Virginia Mori, de Virginia Mori (El verano del cohete) por Óscar Brox

Virginia Mori | Virginia Mori

Desde que iniciara hace un año su labor editorial, El verano del cohete ha mantenido una línea coherente en fondo y forma, al apostar por obras propias y por el rescate de textos clásicos -ya sean de Goethe o de Galdós- con aires nuevos. Un trabajo que se observa en el cuidado de la edición, combinado con el toque inocente que caracteriza a sus libros; pequeñas joyas que parecen fabricadas a mano, casi únicas, entre cuyas páginas aún hay espacio para fantasear con la conquista de otros mundos. El repertorio de El verano del cohete parece un argumento ideal para ese momento de lectura a última hora de la tarde, cuando cae el sol y la mano alcanza a encender una lámpara para iluminar la habitación oscura. Entre la pícara fantasía y el terror más elemental, sus libros se encargan de dibujar un espacio sin reglas ni límites, más allá de los que quiera conceder su lector, en el que la realidad se transforma o desvela un lado desconocido que sus narraciones nos invitan a recorrer.

La dibujante italiana Virginia Mori supone la última incorporación a su catálogo. Formada en el Instituto Nacional de Arte de Urbino, Mori es uno de los mejores exponentes de ese grupo de ilustradores que han encontrado en Internet y sus herramientas un altavoz para la difusión de su trabajo. Armada con un Bic o con lápiz, siempre negros, la italiana crea instantáneas, pobladas por muchachas adolescentes de piel pálida y cabello oscuro, que se balancean entre el fino sarcasmo y el más delicado surrealismo. En la presente edición, El verano del cohete ha reunido algunas de sus obras y, a la manera de un juego, las ha organizado de tal forma que pueden leerse como historias individuales, cuadro por cuadro, o como una narración continua ordenada por las voces de cuatro poetas.

Con la obra de Mori, el lector tiene la sensación de que cuesta asir una interpretación. Cada estampa flota libremente como si abriéramos un libro por la mitad y escogiésemos una frase al azar. La fina crueldad de sus escenas, casi siempre relacionada con juegos o episodios infantiles, contrasta con su limpia presentación. Cada dibujo parece observarnos, a la espera de que le insuflemos ese ímpetu a la acción que describe, de que movamos el cuadro unos pasos más para atrapar aquello que en ocasiones el marco insinúa. A veces solo se trata de deseos, como capturar una sombra fugitiva bajo los pliegues de la falda; a veces de maldades que descubren su verdadero rostro, como esos cordones desatados que provocan la caída. En la obra de Mori siempre aparece ese carácter lúdico conectado íntimamente con las fantasías más escondidas, en las que sus protagonistas parecen excavar un agujerito en el suelo para curiosear lo que oculta el abismo bajo sus pies.

Los cortes y los miembros seccionados son una constante en los dibujos, entre una blanda provocación y ese deseo infantil de transportar sus emociones hasta otra región, como quien juega a la rayuela encima de un cadáver. Mori enseña su lado risueño, que cualquiera podría decir que utiliza para saldar cuentas, como esa animadora que cambia los pompones por cabezas de sus competidoras; también, su lado provocador, como el de esos surrealistas que medían el alcance de sus pinturas con el impacto primario, brutal, de una escena que atacaba sin piedad los lugares comunes de nuestra moral. Dos niñas que hunden sus cabezas sobre una tarta de cumpleaños; una muchacha que espera la hora del sueño acostada en un cadalso; o un pequeño grupo que comprueba la anchura de un enorme agujero en el abdomen de una de ellas.

En el fondo, cada cuadro es algo así como la viñeta perdida de un relato de aventuras en otro mundo. Mori nos invita a mirar, a ser cómplices de ese gesto creativo en el que, con esa mezcla de horror refinado y sonrisa adolescente, construye otra realidad que camina con un paso distinto. Realidad, cobijo, fantasía… cualquier palabra vale para describir esa sensación de habitar un lugar que se construye a través del ingenio, de la delicada línea que funde el trazo del lápiz con los pensamientos más precipitados y libres de que somos capaces. Ese pequeño reino cargado de magia inagotable, al que se refiere Alejandra Acosta en uno de los textos que acompañan a la edición. Eso que solo puede apreciar un lector si se deja llevar por el encanto que las tranquilas imágenes de crueldad insinúan: tener la capacidad, puro instinto infantil, de abrir una brecha entre los dibujos y colarnos en esa oscuridad tan negra como la tinta de un bolígrafo. Allí donde la vida todavía está por hacer y cada uno de nosotros puede dejarse llevar por su espíritu para empezar a construirla. Un lugar para conservar la inocencia.

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