El ángel del atentado, de Svetislav Basara (Automática) Traducción de Juan Cristóbal Díaz Beltrán | por Juan Jiménez García

Svetislav Basara | El ángel del atentado

Ciento y pico años después del principio o del final de la Primera Guerra Mundial, el mundo ha cambiado, pero poco. Ni tan siquiera necesitábamos un virus para recordarnos pandemias del pasado con similares imágenes y mismos temores y decepciones (ahora que empezábamos a creernos invencibles). Damos vueltas en círculo y la historia, como las modas, es cíclica, y no hay que tirar nada, porque más tarde o más pronto, cuando alguien lo decida por nosotros, todo volverá. Los pantalones de campana y los nacionalismos. Hemos visto caer a través de siglos de historia tantos nuevos mundos que es absurdo pensar que no caerán estos otros, que ahora nos parecen inamovibles. El tiempo pasa pero todo es terriblemente parecido. Por eso Svetislav Basara, escritor serbio (antes yugoslavo), se puede permitir reflexionar sobre el presente aún reciente de la explosión de esa olla a presión que eran los Balcanes, desde aquella otra olla a presión balcánica que era el final de Imperio Austrohúngaro. Una olla que solo necesitó una muerte, la del archiduque Francisco Fernando, como argumento para que se exterminasen unos cuantos millones más.

Precisamente El ángel del atentado es la crónica de aquel tiempo (y sus reflejos y espejismos más recientes) a través de Francisco Fernando, muerto, junto a su mujer, en un atentado en Sarajevo. Un cúmulo de circunstancias cómicas para bajar el telón austrohúngaro y subir el de las tragedias de medio siglo y los rencores del otro medio. Francisco Fernando dicta a Berchtold, su secretario, sus opiniones sobre la vida y la muerte y sobre la estupidez en general. Austro-Hungría, como dice, era el último muro de contención. Un muro agrietado y envejecido, podrido y lleno de pintadas, pero muro. Capaz de retener una miríada de nacionalidades esperando su oportunidad para desparramarse, como agua furiosa, sobre todas las cosas. De modo que el serbio Gavrilo Princip, con aquellos dos disparos no solo fue capaz de matar a tres personas (cuando solo pretendía hacerlo con una), sino que, como esos puntos débiles de los cristales irrompibles, dio la oportunidad esperada por unos y otros, el pistoletazo de salida para el ajuste de cuentas, una carrera hacia otro matadero (uno más) de la historia.

Hay una frase, una reflexión de Francisco Fernando, que no me resisto a citar, porque en ella está seguramente contenido todo el libro y quién sabe si hasta la razón de las cosas: El sentido de la historia serbia de siempre ha sido la aceleración del fin de la historia, a diferencia de la historia hansbúrgica, cuyo elevado fin ha sido el de la ralentización del tiempo y la postergación de la decadencia. Y entre esos movimientos de aceleración y ralentización nos movemos, incapaces de encontrar un punto medio. Y, cómo dice a continuación, si no hubiese muerto ahí de un disparo hubiese muerto en otro lado de otro disparo, porque en todos ellos habría alguien dispuesto a dispararle. Y ahora tal vez hemos perfeccionado nuestros métodos y ya no necesitamos anarquistas (y si los necesitamos, los inventamos), y los que lanzan bombas son los archiduques. Como siempre, solo que antes se necesitaban escusas y ahora ni eso.

Y así, El ángel del atentado, es un torbellino de palabras que se ha dado Svetislav Basara para pasar por todas las cosas y sentimientos y hablar de los serbios, que son los suyos, hablando de los austrohúngaros, que son su pasado, una manera de preguntarse despiadadamente quiénes son, dejándole esa opinión a un archiduque que solo esperaba de ellos lo que acabaron dándole: una bala. Una tragicomedia sobre un mundo que desaparece y es reemplazado por otro tan imperfecto que no dura nada. Y que a su vez es reemplazado por uno más que esconde todo lo necesario para volverse a destruir a la primera oportunidad que tiene. La triste historia de los Balcanes, que tal vez ni tan siquiera esté aún arreglada. Siglos de muertos y siglos de heridas. Nada que pueda solucionarse con cuatro líneas y que tal vez solo se pueda entender con un libro como este, lleno de furor, rabia, humor y odio como motor de la historia (¿acaso es posible ni tan siquiera dudarlo aquí y ahora?). Y la vida sigue, pero mal. La broma infinita.

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