La vida soñada de Rachel Waring, de Stephen Benatar (Impedimenta) Traducción de Jon Bilbao | por Almudena Muñoz

Stephen Benatar | La vida soñada de Rachel Waring

Anoche soñé que volvía a Gull Cottage.

No, un momento. Eso es imposible, ¿no es cierto? Yo no me llamo Lucy Muir, ni siquiera soy una señora. No tengo hijos. Ni pretendiente. No todavía; habrá tiempo de sobra para eso, con toda esta lozana juventud por delante. Sí, sí, más bien podrían confundirme con Mary Bailey, antes de ser Bailey, porque todas tenemos que sentirnos mujeres independientes, hechas y derechas, como una etapa de tránsito frente al hombre que se enlazará a nuestro codo y apellido y… Quién sabe. Toca bailar junto al gramófono y poner muchos discos; ¿que no está de moda? Claro que lo estará. Todo vuelve, y cualquier casa desconchada recuperará su valor, y no me refiero al inmobiliario, qué ordinariez; piensen en las páginas, en tantas y tantas hojas blancas y frescas que cubren las fachadas de fincas abandonadas como hiedras lozanas, como mi jovencísima piel. Debo de inspirarles demasiada envidia, a esta edad tan deseable y habitando un lugar que les recuerda a tiempos mejores y a la oportunidad que nunca tuvieron. Pero no se lo tomen así, de verdad que hay una vez para todo, aunque sea tarde, porque todas las sensaciones y los anhelos nos invaden demasiado pronto, y si les gusta suspirar frente a mansiones abandonadas y retratos de desconocidos en exposiciones temporales, ¡entonces léanme, léanme y vean!

Comprueben mi dichoso ejemplo. Una señora que siempre fue señorita, viviendo el recorrido inverso de Benjamin Button, de una manera menos fantasiosa, todo hay que decirlo. Llega un autor y me tiñe de blanco y canas, y luego aplica encima de esa aburrida base un tinte carmesí, un carmín en las raíces del cabello y las uñas de los pies, y coloca porcelana de ensueño, cuadernos crujientes, libros por estrenar, medias de cristal, ¡incluso encajes, encajes blanquísimos, el muy pillo! Una puede revivir, como las casas, aunque su historia sea tan antigua, tantas veces repetida. ¿Doy la vuelta al disco otra vez? ¿Verdad que es exquisito? No me canso, no me canso jamás de dar vueltas; puedo hacerlo con los ojos cerrados porque ya me conozco a la perfección estas habitaciones, y también a los bailarines y observadores con quienes me iré cruzando (unos miran estupefactos, otros me tienden sus manos sudorosas, supongo que encantados; bueno, ¡como ustedes mismos!).

Oh, así que realmente soy Lucy Muir. Me he convertido en una señora, dueña de su terreno. Sin embargo, unas mañanas me levanto como en una historia corta, uno de esos libritos de a penique que incluyen una moraleja final (cursi e injusta, ¿por qué dejar en mal lugar a las bellas heroínas vestidas de encaje, a quien nadie comprende?). Otras el día amanece nublado como entre las hortensias de una novela gótica, o intuyo el peligro del descuido y el abandono, al estilo de los cuentos que esconden reversos que nunca llego a asir del todo, como las biografías que fantasean los adolescentes en sus diarios de scrapbook. A veces la noche me ha parecido la proyección de uno de esos dramas de Elia Kazan o Nicholas Ray; luego sacudo mi frondosa melena y me despejo porque me encanta el cine y mi vida es de película; pero, si yo hubiese pisado California y no Inglaterra, entonces no habría más tragedias, ¡sólo comedia, musical! Tal vez algo de Tennyson, por honrar mis raíces. Las más de las veces, quiero pensar, comienzo la jornada siguiendo la estela del género de los diarios jocosos, cargados de anécdotas que sólo captaría un fino humor inglés. En cualquier ocasión, no importa cuál toque, ¡es todo siempre tan bello, tan bello! A pesar de que nadie más sonría, o lo hagan forzosamente, o con una mueca entre culpable y divertida que no acabo de comprender. Si quieren reírse, ¡háganlo! Si quieren compadecerse, ¡allá ustedes! Yo soy feliz, muy feliz. ¿Quién no lo estaría en mi lugar, sin vivir pendiente del calendario, ni de la cuenta corriente, ni de las calorías, ni de poner lavadoras ni llenar bañeras?

Me llevan de acá para allá, ustedes, o mi autor, o mi pretendiente (oh, sí, desde luego que a cada casadera le llega su buen Martín), como a miss Daisy; soy un ramo de flores que viaja sea cual sea el tipo de transporte, y debo de emitir un perfume tan fragante y un timbre de voz tan deliciosamente Brunilda que todos, todos se apartan ligeramente a mi paso. ¡No quiero amedrentarlos! Al contrario, están invitados a té. Porque, reconózcanlo, ustedes han soñado en alguna ocasión con recibir una herencia inesperada que les cambie la rutina, que les permita ser su proyecto amasado desde la infancia en la parte trasera del pensamiento. Vengan y fíjense en mí, ámenme y luego váyanse, como todos, sin que me importe lo más mínimo, porque comparto mi caserío con el más apuesto de los hombres, de los capitanes, de los escritores, de los retratos, que me lleva en volandas, ligeros como fantasmas, como si realmente fuese una señora, la señora Muir, la señora sin nombre, y estuviese en un sueño en el que el viento salobre del mar venía lleno de cenizas…

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