El tren cero, de Yuri Buida (Automática) | por Juan Jiménez García

Libros

La literatura rusa (o soviética, según los casos), está de suerte en nuestro país. No solo tenemos editoriales dedicadas a ella, como Nevsky, sino que otras, como Automática, de cuando en cuando nos dan alguna que otra sorpresa. El tren cero, editada por esta última, es sin duda una de ellas.

Yuri Buida nos acerca a un territorio que es muy centroeuropeo (el absurdo), y lo une a otro que es muy ruso (algo así como el destino), todo lo cual se podría resumir en una palabra muy de moda: la patria. Pensemos en una estación atravesada por un tren cero. Ese tren cero es un misterio: cien vagones precintados, cuatro locomotoras, que atraviesan la vida de un puñado de gente de manera fugaz. Nadie sabe qué contiene, pero no puede sufrir ningún contratiempo, ni el más mínimo retraso. Todos están ahí para ello. Todo ha sido construido para que sea así. Alrededor de él, decíamos, se encuentra un grupo de gente, entre los que destaca (porque esta es, después de todo, su historia), Iván Ardábiev, huérfano. Ser huérfano le convierte automáticamente en hijo de la patria soviética. Sus padres, contrarrevolucionarios, desaparecieron. Su vida, pues, se la debe a ella, como no dejarán de recordarle.

Así como en El castillo estaba la imposibilidad de acceder a un lugar, o en El desierto de los tártaros la espera interminable de un destino, El tren cero no deja de ser la espera de ese lugar inaccesible. El misterio como algo completamente destructivo. Aun en el caso de que el tren no llevara nada en su interior, ¿qué importa? Es esa duda la que empieza a reconcomer a ese puñado de personas que lo ven pasar, algunas de las cuales intentarán desvelar el secreto buscando en su origen (lo cual solo puede llevar a la desaparición o la desesperación). Para Iván será diferente. Atrapado por sus propias pasiones (o pulsiones), sabe que la vida empieza y acaba en esa estación (ni antes ni después). Incluso si el tren desaparece, si algún día deja de pasar, él sabe que continuará allí, porque nadie se acordará de él. La misma secreta burocracia que lo hizo funcionar se olvidará de él. Quizás, ese tren sea tan solo la vida. En todo caso, es lo que es para ellos. La vida que pasa y se aleja, que no tiene ningún significado preciso, más allá de esa rutina. En los tiempos de estalinismo (aunque la novela tiene algo de intemporal, las referencias a Beria nos permiten ponerle fecha), la única respuesta a todas las preguntas es esa monotonía de las ordenes que llegan y las ordenes que deben ser ejecutadas, sin preguntas. Vivir se convierte en un mero trámite. Como dijo alguien, el camino más corto entre el nacimiento y la muerte.

Buida construye, pues, una novela de su tiempo (quién sabe si también del nuestro), llena de valores demasiado manoseados para tener un sentido (patria, orden), enfrentados a los instintos humanos, que son muchos, demasiados. Y es que seguramente es más sencillo que un hombre se rebele a su propio destino por la atracción fatal de una mujer, que por todas las opresiones sufridas. Mientras tanto, seguiremos viendo pasar esos trenes cero sin descanso, trenes que no podemos dejar que se detengan. Debemos continuar siendo parte de esos engranajes ridículos que mueven el mundo, incompresibles para casi todos, mientras la vida está en otra parte.

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