número tres | nuestro tiempo | ilustraciones: vanessa agudo

Los amantes regulares | Philippe Garrel

En una emocionada carta al cineasta italiano Michelangelo Antonioni, el teórico francés Roland Barthes definió los aspectos fundamentales del temperamento moderno: la conjunción entre psicología y plástica; forma y contenido; el sentimiento de que el artista se sitúa como un observador paciente frente al nuevo mundo, percibiendo cada detalle de este a medida que intuye que también es parte de él; siguiendo, aunque la búsqueda sea difícil, los estragos que deja el tiempo, superando viejos problemas y formulando nuevas preguntas.

Tal vez el cine nació como un sueño que combinaba la precisión técnica de la industria con la ambición estética de plasmar el pathòs del arte a 24 fotogramas por segundo. Pero, conforme ha entrado en los diferentes estadios, desde su primitiva función hasta saberse atravesado por las rupturas vanguardistas o los períodos de crisis, la historia del cine ha sido engullida por la historia de la emoción, no solo la que proporciona el material literario de las narraciones, sino esa emoción puramente cinematográfica que ha construido pacientemente una imagen de la modernidad: una nueva forma de producción cultural que trae al mundo un nuevo tipo de objeto artístico, y un nuevo tipo de percepción para el espectador que es sumergido en una oscuridad comunitaria asombrosa¬mente cargada.

Con el final de la guerra, y mientras la humanidad arrastra una exigencia de reformateo de su identidad moral, hasta los modos más regulados y conformistas de producción fílmica comenzaron a reflejar -a menudo a pesar de sí mismos- nuevas formas de expresión artística. El cine abandona los decoradores interiores, liberando a sus personajes en un paisaje, humano, físico y emocional, que trastoca sus fundamentos, reinventando todo aquello que entendemos por mundo cotidiano.

El embrión de ese cine moderno está en su mismo deseo de representar, de mostrar o imaginar el mundo. Cada cineasta, veterano o tocado por una alegría juvenil, golpea en diferentes direcciones, exprimiendo las posibilidades de su cámara hasta localizar y capturar esos ritmos ocultos, latentes bajo la superficie del clasicismo, que retienen una nueva ola de expresión que definirá la búsqueda estética de un tiempo.

Autores, artesanos, políticas y resistencias, manifiestos y servidumbre industrial configuran el relato de medio siglo de cine, de Europa a Latinoamérica, pasando por los gigantes asiático y norteamericano. Desde el filme-ensayo hasta la incipiente autoría en el cine fantástico, desde el eclipse de las figuras paternas (Ford, Welles, Hitchcock o Hawks) hasta el nacimiento de unos jóvenes airados deseosos de matar al padre para continuar con su investigación estilística. La suma de todos ellos da como resultado la pregunta que titula este texto de Adrian Martin, ¿Qué es el cine moderno? El cine moderno es, como dijera Samuel Fuller en Pierrot el loco, emoción. La emoción que nos embarga cuando Hitchcock muestra una metonimia en el corazón de su ficción; la emoción que une un gag orquestado por Jacques Tati con el estudio concienzudo que de este podía hacer Blake Edwards en sus comedias; la emoción que anida entre cada corte en un filme de Bresson; la emoción que irradian los recuerdos familiares de Tarkovski para un espectador extranjero; la emoción que vibra intensamente en cada historia de fantasmas escrita por Philippe Garrel. La emoción, en suma, que describe el constante movimiento, hacia delante, detrás, en círculos o confiadamente, que el cine emprendió hace medio siglo y aún hoy mantiene vigente. Porque nuestra sensibilidad nunca sigue una línea recta ni un dogma fijo, y de alguna manera la historia del cine, además de ser una poética de los autores (como dijera Jean-Claude Biette) es también una poética de nuestra sensibilidad.

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