Metafísica del aperitivo, de Stéphan Lévy-Kuentz (Periférica) Traducción de Laura Naranjo Gutiérrez | por Gema Monlleó

Stéphan Lévy-Kuentz | Metafísica del aperitivo

“Aperitivo. Del latín aperire, que significa abrir, se trata de un ritual heredado de los romanos, que tenían la costumbre de abrirles el apetito a sus comensales con un vaso de vino con miel.”

Stéphan Lévy-Kuentz (París, 1958) se sienta en la terraza de un bistró parisino de Montparnasse para sucumbir (sic) al ritual del aperitivo: “ha llegado el momento de concederte una hora de eternidad, una franja de tiempo suspendido que significa libertad” y comienza a escribir. Metafísica del aperitivo (Periférica, 2022) es el resultado. Escoger donde sentarse no es una decisión aleatoria: “Condición previa: encontrar un puesto de observación idóneo, ligeramente apartado, ni demasiado expuesto ni demasiado aislado, una atalaya que garantice un ángulo de visión propicio para la observación, sin vecinos desagradables, donde no haya clientes de voz potente ni mobiliario que te estorbe la vista” y una vez acomodado, Moleskine en mano, inicia un soliloquio silencioso y escrito sobre sus vivencias y sus recuerdos aderezados constantemente de citas literarias. Pessoa, Robert Walser, Marguerite Duras, Turguénev, Thomas Bernhard o San Agustín, están invitados al aperitivo.

El aperitivo que toma Lévy-Kuentz es un irancy (“vino seductor, rico en taninos, contiene notas de grosella negra, cereza, frambuesa y, en ocasiones, mora”) que lo irá sumiendo en una leve embriaguez lúcida desde la que observar (a la manera de Georges Perec en Tentativa de agotar un lugar parisino), filosofar y opinar. Su formación cultural (poeta, novelista, crítico de arte, guionista de cine) y su caústico sentido del humor convierten este pequeño libro (tamaño pasaporte, apenas 100 páginas) en una narración (debates autoficcionales al margen) lírica de secuencias (a modo casi de cuadros) a cámara lenta y consecutivas.

Desde la subjetividad (“si no tienes inconveniente, tú mismo serás el protagonista, pero nada de lo que pienses será utilizado en tu contra. Por ahora te conformarás con escucharte a ti mismo”) y una cierta erudición controlada, Lévy-Kuentz hace un repaso histórico por las vidas del aperitivo, sus horarios (“es ese purgatorio entre el día y la noche, entre la noche y la muerte”) y la liberación que representa tras las mordazas administrativas de los escritores con vida profesional burocrática (Rousseau, Pushkin, Thoreau, Mallarmé, Faulkner, Bukowski…). Pero el discurso se rompe con la vida, cuando una tribu escandalosa se sienta a su lado y la concentración ensayística deviene imposible. Da paso entonces a la observación del entorno, el camarero, los viandantes, las parejas que se pelean, los amigos silenciosos con los ojos clavados en sus respectivas pantallas, los edificios colindantes con sus ventanas con luz y los pisos apagados… Tras el recorrido, la mirada, el barrido fílmico, Lévy-Kuentz elucubra acerca de las vidas de los otros: ”varios desconocidos cargados con mochilas psíquicas atraviesan un campo visual bañado en la luz del atardecer” para entrar después en la introspección, el auto-ajuste-de-cuentasson pocos los sueños que has cumplido a causa de tu falta de tenacidad, de lucidez, tal vez de suerte. Es el momento de preguntarte si te subiste al tren debido y no lo dejaste pasar de largo”, la añoranza por los amigos muertos y (por ende) la muerte de los recuerdos compartidos: “una intimidad secreta de la que tú eres el único depositario”. 

“¿Será el alcohol la tinta de la oralidad?”, se pregunta Lévy-Kuentz. De su oralidad, escrita desde una placentera (aunque controlada) ebriedad, parece que sí. Tres copas de irancy y el monólogo observacional y metafísico sigue fluyendo: “mientras la seducción se ha sustituido por la persuasión, y la ciencia infusa, por el realismo, la tiranía de los susceptibles explota el catecismo de los perezosos”.

Dos escenas rompen la cadencia cada vez más melancólica (¿será el alcohol?) del libro, dos escenas completamente ajenas al clima que envolvía la historia hasta el momento. No haré spoilers, sólo apuntaré que una es completamente murakamiana (luz, oscuridad, túnel, voz femenina) y la otra es una bofetada de actualidad. ¿Estoy lanzando un anzuelo para que pesquéis el libro? Sí, lo estoy haciendo.

Metafísica del aperitivo es uno de esos libros para disfrutar en una tarde en la que uno no quiere que pase nada, en la que hacer un parón al ajetreo vital habitual, un pequeño tesoro de filosofía entendible, de amor por los libros y la cultura, de preguntas existenciales formuladas desde el no-desasosiego. Una compañía vitalista aunque no exenta de cierta tristeza (¿realismo?), un ejercicio de flaneurismo mental erudito, un leve trance tanínico. “Instalado en el ocaso, sólo tendrás que observar cómo palpita el mundo”.

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