Reemplazo, de Tor Ulven (Malas Tierras) Traducción de Bente Teigen Gundersen y Mónica Saiz Serrano | por Óscar Brox

Tor Ulven | Reemplazo

Cierta corriente de la literatura noruega, la que fue de Kjell Askildsen a Dag Solstadt y terminó con Stig Saeterbakken, mantuvo un compromiso a la hora de enunciar todas aquellas enfermedades imaginarias que afectaban al cuerpo social del país. El vacuo costumbrismo, las pequeñas mezquindades, los sufrimientos cotidianos. El olor a fracaso, que el Norte de Europa ha enmascarado en demasiadas ocasiones parapetándose tras su fortaleza económica. De esos tres autores citados, probablemente Saeterbakken fue quien exploró más descarnadamente las contradicciones y la miseria interior de sus ciudadanos. Y hay algo de esa violencia, de la forma en la que su escritura nos pone en contacto con el sufrimiento, que aparece en Tor Ulven. Que planta su semilla, más bien. Y que hace de su obra, de este Reemplazo recién publicado en castellano, un texto sin el cuál resulta un poco más difícil entender la relación de la literatura noruega con la ironía (y aquí estarían tanto Askildsen como Solstadt, entre otros) y esa abrupta, a ratos violentísima, forma de explorar el colapso. O, mejor dicho, de observarlo (y aquí estaría Saeterbakken, que fue algo más que un lector de Ulven).

Reemplazo surge en las postrimerías de la carrera de Ulven, tras una vida literaria dedicada a la poesía y antes de ponerle fin en 1995. Ulven acaba de entrar en esa segunda madurez, cuando se pasa la barrera de la treintena, y su escritura conserva ese poso de inquietud tan propio del escritor que observa. Basta leer cualquier página para notar la meticulosidad con la que Ulven lleva a cabo un inventario; poco importa si se trata de cosas insignificantes, de ahondar en una sensación o de explorar esa zona de oscuridad que comparten todas las voces de su obra. Lo que queda es una sensación muy desasosegante, motivos para creer en la derrota vital y en la crisis de una vida que no ha habido manera de vivir. Tan solo de imitar u, otra vez la palabra, observar. La escritura, en cierto modo, reemplaza a la vida. Se hace eco de sus infortunios, de sus violencias, de sus bajas pasiones, y los exorciza en cada página, sin apenas marcadores textuales.

El texto comienza con la ansiedad de un anciano operado de la laringe perdido en esa oscuridad a la que Ulven da cuerpo; tanto, que la convierte en algo más que una exploración mental, memorialista o nostálgica. Es el miedo, la corrosión que provoca la soledad, el anuncio de la pérdida irremediable de todo eso que, pese a lo insignificante, funciona como rasgo distintivo de la vida. Y es lo que provoca que sus voces suenen tan mezquinas, tan hirientes, cuchilladas sobre un cuerpo social poco acostumbrado a hablar de trabajos nocturnos, sexo frío, pulsión de muerte y agonía familiar. Ulven se mueve por todo ello con elasticidad (su escritura bien podría agazaparse sobre esa oscuridad permanente), a ratos con ironía y a ratos con la mirada paciente de quien pretende documentar cada ítem de una sociedad moribunda. Ridícula. Terminal. El anciano pronto se convierte en un niño obsesionado con esa pequeña rendija de luz en la habitación que atenúe su sensación de terror nocturno; que le proporcione, acaso por primera vez, un respaldo ante el mundo. La confianza de que algo habrá siempre para amortiguar la caída, sea del tipo que sea.

Ulven, el poeta, convive con ese otro prosista que aborda lo feo, lo horrible y, definitivamente, lo jodido a bocajarro. Que afea las actitudes, corroe el carácter y deforma la moral hasta su límite, porque en verdad parece el único camino disponible para discernir lo poco que hay de auténtico en una sociedad acostumbrada al artificio. Y eso que se podría decir que Reemplazo es un libro de sueños, de fantasías, de pensamientos interiores retransmitidos en voz alta, de voces que evocan un destino diferente mientras se estampan contra la mediocridad de sus cárceles interiores. Esas en las que los besos, ni que sean furtivos, saben a poco, las armas cargadas con un único cartucho descansan sobre la cama y el único (¿el último?) deseo sería el de volver a tener voz para pedir unos gofres. ¿Es, acaso, este un ensayo sobe la tristeza? Podría decirse que es una reafirmación de la vida. De otra vida. De esa que se observa a través de la ventana, que se intuye pero ni se toca ni se alcance. Esa que traen las palabras, las meticulosas descripciones de Ulven, su amargo sentido del humor y la derrota que destella en sus personajes marginales. Una vida descompuesta, que no por ello impide fantasear con todo aquello que podría haber sido y, definitivamente, no es.

Observador perspicaz de la vida, Ulven escribe en Reemplazo la historia de un deseo, un sueño y una fantasía. Escarba, explora, extrae. Presta su voz y su escritura. Ensaya, dibuja y pone en escena el paisaje interior de un cuerpo social en descomposición. Es una novela que perfectamente podría ser un poema en prosa y una poesía en la que cada párrafo caracolea obsesivamente sobre un mismo pensamiento, como quien se obstina en buscar otra palabra posible para sortear el fracaso de sus explicaciones, de sus razonamientos, de su forma de sentir el mundo. Obstinación, cuando no felicidad, al ver con cuánto ahínco la escritura de Ulven se agarra a ese mundo, no lo suelta, hasta exprimir sobre la página cada uno de sus hermosos, pero también terribles, elementos.

“Pero lo peor quizá sea, piensas, la terrible sensación de que no podría, de ninguna forma sustancial, haber sido de otra manera, de que no te habría ayudado tomar otras decisiones, relacionarte con otras personas, vivir en otros lugares, ejercer otra profesión, ser marido y viudo de otra mujer, etcétera, de que una redistribución de todos estos factores no habría conllevado que el dolor que sientes en primavera (como ahora) fuese menor, al tiempo que, en realidad, detestas el invierno y te gusta la primera, y por lo tanto eres feliz cuando llega. ¿Cómo puede ser?

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