Su pasatiempo favorito, de William Gaddis (Sexto Piso) Traducción de Flora Casas | por Juan Jiménez García

William Gaddis | Su pasatiempo favorito

Pensar la sociedad americana a través de sus ritos de paso, de sus costumbres, de conversaciones inagotables, entre lo humano y lo divino, entre lo cotidiano y lo extraordinario. Pensar esa sociedad a través de sus defectos, de las grietas, de esas extensas zonas de oscuridad o de patetismo. Afrontar todo esto desde la ironía, pero con un trabajo de escritura riguroso, en el que se pelea palabra a palabra como otros disputan guerras manzana a manzana. Todo esto podría ser William Gaddis y parte de ese todo sería Su pasatiempo favorito, cuarta y última novela que escribió. Por hablar solo de lo conocido, Los reconocimientos (primera novela) era un libro sobre los fugaces ambientes intelectuales y artísticos de una Nueva York convertida en refugio, mientras que esta lo es sobre otra afición plenamente norteamericana, como son los juicios, la voluntad de presentar demandas por todo y perderse en los meandros de su sistema legal. La justicia, dicen.

Oscar Crease es profesor de historia. Esto verdaderamente no importa mucho. Tampoco le importa a él. A él le interesa fundamentalmente una obra de teatro que escribió hace unos años. Y no porque esta se haya convertido en una obsesión capaz de resistir todo ese tiempo, sino porque se la han plagiado para realizar una película infame (y, por lo tanto, con éxito). Sí, hay similitudes. Unas cuantas. Pero el tema es la guerra de secesión americana y eso es patrimonio de cualquiera. Tal vez. Él se queja amargamente de que le han robado los recuerdos de su abuelo. Además ha tenido un absurdo accidente de coche que le retiene en casa. Nada grave. Una cicatriz que solo ve él, unos dolores que vienen y van. Lo importante es cuánto le pagará el seguro. Oscar Crease no es solo profesor de historia. También es el hijo de Padre. Padre es el juez Crease, casi centenario, mítico y envuelto en polémicas y juicios. Y es el hermano de Christina, que en sí misma no tiene ningún oficio, más que intentar poner orden en la vida de Oscar y ser la mujer de Harry, un abogado con una carrera en ascenso y una vida en descenso. Y también está Lily, amante de Oscar, demasiado a menudo confundida con la criada de todos.

El resto es lenguaje.

El lenguaje, las palabras, la forma es el nivel cero de la escritura de Gaddis. Su primera preocupación sobre la que construirá todo el armazón de sus pensamientos, de ese río de conversaciones, de una oralidad que (como decía Louis-Ferdinand Céline) tiene poco de improvisada y que exige un nivel de escritura abrumador. La obra del escritor americano es abrumadora. La gramática salta por los aires, algún que otro principio también y todo parece responder a un placer interior que solo puede responder a otra intimidad, la del lector, desconocido y lejano. Frente a la aparente banalidad de lo que se cuenta (tan banal como todas las vidas), frente a esa sucesión de problemas judiciales o de sentencias y referentes, nos encontramos con un misterio similar al Out 1 de Rivette (cerca de trece horas de película en las que no pasa especialmente nada, pero en las que el tiempo se diluye hasta ser apenas algo, un instante).

Sí, están las obsesiones del escritor. Por ejemplo, la falsificación. Y como es capaz de que esa falsificación no solo sea un argumento, sino una estructura, en la que, más o menos evidente, todo responda a ella. No solo la trama, ese plagio, sino los personajes y sus acciones. Nada es cierto, todo es la imitación de algo, su triste reflejo. Oscar Crease presenta una demanda por que su obra ha sido copiada, pero él mismo no ha hecho más que copiar a otros, él mismo no es más que un falsificador dispuesto a estafar a la compañía de seguros, y a su alrededor se mueven personajes inciertos, en una historia incierta.

Las palabras siempre causan problemas, dice un personaje. La ley no es más que lenguaje, dice otro. Entre esas dos frases se encontraría Su pasatiempo favorito, como un territorio propicio para que Gaddis se entregue a su propio pasatiempo favorito: escribir. Pero no escribir de cualquier manera. Es curiosa esa relación que se suele establecer entre Gaddis y Joyce. E incluso aquellos críticos que comparaban la complejidad de Los reconocimientos (?) con la del Ulises. Curiosa por incierta. En Gaddis no existe un propósito de escribir todos los libros, sino la convicción de que con el lenguaje se pueden capturar fragmentos de vida. Falsos fragmentos de vida, pero seguramente tan ciertos como esa realidad a la que se remite. Tal vez más.

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