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Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo, de Rodrigo García (La uña rota) | por Óscar Brox

Rodrigo García | Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo

Si la Razón, así en mayúsculas, fuese un organismo, los textos dramáticos de Rodrigo García serían bacterias o microbios preparados para el contagio. Para apoderarse de él, conquistarlo y destruirlo. O, como mínimo, para reírse de todos esos lugares comunes y convencionalismos que no dejan de colocar barreras al pensamiento, a nuestra forma de ser y de relacionarnos. Para infectar a una moral y a unas buenas costumbres que viven con la imaginación amputada, sin ganas de pulsar nuevas teclas que activen otros estímulos, otras respuestas emocionales. Como sucedía en Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto, García se siente a gusto reduciendo al absurdo aquellos pilares del conocimiento que, a su manera, conducen más bien al desconocimiento. A otra clase de ignorancia, más bien apática, sobre la que se debe aplicar un tratamiento de shock. Así, esta Enciclopedia de fenómenos paranormales Pippo y Ricardo mezcla lo cutre con lo grotesco y atrapa con un rigor casi analítico el caos y el disparate propios de nuestra cultural contemporánea.

En Pippo y Ricardo late una paradoja similar a la de aquellos Lisias y Demóstenes que viajaban en Blablacar en dirección a Bahía. Son garabatos, galimatías o sopas de letras, barullo filosófico (¿no es acaso eso un signo de nuestra convivencia digital contemporánea?) que, de tanto en tanto, es capaz de provocar una reflexión brutal. De poner patas arriba una cultura y un pensamiento permanentemente en rebajas, hechos de baratijas intelectuales con las que malgastar el tiempo; con las que aceptar mansamente nuestro papel de productos dentro de la larga cadena del capitalismo de viejo cuño. De ahí esa sensación de incordio, de molestia, con la que el propio orden del texto interrumpe la lectura, altera el color y la tipografía, y juega con la paciencia del lector. De un lector que tan pronto sigue las tonterías de un par de personajes disparatados en el bar de un hotel de Minneapolis como se topa con la descripción sucinta del sexo gelatinoso de un alienígena.

Pocos creadores han manifestado tan rotundamente su derecho a incomodar. Así, esta enciclopedia es capaz de superponer al mismo tiempo el Astronomy Domine de los Pink Floyd más psicodélicos con la construcción de una máquina de rayos catódicos mientras se transcribe la narración de Tiempo de juego de un Real Madrid-Levante. Y todo ello, sin saber ni querer distinguir lo trascendente de lo superfluo, como si se tratase de experiencias estéticas que García establece al mismo nivel. En un discurso en el que no hay necesidad de excluir nada, que tan pronto pasa de la física de partículas a una fotografía autografiada de la actriz porno Briana Banks; en el que el gesto más perspicaz corre parejo a la vomitona de estupideces de una pareja de científicos politoxicómanos. Y en el que, para rematar, García se permite el lujo de pescar en el caladero de un autor maldito hasta la médula como Charles Fort, rescatando algunos pasajes de su Libro de los condenados, en torno a fenómenos inexplicables acaecidos desde finales del Siglo XIX.

Más allá de sus personajes demenciales, del ruido y la furia, el teatro de Rodrigo García es una de esas experiencias en las que vale la pena aguzar el oído, aprender a separar la belleza del barullo, a relativizar la primera y apreciar lo segundo. Porque, entre otras cosas, no solo podemos encontrar una poética de la incomodidad cultivada durante años, sino también una agria reflexión sobre todo aquello que cae en el saco de lo contemporáneo. Y, asimismo, sobre todo aquello insignificante y marginal que, precisamente por ignorancia, proporciona una extraña y sorprendente forma de acercarnos a lo que muchas veces creemos de sobras conocido. Es por eso por lo que, aunque el teatro de García sea eminentemente visual, la edición de sus textos resulta tan pertinente. No solo por poner al servicio del lector un texto loco y disparatado, culto y arriesgado, sino por obligarle a prestar atención a lo que se dice, a lo que hay tras la falta de freno y la vocación de tocar las narices. Tras la risa y el asco. Esta Enciclopedia podría ser un índice de todo eso, pero también un ejercicio práctico para definir cómo separar la belleza del barullo. La última muestra de un creador escénico cuyo enorme poder de fascinación corre parejo a la mala leche que destilan sus diatribas culturales.

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