Scandale, de Pierre Rigal (Teatre El Musical, Valencia. 18 de enero de 2019)  | por Óscar Brox

Romper todo y empezar de cero. Esa era una de las proclamas con las que arrancaba el pospunk, a caballo entre la resignación por los futuros perdidos que entrañaban las políticas de Margaret Thatcher y la energía contestataria que podía salir de la música. De una u otra manera, esa posibilidad de expresión siempre ha estado en la calle. La tenía el punk, la tenía la electrónica precursora de la cultura de club y la tenían los ritmos urbanos ensayados en una esquina, sobre la acera o en un parque para monopatines. Todos eran gestos cargados de política, conscientes de una actitud estética contrapuesta al discurso hegemónico. Enfrentada. Partisana.

Uno de los vectores de la obra de Pierre Rigal pasa por la investigación en torno a los ritmos urbanos. Al baile germinado en las calles, con sus códigos, gestos y mitologías, pero sobre todo con su energía. Con esa llamada a la acción, al movimiento más directo, a la interpelación de las clases más bajas sobre las altas. Ese gesto político convulso necesario en tiempos políticos igualmente convulsos. Ante la tentación de trasladar un lenguaje eminentemente urbano a una escena, la de la danza, en permanente revisión entre lo clásico y lo contemporáneo, Rigal opta por construir una historia. Así, en un primer momento, un chamán, un músico o un MC (en realidad, Gwenaël Drapeau), aparece sobre el escenario con un micro y un par de baquetas. El micro queda en el centro, como un talismán al que los seis bailarines se acercan poco a poco. Le hablan, respiran, ríen o chillan, dicen lo primero que se les ocurre y todos esos sonidos se convierten en la base con la que Drapeau compondrá la música en directo.

Los pequeños gestos, las tentativas, la manera en la que cada uno de los bailarines se coloca en escena se transforman en esa energía que transmite la música veloz de Drapeau. Los tics del baile urbano, la arrogancia de esos cuerpos que se deslizan por el escenario con aparente sencillez, se entremezclan con la respiración, las palabras, los sonidos de los mismos bailarines convertidos en música. Para Rigal todo parece que empieza y acaba en el cuerpo. En el gesto. En la acción. En el esporádico compás cuando dos bailarines se encuentran sobre el escenario y bailan, juntos, por un instante, hasta que la música les lleve a hacer la guerra por otros caminos. A hacer o a construir, pues uno tiene la sensación de que el coreógrafo francés entiende su pieza como un vocabulario, como un lenguaje o una expresión que se arma poco a poco, a medida que sus actores se desembarazan de prejuicios, de la alienación de nuestras sociedades avanzadas, y toman conciencia de que todo, el ritmo, la música, la energía, la acción, el baile, empieza y acaba con ellos.

En un gesto hermoso, los bailarines se adueñan de la función acorralando al chamán, al músico, en mitad del escenario, obligándole por un instante a ser él también parte de la escena. A mirar de frente, a bailar febrilmente, con otra intensidad, la música. A seguir las voces, los sonidos, los sentimientos grabados en forma de bucle. Se trata de un pequeño paréntesis, una pausa antes de que los actores retomen su baile sin concesiones. Antes de que la iluminación tiña de un rojo, casi, onírico la escena, y los actores floten livianos como si, finalmente, hubiesen conquistado ese espacio para el baile.

La propuesta de Rigal no está exenta de comicidad, de detalles de pura contemporaneidad, de coreografías en las que el lockin se da la mano con el dab, el paso sutil con un movimiento propio de Donkey Kong y la plasticidad y la meticulosidad de la puesta en escena con el gesto altanero y buscalíos de la música callejera. Y uno, en verdad, tiene la sensación de que sus bailarines son combatientes, chavales, actores, energía, palabras o argumentos para armar un discurso político a través de la danza, creadores de imágenes, agentes para una transformación cultural. Estos malditos ya no se dedican simplemente a danzar porque han aprendido a hacer de sus pasos de baile un movimiento comprometido, una promesa para esos futuros en el aire y un desaire para ese presente desabrido que solo nos dice cosas a través de las pantallas y las actualizaciones de estado. Uno llega a Scandale con la necesidad de romper con todo y sale con la sensación de volver a comenzar; de que el grupo de bailarines ha creado una obra en la que lo urbano es solo una excusa para abordar la cultura, la identidad, la forma en la que creamos vínculos y el poder que les otorgamos para construir un mundo, nuestro mundo. De ahí que Rigal se permita todo en su obra: lo sutil y lo grotesco, lo convencional y lo que encajaría en las artes vivas, la palabra y el balbuceo, el trabajo y la acción. Todo es necesario, poco o nada sobra. Los cuerpos están cargados de política y de la necesidad de hacer de cada movimiento una palabra, un poco de aliento, otro poco de comprensión. La necesidad de enseñarnos ese lenguaje con el que empezar a reconquistar una realidad, un presente, una cultura o una sociedad que hace tiempo que se nos han escapado de las manos. Romper todo y empezar de cero.

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