santo correteando por las calles en manos de cualquiera, hasta de comunistas, o el intento de reivindicar los colores del lábaro del segundo, ahora rojos, ahora con los colores democristianos, ahora con los monárquicos, ahora con nada (para horror de casi todos), se convierten, en manos del escritor, en un preciso esbozo más de esa manera de ser.

Pero habrá que llegar a la Hipótesis sobre la desaparición de Antonio Patò para que todo se confunda y salgan alegremente al medio todos los referentes de la escritura siciliana que conocemos y saboreamos, como una delicia más. En esa investigación sobre Antonio Patò, que desapareció al caer por la trampilla en una representación teatral, haciendo el papel de Judas, encontramos directamente a Leonardo Sciascia, cierto, que ya habló de ello, pero también a Luigi Pirandello y a Vitaliano Brancati. Todos juntos para representar la complejidad de una sociedad que es extremadamente sencilla, capaz de buscar en lo sobrenatural los motivos más humanos.

Como piezas de un puzle que nunca tendrá fin, las crónicas, los apuntes de Andrea Camilleri no aspiran a ninguna totalidad que sabe inalcanzable. Tampoco busca conclusiones ni dar lecciones. Simplemente cuenta. Como contaron otros antes que él, desde tiempos inmemoriales, en algún bar, en alguna plaza, en otra parte y como tal vez ya no seamos capaces de contar. Con esa luz mediterránea que lo baña todo de una alegría de vivir y una ironía triste de fatalidad por lo que nos rodea. Y todo sigue.

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