Las últimas, de Lucía Carballal (La uña rota) | por Óscar Brox

Lucía Carballal | Las últimas

Las cinco piezas teatrales que componen el libro de Lucía Carballal poseen más de un nexo en común. En ellas, se exploran y enfrentan cuestiones de identidad e intimidad, relaciones personales y laborales, se confrontan estructuras más o menos tradicionales como las de la Familia con las derivas, evoluciones y revoluciones que viven en nuestro presente. Se oponen, también, comportamientos tóxicos a lo que cada cual define como sus deseos, anhelos, objetivos y sueños. Y se traza, en definitiva, una geografía -porque en la obra de Carballal está muy presente el espacio y el lugar- de este momento actual, con sus conflictos, contradicciones y problemáticas.

Agrupados, los textos de Carballal permiten observar una evolución en tono, estilo, concreción e intenciones; algo así como una búsqueda de lo justo. O cómo desnudar a la palabra y el argumento teatral de retórica para ir al núcleo del drama. Eso no significa que los textos vayan de menor a mayor (aunque debo decir que probablemente ninguno iguale la intensidad de la miniatura La actriz y la incertidumbre), en tanto que cada uno complementa al otro. Lo matiza; incluso, lo redefine. No sé hasta qué punto sin la Olivia de Los temporales existiría la voz de Mónica en La resistencia; o si la familia de Una vida americana no propone más de un paralelismo con esa otra familia de amigas de Las bárbaras. Los textos de Carballal plantean numerosos problemas contemporáneos, empezando por la ansiedad por la autorrealización, ese mantra que se arrastra de generación en generación y que, hoy por hoy, supone el combustible para la sociedad del capitalismo tardío. Puede ser una cuestión laboral, familiar, creativa o, directamente, íntima, pero todo son aristas de una misma cosa humana. De una preocupación que sus personajes discuten una y otra vez, entre separaciones, ausencias, muertes o viajes. He ahí otro aspecto interesante: la capacidad de la dramaturga para localizar siempre la acción de sus obras y, al mismo tiempo, provocar esa sensación de que sus criaturas se mueven entre no lugares: un hotel, el claro de un bosque, el ambiente viciado de la oficina o la barra de un bar a la hora del cierre. Todos ellos poseen elementos lo suficientemente reconocibles y, pese a ello, cuesta no vivir ese lento proceso de alienación y falta de pertenencia.

¿Cómo aparece el elemento teatral en los textos? En Los temporales, diría, se trata de un recurso meta, cruce de diálogos y situaciones, de personajes en la piel de otros personajes, que generan ese sentimiento de enjambre humano en el que, paradójicamente, falta lo humano. Otras aspiraciones. La posibilidad de colmarlas. En el resto de obras se mantiene el pulso por el diálogo ágil y la construcción de personajes a través de estos (pocas veces resulta más palpable la idea de que todos ellos son personajes hechos de palabras), pero ya hay un cierto cambio, una variación. Me gusta mucho la Mónica de La resistencia porque, tal vez, es el personaje de Carballal que mejor describe la necesidad de restitución; que no vive aplastado por ese ocaso, por la combinación de insatisfacción e inseguridades, sino que opone una resistencia activa a todo ello. Activa y creativa. En definitiva, que es capaz de representarse, de desear esa autorrealización y de poner en tela de juicio los vínculos afectivos y culturales que ha tramado junto a David. La precisión de los diálogos vuelca en el drama lo que, tal vez, en Las bárbaras discurre hacia la tragicomedia.

De nuevo, nos encontramos a unos personajes en un punto crítico. La madurez y más allá. La sensación de unos objetivos que (intentan una y otra vez persuadirse) no han conseguido. Un éxito profesional que ha traído una realidad desabrida, un sacrificio familiar que solo dibuja un presente de subordinación maternal o, rizando el rizo, un instinto maternal que pese a la edad necesita manifestarse de alguna manera. Es como si Carballal tratase de perforar con sus textos esa red de normalidad, fabricada a pachas entre convenciones, costumbres y tradiciones, para explicarnos cómo funciona nuestra amargura, la insatisfacción o la obsesión por tantas y tantas pequeñas cosas que no traen la felicidad pero sí un poco de alegría para tragar con el conformismo. O, peor aún, con la resignación. No nos queda otra…

En La actriz y la incertidumbre, la pequeña pieza creada para el proyecto común La pira, sucede algo diferente. De pronto, la emergencia sanitaria y la parálisis del país. La pregunta: ¿qué puede hacer la cultura, en este caso el teatro, para dar cuenta del momento? ¿Cómo puede reaccionar la ficción? Mejor dicho: ¿acaso no es ese el escenario para reafirmar la ficción y su poder? El diálogo es agilísimo, diría que más que ajustado al tipo de actores y registros de Francesco Carril y Cecilia Freire. Narra un ensayo, los minutos antes de una emisión en directo, los nervios, dudas, verdades y problemas que afloran ante una situación que resulta difícil de entender. Y, al mismo tiempo, esa fuerza, esa violencia, con la que irrumpe la ficción, la palabra, el teatro. Con la que, ante el menor gesto, se construye el hecho teatral. Diría que esa es la versión mini del efecto que producen las obras de Lucía Carballal: uno siente la fuerza, el ímpetu con el que sus personajes se descubren a sí mismos, se desnudan ante el público y comparten sus cuitas, recelos y sueños. Crecen, avanzan y retroceden, pero siempre se nos aparecen vivos. Activos. Resisten, a pesar de todo. Y nos piden, y en verdad no es poca cosa, que pensemos en lo mucho que cuesta restituir ese espacio propio, ese lugar propio y las palabras con las que lo rellenamos, cuando lo ponemos en común con los ritmos avasalladores y la indiferencia brutal de nuestro tiempo.  

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