Marcel Duchamp. Un juego entre mí y yo, de François Olislaeger (Turner) | por Francisca Pageo y Juan Jiménez García

François Olislaeger | Marcel Duchamp. Un juego entre mí y yo

Marcel Duchamp, ese cazador fabuloso en tierras vírgenes (por seguirle el juego a André Breton), pintor y escritor, surrealista antes que los surrealistas, surrealista cuando los surrealistas, el hombre más inteligente y (para muchos) el más molesto de esta primera mitad del siglo XX (de nuevo Breton), aquel que se desprendía de todo, que no quería nada, que se quedó tan solo con el ajedrez porque no dejaba un rastro evidente e invitaba a la invención. Motivo de un término, duchampiano, que invitamos a definir (o indefinir). Ese, todo ese, es el protagonista de este libro o cómic o, abrazando la modernidad, novela gráfica, como mejor queramos llamarlo, editado por Turner, obra de François Olislaeger.

Olislaeger nos presenta la cronológica vida y escueta obra de Marcel Duchamp desde la sinceridad y lucidez. Recogiendo los puntos más importantes del artista, su tiempo se despliega (literalmente, producto de la encuadernación japonesa). Ante nosotros desfilan sus inventos artísticos, además de los encuentros con más artistas de su generación, más sus relaciones íntimas, que fueron múltiples. Una vida en imágenes, pero también una vida en palabras, principalmente las suyas propias, que van punteando ese desplegable, ese río, esa carretera, como si fuera una película, un movimiento lateral de cámara que avanza sobre los raíles de los días y los años.

Marcel Duchamp, inventor del término infraleve (que para quien no conozca es aquello que apenas se percibe en cualquier cosa, ya sea táctil, olfativa o visual), se muestra aquí en un recorrido cronológico punteado por las obras que creó o por su amistad con gente como Guillaume Apollinaire (que a su vez le presentaría a Raymond Roussel) o Francis Picabia, que sería su amigo íntimo hasta la muerte. Su afortunada infancia, su poco gusto por los estudios, sus oficios, su acercamiento primero ortodoxo al arte (no era nada, sino que hacía como algunos), para luego buscar algo que no estaba. Los salones de pintura muy de la época, en los que le pedían retirar cuadros, la necesidad de ganarse la vida, el azar.

El azar (otra vez, porque fue algo muy importante) contra la lógica, los objetos contra la obra encerrada en los límites de un marco y subida en un pedestal.  París se le queda pequeño, la guerra, la del 14, se le queda grande. Los Estados Unidos como ese espacio que lo tenía todo, el movimiento cultural y la lejanía. Y también los exilados. Y las mujeres. Una vida también entregado a ellas. La guerra se acaba y París vuelve a estar ahí, con él.

Es el tiempo de ser, como decía aquel, surrealista antes de los surrealistas. O surrealista cuando no había surrealistas. Ni dadaístas. Pero no tardaron en aparecer y entonces Duchamp estaba ahí y era uno de ellos (o uno como ellos). Fue fácil frecuentarlo todo, incluso a los que no había que frecuentar porque eran los malos de la película, tipo Jean Cocteau. Serán tiempos para crear o para bendecir unas obras, readymade, elevadas a la categoría de objeto artístico porque las tocó él, artista. Son tiempos para ser todo, incluso otro. U otra, porque nuestro hombre se convertirá, según las circunstancias, en una mujer, en Rrose Sélavy. Y para el cine, el juego, el ajedrez. Todo. Parece que nada le es ajeno, aunque tal vez la realidad sea que todo le es ajeno. Volverá la guerra y volverá a marcharse y en su vida también habrá mucho de huída, no necesariamente de lugares físicos. Y todo seguirá, para darse cuenta, un día, que nada le interesa ya en absoluto, aunque lo que se hizo hecho está.

Marcel Duchamp. Un juego entre mí y yo, es un libro objeto, un libro río de bellas imágenes para trazar una vida agradable. Una vida que se despliega como un acordeón y eso es lo que hace el libro (precioso el trabajo de Turner), para que Olislaeger despliegue todo un caudal de palabras-pensamiento e imágenes-tinta y atrapar al artista y al no artista. Y también al artista que no quería ser artista. El libro como experiencia.

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