La Bastarda, de Violette Leduc (Capitan Swing) Traducción de Maria Helena Santillán | por Francisca Pageo

Violette Leduc | La Bastarda

La vida de Violette Leduc no fue una vida sencilla ni fácil, sino más bien compleja y con muchos altibajos. En La bastarda, su obra más autobiográfica, podemos leerla con sus más íntimas penas, sus más íntimos dolores, pero también sus más íntimos deseos y pasiones. Capìtán Swing edita La Bastarda y la edita con un bellísimo prólogo que la amiga de Viollete Leduc, Simone de Beauvoir, hizo exageradamente bien. De Beauvoir nos habla de ella como amiga y como compañera literata. Violette Leduc es un desierto que monologa, dice Beauvoir.

Lo cierto es que Leduc fue una escritora entregada a las letras desde ya bien pequeña. Ella leía y leía, y todo pasaba por ella como cae el agua de una cascada en ese pozo interior que conocemos como alma. Leduc era una persona entregada y apasionada, amaba a hombres que no la correspondían —en La Bastarda podemos apreciar la relación que tuvo con el escritor Maurice Sachs—, pero también amaba a las mujeres. Para la autora la vida era un continuo sufrir, pues antes de nacer ya iría marcada con ese símbolo de bastarda. Su infancia era la enfermedad, era un padre ausente. Un padre ausente que marcaría de por vida su camino y que psicoanalizando esta historia, esta vida, buscaba en el otro la figura de ese padre. Una figura que nunca encontró, que nunca halló. A Violette Leduc el prójimo siempre la frustra, la hiere, la humilla. Pero Violette tiene una fuerza arrolladora dentro de ella, pues camina y camina y camina a otro lugar, camina en busca de un resquicio de esperanza. ¿Qué es la esperanza? Aquí pareciera que lo es todo. Cuando sufrimos intentamos encontrar ese resquicio, buscamos aquello que nos consuele, y es por eso que Leduc escribe, porque no puede hacer otra cosa. Amar y escribir. Escribir y amar.

La bastarda también es erotismo consumado. Con ella misma y con los hombres. Es un libro que erotiza los sentimientos y las emociones, las hace carne. Es con ello que la prosa de La bastarda se torna una prosa lírica y emotiva, pasional, poética. Las palabras de Leduc actúan no solo como catalizadoras para su vida, sino también como bombillas para hacerse ver a sí misma que su vida es una vida hecha por y para el amor, aunque este no se halle, aunque no logremos hallarlo ni tan siquiera nosotros. Violette pareciera no quererse a ella misma. Escribe desde la soledad y por ella. Una soledad que crece hacia adelante y hacia atrás. Violette casi siempre sola. Siempre en el camino y a la búsqueda de un amante. No puede hallarse sin él. Por eso es una lectura que erotiza, que busca la pasión, la ternura, el roce.

Leer este libro es como leer los instintos primitivos de una persona que sufrió sobre y por todas las cosas. Quiero creer que mirando en ellas, ahondando en ellas, encontramos algo por lo que vivir. Pero es que el sufrimiento también es vida. Es una manera de sentirla. Una manera de ver que en la vida no todo es gozo ni alegría, aunque leyendo a Leduc nos alegremos de haberla leído. Qué paradoja, ¿verdad?

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