El brazo marchito, de Thomas Hardy (AstroRey) Traducción de Zulema Couso. Ilustraciones de Júlia Sardà | por Almudena Muñoz

Thomas Hardy | El brazo marchito

Una mujer soltera con un hijo bastardo estudia a la nueva esposa del hombre que tiempo atrás la amó a ella, o abusó de ella, en cualquier caso terminó apartándola, y en sueños se teje un lazo maligno entre las dos mujeres. La historia se diría obtenida de una larga cadena de rumores, crecidos en alguna zona con escasa población, principalmente campesina y supersticiosa, más propia de Nueva Inglaterra y de Nathaniel Hawthorne que del paisaje británico. Pero, a veces, entre el realismo y racionalismo que a cada siglo ganan peso en las letras inglesas, surgen episodios de fantasía que se dirían tan increíbles como las circunstancias sociales en las que tienen lugar. Como aquella combustión espontánea que de repente sacudía los cimientos de la crónica legal en Casa desolada (1853) -y cuya credibilidad científica realmente defendía su autor, Charles Dickens-, en El brazo marchito Thomas Hardy recurre a elementos turbios, insidiosos y mágicos para hacer un cuento gótico de donde sólo hay eternos conflictos emocionales.

Hardy podría haber sido un peregrino avanzando con la cabeza gacha, sin distinguir demasiado, a través de los suburbios de los géneros tradicionales y más cultivados en su tiempo. Hasta detenerse en un claro que parece abierto por azar, tras unas hierbas altas, y que le extrae sus mejores momentos; personaje y lector comparten el mismo asombro. La naturaleza llama a Hardy, no necesariamente bucólica ni provinciana, frente a sus obras de ciudad, más ajustadas a un esquema novelístico y a la popularidad de la mujer caída como ficción moralizante; Tess, la de los d’Urberville (1891) y Jude el oscuro (1894) son, quizá por esos dos motivos, los títulos más famosos de su repertorio. Pero, en cierta medida, son también los menos interesantes, a costa de esa calculada anatomía que los hace tan atractivos para el análisis académico y que les resta confianza en cualquier hallazgo espontáneo. En ellos, tal vez por madurez creativa, Hardy no espera separar las espigas de una cosecha de cereal para encontrarse con una escena de lúcida naturalidad y belleza, motivos negados por convención al habitante de la plúmbea literatura sobre las provincias agrícolas e industriales inglesas. Sin embargo, es en esos instantes donde sobresale su narración: la trama contenida entre árboles de Los habitantes del bosque (1887) o la danza de la espada entre los helechos de Lejos del mundanal ruido (1874), momento que acabaría destacando Virginia Woolf en su breve ensayo sobre Hardy.

El brazo marchito anuncia el espíritu cercano a la última etapa de Hardy: una cubierta lluviosa, la prisión de la ficticia ciudad de Casterbridge, dos mujeres a las que parece habérsele negado hasta la más mínima voluntad, presentadas como sombríos títeres de una trama que no comprenden. Pero, en realidad, el relato marca una transición entre las dos miradas de las que el autor era capaz: una benévola y embellecedora, amante del misterio y los detalles enigmáticos, y otra consciente del contexto social y sus constantes desequilibrios. A esta ambivalencia se ajustan las preciosas y talentosas ilustraciones de Julia Sardà, creadas exclusivamente para esta edición, y cuyo estilo ya ha demostrado amoldarse a cualquier clásico, librándose del peso del canon -victoriano o eduardiano, como El jardín secreto (Frances Hodgson Burnett, 1910), o más moderno, como Charlie y la fábrica de chocolate (Roal Dahl, 1964). Sardà crea para Hardy pequeños cuadros con una paleta de color grisácea y constante, llenos de una luz y un movimiento que quieren sacudir a los personajes -ese momento en que la novia de blanco se aproxima a su nuevo hogar acompañada por siluetas masculinas y negras, por ramas sin hojas que arrojan sombras corrosivas. Su formato demuestra que la recién nacida editorial AstroRey desea elaborar libros absorbentes que puedan transportarse fácilmente y leerse en cualquier parte, sin necesidad de que una joya ilustrada se convierta en un pesado catálogo para la mesa del café.

Pero, ¿significa algo el brazo marchito? Tal vez tengan razón las teorías que pretenden eliminar la carga simbólica de cualquier narrativa que no sea intencionadamente poética -como decía Nabokov, la belleza de Lolita jugando al tenis es la sencilla imagen del partido de tenis y de las zapatillas sobre la tierra, no un añadido freudiano y sexual. De tal modo que debieran apreciarse las imágenes con su riqueza al desnudo: un vestido de plata que cruje en la hora más concurrida y silenciosa de una iglesia, un vaso brillante dentro de una cabaña al anochecer, un caballo que atraviesa el páramo mientras su encapotada amazona distingue cómo se construye un patíbulo en la lejanía. Es innegable que detrás de la imaginación del relato palpitan temas corrientes, vulgares y severos, y que quizá el hechizo de Gertrude y Rhoda da vueltas en torno a la idea de si el mal es el origen de todo o la consecuencia de una situación abusiva, donde siempre pagan justos por pecadores. Al tratarse de un cuento y de no disponer de más espacio para elaborar una controversia o una condena, Hardy se limita a contemplar, como hace en sus mejores momentos, cuando descorre un telón de hierbas altas y se revela un episodio fascinante y perturbador en mitad de una campiña llena de tonos añiles y pardos. Una invitación similar extienden ediciones como esta de El brazo marchito, que tras su modernizada y estética apariencia atraen la curiosidad hacia el pantano de los clásicos, de otro modo olvidados como cacharros y antiguas bellezas envejecidas en medio del campo.

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