La familia política. Algún día este dolor te será útil, por Óscar Brox

La alegría está aquí dentro, de Guadalupe Sáez. Una producción de La familia política (Sala OFF, Valencia. 11 de junio de 2018)  | por Óscar Brox

Para cualquiera que haya pasado la frontera de los treinta no resulta extraño ese ejercicio de echar la vista atrás en busca de un refugio, puro guiño a la nostalgia, con el que capear la mediocridad de una vida que (todavía) no ha alcanzado sus expectativas. O que, simplemente, está atrapada en la trampa de una sociedad empeñada en mejorar sus experiencias. Ya no basta con ser feliz, a menudo una auténtica quimera, sino que además es preciso mejorar esa felicidad. Los lazos que la sustentan. Los proyectos. Las personas. Muchas de estas sensaciones flotan en el montaje de La alegría está aquí dentro, a través de tres personajes que vuelven al lugar en el que fueron felices para preguntarse, precisamente, si se puede recuperar todo aquello, ese tiempo pasado, la alegría de aquellos momentos, el inmenso momento de vida que los embargaba…

El escenario de la Sala OFF albergaba una pequeña reproducción de una playa de piedra, acotada por el trabajo de iluminación de manera que acogiese en su interior a los tres protagonistas. A sus intentos fallidos por retomar unos vínculos que no se han perdido, sino que se han transformado (como nos transformamos en cada etapa madurativa); a los pasatiempos que improvisan para romper el hielo, ya sea jugar al Florón, improvisar una clase de yoga o inflar el pequeño bote de plástico para moverse a poca distancia de la orilla. Escenas, retazos, que el texto de Guadalupe Sáez plasma como tentativas para acceder a la naturaleza de sus personajes; para arañar la barrera del estereotipo y encontrar en cada uno de ellos ese dolor ese secreto, esa herida en carne viva, mediante la cual ilustrar un proceso, el de la llegada a la vida adulta, que no ha sido sencillo.

Se podría decir que La alegría está aquí dentro versa sobre todo aquello que nunca resulta sencillo. Las palabras, los sentimientos, la tristeza, que hacen un nudo en la garganta mientras pensamos cuál es la mejor manera de soltarlas… como si fueran un lastre. La dificultad de hablar a esa cara conocida que casi nos ha acompañado durante gran parte de la vida, pero contra la que rebota cada intento por aclarar todo eso que bulle en nuestro interior. Y así unas cuantas cosas más que, ya sea a través de sus pequeños monólogos o de la irrupción de esas heridas íntimas en mitad de una escena, ponen el punto de amargura al reencuentro entre los personajes. O el punto artificial, como la manía de hacer de cada momento especial una imagen a compartir en cualquiera de las numerosas redes sociales. La posibilidad de un like, de un RT, etc., que desdibuja la auténtica fuerza, el verdadero calado, que tiene ese instante en nuestra vida.

Al tratarse de una obra breve, comprimida en poco más de una hora, directores y autora eluden alargar situaciones y repeticiones para ajustarse a la fuerza dramática de cada personaje, a sus intentos por persuadirnos de que en algún momento la tristeza nos puede resultar útil, a los súbitos respiros humorísticos con los que quitan un poco de gravedad al texto, o a la felicidad que dibuja la proyección que hace las veces de interludio entre escenas, cada vez que nos muestra los preparativos del viaje a la playa de sus protagonistas. Lo interesante de La alegría está aquí dentro radica en la madurez con la que están escritos personajes y situaciones; esa sensación de caos calmo y dolor silencioso que, precisamente por ello, se hace más intensa en el espectador. Por la tranquilidad, o la transparencia, con la que la plasman los diálogos. Por el nudo en la garganta que sentimos cuando embocamos ese callejón sin salida de la amistad. Cuando a la amistad se le acaba el tiempo. Cuando, simplemente, no sabemos qué hacer para recuperar una alegría que nunca ha hecho falta buscar en ninguna parte.

Lo decíamos al principio: uno de los dardos más agudos de la obra recae sobre esa obsesión contemporánea por vendernos la mejora de todo. Como si se tratase de una versión actualizada preparada para descargar. Una herramienta virtual. Por eso se hace tan notable el trabajo a fuego lento con el que actores y creadores nos permiten conocer a los personajes, examinar sus vínculos y preguntarnos qué es lo que falla en ellos. Qué dolor secreto provoca que las cosas no puedan ser como fueron. Unos dirán que en eso consiste la madurez, otros que nuestra enfermedad contemporánea es el salto al vacío que llevan a cabo las expectativas cuando se topan con la realidad. Lo bonito de La alegría está aquí dentro es que se trata del viaje de tres personas en busca de un refugio. Un refugio hecho de piernas y brazos, de bañadores mojados, pieles con olor a sal y bronceador, cortezas de melón y cascos de cerveza, alientos, voces familiares y sentimientos que, pese a todo, hacen lo posible por imponerse a una realidad en la que todo ha cambiado. Unos personajes que son tan cercanos, precisamente, porque nos recuerdan que antes de querer mejorar cómo nos sentimos, vale la pena bucear hasta las profundidades de ese sentimiento para tratar de comprenderlo. En eso consiste madurar.

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Détour

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