La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell (Alba) | por Óscar Brox

La muerte del pequeño Shug | Daniel Woodrell

El tránsito entre la inocencia y la madurez es un terreno fértil para la literatura, a través del cual vivir esos primeros coletazos del mundo adulto que se abre ante los ojos de un adolescente que pronto dejará de serlo. Comienzan los titubeos y las inseguridades, las numerosas opciones vitales despliegan su abanico y el acento moral de cada decisión, por pequeña que sea, se siente con una intensidad nunca antes conocida. Así es como se gesta todo nuestro aprendizaje sentimental. En la obra de Daniel Woodrell, sin embargo, la inocencia es un privilegio. Ambientadas en un Missouri emocional y económicamente devastado, en el que vivir es un accidente y no una posibilidad, las historias de Woodrell hablan de vidas truncadas, de la soledad en mitad de un paisaje despiadado que no consiente ni la más ligera brizna de felicidad en sus entrañas. Porque bajo su manto solo se puede sobrevivir. Es en ese entorno de donde brota, como la rama de un árbol enfermo, La muerte del pequeño Shug, la segunda novela de su autor ­-la anterior fue Los huesos del invierno– que publica en castellano Alba.

Shug Akins es un niño obeso de trece años, agotado de la vida casi antes de empezar a probar su sabor, maltratado por un padre postizo y abandonado por una madre que nunca sabe qué hacer para estar a la altura. Su existencia transcurre entre las tumbas del cementerio junto a su casa y los pequeños hurtos que comete junto a su padrastro y su socio para poder salir del paso durante unos días. La experiencia bucólica de un paisaje montañoso es aquí un terrible escenario repleto de bosques desnudos, pantanos fétidos y casas destartaladas cuyas ventanas acaban saltando a golpes de escoplo. Pocas veces un escritor ha narrado con tanta fiereza los primeros años de una vida, con el aliento de la desesperación tan pegado en el cogote, como si cada palabra de su relato ardiese en la violencia que un niño intenta evitar a toda costa. Pero nunca puede. Al contrario, el mundo de Shug se reparte entre las palizas de Red y la inútil clemencia de su madre Glenda, el pútrido aliento de la abuela y la pierna machacada del tío recién llegado de combatir en Vietnam, en una panorámica vital tan desoladora que prácticamente no encontramos una salida a toda esa vida. Porque no la hay. De eso trata la obra de Woodrell, de cómo no puedes escapar a un destino que tienes hundido hasta el tuétano, que te impide hacer lo mismo que otros niños, ni siquiera recrearte en el sueño feliz de que algún día podría pasarte.

No por casualidad, la novela se inicia con las últimas palabras del criminal Dutch Schultz en su lecho de muerte. Como le sucede a Shug, él tampoco pudo gozar de su infancia y, tarde o temprano, tuvo que inclinarse hacia la única elección posible: la violencia. Vivió poco y murió rápido, en medio de esa nebulosa absurda de recuerdos infantiles que nunca sintió en sus propias carnes. En esa carencia de ilusiones y afectos Woodrell dibuja un ambiente corrupto y destruido, donde los adultos son seres que han consumido demasiado deprisa su edad sin encontrar nada a lo que agarrarse. ¿Cómo explicar ese futuro demoledor a un niño? ¿Cómo decirle que el relato de Tom Sawyer ha perdido su encantamiento y que en lugar del Mississippi ya solo queda una charca pestilente en la que matar el tiempo cazando ranas? Ese es el dilema que atenaza la escritura de su autor, siempre clara y contundente, sin un atisbo de piedad porque escribe desde su propia experiencia en las montañas de Orzak, en Missouri.

Los pocos episodios de tranquilidad consienten que el chaval pueda rebañar el fondo de una copa de helado o cenar un bocadillo caliente por una vez en la semana. Poco más. El resto del tiempo narra una batalla descomunal ubicada en un lugar tan poco apropiado para ello como la vida de un niño: esa que se basa en un tira y afloja entre elegir la miseria y el dolor o la violencia y el crimen. Y, como le sucede a Woodrell, uno nunca tiene claro si ambas alternativas no acabarán siendo la misma, la única escapatoria posible. La muerte del pequeño Shug relata una tentativa de escapatoria frustrada desde el principio. La historia de un adolescente que ni siquiera ha podido vivir su infancia, la de una madre que solo puede vigilar por su propia seguridad (¿realmente puede una vida tan frágil cobijar en el mismo interior a dos personas?) y la de un paisaje de muerte al que tienes que acostumbrarte porque es el que amamanta a todas sus criaturas.

Narrada en primera persona, uno podría pensar que la de Shug es la historia del propio Woodrell, del Shug que no llegó a ser y ha convertido en novela para contársela una y otra vez, como la cicatriz de guerra que un veterano exhibe cuando le preguntan por lo que ha tenido que pasar hasta llegar a ser quien es. Quizá porque narra el adiós a la inocencia más desesperado que leeremos en mucho tiempo. El de un niño que apenas ha podido ser niño y ya se ve envuelto en su primera lección moral: aprender que solo desde la violencia y el dolor se puede sobrevivir en un territorio tan despiadado. Porque en la vida de Shug la inocencia es un privilegio y la escritura de Woodrell edifica en torno a esa máxima esta pequeña joya literaria.

2 thoughts on “ Daniel Woodrell. Adiós a la inocencia, por Óscar Brox ”

  1. suena apetecible…
    en esas tesituras a mi me gusto leer Claus Y Lucas, de Agota Kristoff.
    una delcia de libro sobr la perdida de la inocencia y dos niños y pocos pelos en la lengua

    1. Vale la pena, sin duda. Aunque, al hilo de tu comentario, hay que decir que el libro no tiene el desgarro que sí tiene la obra de Kristof. Quizá porque no tiene tanto de biográfico (por mucho que esté ambientado en el paisaje en el que se crió Woodrell) como los otros. Leer un librito como La analfabeta sigue siendo una experiencia muy dura, muy humana.

      Gracias por compartir tus impresiones.

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