Francisca Pageo | (No) amarás

El cine es un arte de distancias, de saber cómo acercar lo que queda lejos en el tiempo y saber cómo proyectar lo que tal vez tenga lugar en algún momento del futuro. En 1896, cuando todavía se catalogaba como curiosidad, May Irwin y John Rice se besaban ante la atenta mirada del director William Heise, hombre fuerte al servicio de Thomas Edison. Un beso, nada más. La repetición de la escena que ambos representaban en una popular obra de teatro. Qué sencillo era capturar el rubor, la espontaneidad y la ligera vergüenza, la mano sobre la mejilla y los bigotes rizados peinando la comisura de los labios de la mujer. El cine explicado en cuarenta y siete segundos, en ese instante en el que lo simple todavía no había aprendido a ser complejo.

La modernidad y sus progresivas construcciones teóricas no solo han permitido un salto de madurez al cine, sino que también le han planteado sucesivas cuestiones. Ante esa brecha que alteraba la percepción del arte, que leía sus problemas y sus dilemas, que añadía imágenes cada vez más potentes, más elaboradas, para ilustrar lo sencillo, uno se podría preguntar si todavía hay lugar para revivir la simplicidad de un beso o si, como tantas otras cosas, es un gesto que el cine tiene que volver a aprender a filmar. Ahí está la delicada orfebrería visual de Wong Kar-wai, de Douglas Sirk y de tantos otros. Elementos, detalles y decorados dirigidos a la caza de una sensación siempre breve, siempre fugitiva e indomable, que el cine apenas puede mantener unos segundos en el plano.

Tran Anh Hung empezó a dar sus primeros pasos en el cine justo cuando Krzysztof Kieslowski daba sus últimos. Ambos entendían el arte como una carrera de larga distancia, de esas que no importaba empezar desde Polonia o desde Vietnam, sus respectivos lugares de nacimiento, porque en alguna futura etapa atravesarían Francia. Y quizá porque el camino siempre es largo, sus películas siempre exponen un aprendizaje continuo, ese que se lleva mejor cuando cuentas con la compañía de un músico como Zbigniew Preisner o de un iluminador como Mark Lee. Tanto Tran como Kieslowski se caracterizan por ilustrar las emociones humanas con la ternura de quien encuentra ese espacio íntimo de acceso casi imposible. Unas emociones frágiles, siempre al borde de quebrarse, que hace falta alimentar con la cámara y con el montaje, con las sensaciones y las composiciones.

No amarás y Tokio Blues son películas que nos recuerdan que el cine es un arte de la distancia: la separación entre dos manos, la unión de dos cuerpos, el roce entre un par de labios y todas esas sensaciones, tan trémulas, que se arremolinan cuando tratamos de filmar el amor. De aprender a filmarlo. Por eso, tal vez, son relatos más amargos e inestables que dulces, más contemplativos que airados. Uno elige perderse entre los bosques de Tokio y el otro deja llevar su mirada entre los bloques de edificios de Varsovia. Ambos miran, y miman, a sus criaturas con la paciencia de un padre, también con el amor de un alumno empeñado en aprender cómo se filma un beso, un encuentro, una caricia o la misma tristeza; como si el cine lo hubiese olvidado, como si se tratase de la primera vez, de ese fulgor único que desprende un inicio.

Desde 1896, el cine ha dado muchos pasos, también unos cuantos palos de ciego, en busca de las atracciones y del encanto de las emociones. En la fría Polonia de los 80, Kieslowski inició un decálogo en el que, a través de pequeñas historias, explicaba esas otras pequeñas sensaciones que se escapaban entre las imágenes. En 2008, Tran Anh Hung hizo, poseído por la casualidad, lo mismo con la adaptación de un best-seller de Haruki Murakami. Casi un siglo separa ese primer gesto del beso, tan sencillo e inocente, de ambas búsquedas del beso, del calor de la emoción y de las pasiones que solo el arte sabe plasmar como algo eterno. Casi un siglo separa ese primer momento de aprendizaje técnico de ese momento, que siempre es primero, de aprendizaje emocional. Entre la fría Polonia y el húmedo Tokio, a través de ese fulgor especial que desprende lo único y que el cine trata tantas veces de capturar. El amor, la tristeza y la vida.

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