Árboles (Colectivo Los Hijos, 2013). Raíces profundas, por Óscar Brox

Hace un par de años, con motivo del centenario del establecimiento de la República de China, ahora Taiwán, Hou Hsiao-hsien comisionó un proyecto cinematográfico que conmemorase la fecha a través de una serie de cortometrajes que mostrasen las singularidades culturales del país. En otras palabras, su identidad creativa, estética e histórica. Precisamente fue el propio Hou quien, con La belle epoque, entregó el episodio más inspirado sobre el discurrir emocional de Taiwán. Una miniatura que arrancaba con la imagen del viejo árbol de una casa de pueblo para centrarse en la celebración que las diferentes generaciones de una familia llevaban a cabo con una gran comida. Qué poco necesitaba para mostrar el arraigo cultural que se traslada de una generación a la siguiente, las raíces asentadas sobre el territorio y el papel activo de la memoria y las herencias como testimonio de lo que hemos sido y seguimos siendo. El fruto de una cultura que vive a través de nosotros.

Tras varios cortometrajes, algunos tan interesantes como enero, 2012 (o la apoteosis de Isabel la Católica), el colectivo cinematográfico Los Hijos regresa al largo con Árboles, que se podrá ver dentro de la muestra 3XDOC que tiene lugar durante estos días. Para hablar de esta su tercera película, no estaría de más volver a la imagen que abría el episodio de Hou: el vasto y hermoso árbol cuyas raíces se hundían tan profundamente como las de la familia (y la cultura) retratada. En esa misma relación entre el territorio y la genealogía, los dos tipos de árboles que describen el paisaje y la identidad. Árboles | Los HijosTambién Árboles abre su historia con la imagen de la selva verde de Guinea Ecuatorial, una extensión forestal que dibuja la esencia inexpugnable de una tierra colonizada y, por tanto, desplazada. A través de los tres capítulos que componen la película, Los Hijos se sirven de los diferentes árboles para proponer una visión histórica y política de unas transformaciones culturales que se inician durante las colonias y alcanzan hasta nuestro presente.

La primera historia, ubicada en Guinea, se estructura a partir de un relato (o de su reconstrucción) oral que atraviesa la colonización española del país y su reflejo contemporáneo. Guinea, cuya lengua oficial es el castellano, es aquí un espacio donde se habla el idioma bubi, el de la isla de Byoko. De hecho, su uso no está exento de un impulso político al relegar el castellano a las charlas distendidas e irrelevantes. La Historia, el proceso de colonización y reterritorialización, se narra en bubi porque es esa raíz aborigen la que no quiere desaparecer sepultada por el peso de la normalización. Así, entre el mito y el relato cronológico, esta primera parte de Árboles describe la transformación cultural de Guinea y sus complejidades, el proceso teórico -para el que se sirven de la literatura de la época, una perversión del derecho de gentes- y el resultado. O cómo el hermoso plano del bosque contrasta con las casas prefabricadas y las colonias de edificaciones que esparcieron el urbanismo entre las raíces sobre las que descansaban esos árboles.

En su segundo episodio, Los Hijos pasan de lo macro a lo microscópico. Una tarde de verano en un pueblecito de Murcia narrada a través de los gestos de una familia que combate el calor como puede. Esa grabación, casi casera, se pierde en detalles cinematográficamente intrascendentes que, sin embargo, albergan un valor sentimental fundamental. Describe, en definitiva, el lugar y la memoria de nuestros años, el tacto, los sonidos, olores y sabores que nos han acompañado hasta una determinada edad, como si trazásemos un recorrido íntimo por nuestra propia casa, como si asomásemos la cabeza por la ventana para observar el árbol plantado en mitad de la plaza. El recorrido, si bien modesto, explica otra clase de transformación tan representativa como la que sucedía en el anterior capítulo. A esas imágenes costumbristas y familiares, Los Hijos contraponen elementos futuristas tomados de la realidad. Tal y como hicieran Godard en Lemmy contra Alphaville, Truffaut en Fahrenheit 451 o Chris Marker, muestran esas otras ciudades que, como síntomas, germinan dentro de la nuestra. Exteriores solitarios, angulosos y metálicos, planos cerrados y paisajes recortados por el amasijo de hierros. Esas imágenes mudas contrastan con las anteriores al constatar el paso, la continuidad, entre la vida familiar (memoria) y la realidad que se construye a nuestro alrededor (futuro).

Por eso, el tercer episodio recoge de alguna manera ese proceso de transformación narrado por sus antecesores. Aquí los protagonistas son un matrimonio joven que, entre el costumbrismo y la sinceridad, describen el ambiente de crisis que atenaza el presente de España. ¿Cómo hablar de progreso, de raíces y asentamientos ante un entorno tan frágil y vulnerable? Si las dos historias versaban sobre identidades culturales que vindicaban su peso por encima de las adversidades, esta última pone en forma las dificultades para construir una identidad en un ambiente tan inestable. Ese mismo que ha sustituido los árboles por la luz artificial de una hilera de farolas. Otra transformación, realizada con el impulso del capitalismo tardío, que pone en peligro el valor de eso que vive a través de nosotros.

Árboles | Los Hijos

Los Hijos se sirven de su mirada documentada, esa que atiende a los pequeños gestos (las manos trabajando, las conversaciones sin importancia, los momentos distendidos), para rastrear las huellas de un proceso histórico cuyo resultado nos ha marginado de ese arraigo cultural que sentíamos como propio. Una visión política que toma el proceso de colonización de Guinea Ecuatorial como un ejemplo de esa otra colonización silenciosa que las reformas económicas y sociales del poder ejecutivo están llevando a cabo sobre nuestro presente. De ahí la importancia de esos pequeños gestos, de las conversaciones o de las imágenes familiares que en algún momento aparecen en el filme. Son su manera de mostrar las raíces asentadas sobre el territorio y el papel activo de la memoria y las herencias como testimonio de lo que hemos sido y seguimos siendo. Una identidad que resiste.

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Détour

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