Un malestar indefinido. Un año sin dormir, de Samantha Harvey (Anagrama) Traducción de Mauricio Bach | por Gema Monlleó

Samantha Harvey | Un malestar indefinido

“…y todo el tiempo se confundía con el exclusivo empeño
de hacer crecer la flor de un millón de pétalos
de estar aquí.”

Philip Larkin


¿Qué nos está pasando con el insomnio?

En los últimos meses la proliferación de libros sobre el insomnio como tema central o tangencial está inundando las librerías. Me pregunto si es un efecto colateral de la pandemia, de esta nuestra sociedad neoliberal que nos exprime o si se trata sólo de una moda editorial más. En cualquier caso, yo, como insomne, me siento interpelada y salto de un no-sueño a otro entre estos libros. Los últimos: El mal dormir, David Jiménez Torres (Libros del asteroide); Insomnio, Marina Benjamin (Chai Editora); Los brotes negros, Eloy Fernández Porta (Anagrama). Y aquí y ahora Un malestar indefinido: un año sin dormir de Samantha Harvey (Anagrama).

¿Es posible vivir sin dormir? ¿Cuántas noches podemos aguantar sin dormir y sin perder (totalmente) la cordura? Y para entender el por qué: ¿cuál es el momento exacto previo al colapso? Esta es la pregunta de las explicaciones necesarias, la pregunta sobre la que recostarse para entender el inmenso vacío que el insomnio provoca. En palabras de Harvey: “cuando no duermo, me paso la noche rebuscando en los laberintos de mi pasado, tratando de dar con el momento en que todo se torció, rastreando en mi infancia para comprobar si la génesis del insomnio se encuentra allí, intentando localizar el pensamiento, la cosa o el acontecimiento concretos que provocaron que pasara de ser alguien que duerme a alguien que no duerme. Trato de dar con la llave para liberarme”. 

Sin voluntad ensayística, el libro de Harvey se lee desde la fragmentación del pensamiento soñado o durmiente. “Mi yo es un yo que sólo puede entenderse a través de fragmentos. Mi yo está roto en mil pedazos. Me miro al espejo y no me reconozco. Leo lo que he escrito y es como si me presentasen a mi alma. Tengo que descodificarme”.  La falta de transiciones entre un tema y otro (desde un relato que roza lo fantástico hasta una explicación erudita sobre la tribu de los pirahá) es el espejo de los saltos mentales de una noche en vela. El autoanálisis ad infinitum es otro tema recurrente al que se añade el sentimiento de culpa por ser incapaz de dormir entrando en un peligroso juego de castigo-premio con una misma.  “El insomnio me ha convertido en una regateadora. Siempre estoy a la espera de con qué voy a poder negociar (…) ¿Cuándo empecé a dar por hecho que dormir no era un derecho que me correspondiera y que sólo podía acceder a él con argucias, como si fuera un bien de contrabando?”.

Contra el insomnio no hay más receta mágica que la espera, la confianza en que igual que un día llegó y se instaló llegará otro momento en que se marchará. Esperar ese momento llevará a Harvey a recorrer a todas las supersticiones o pseudoremedios para intentar dormir (muchos de ellos descritos en un trasunto de informe médico que de tanta objetividad incita a la carcajada: “la paciente probó varias terapias, incluyendo visitas a la clínica del sueño CBT, sesiones de acupuntura, un curso de meditación, técnicas de restricción del sueño, un diario con frases positivas, suplementos dietéticos, abstención de cafeína y azúcar y un aparato para dormir que emite ondas beta y theta para imitar los estadios del sueño…”). Y es que en el libro hay una crítica al estamento médico que no proporciona soluciones, que trata de forma (y a velocidad) distinta el mismo problema según si el paciente es hombre o mujer, que culpabiliza a Harvey por ser incapaz de dormir (“aquí no se trata de tapar un agujero con yeso, se trata de ayudarte a modificar tu comportamiento y tus pensamientos”) y que la hace sentir diminuta frente a la auctoritas médica (“en la consulta me siento como una niña, con las manos juntas como si no supiera rezar”).

Harvey, autora de novelas y profesora de escritura creativa, gira en derredor de su yo escribiente, de sus diferentes faces, y se vale de este año de no descanso ni de relajación como palanca de análisis sobre el hecho de escribir: crítica sobre la escritura confesional (“leemos las palabras de otras personas y encontramos en ellas algo con lo que identificarnos, solaz en una experiencia compartida. Pero no tiene por qué haber ninguna experiencia detrás de una palabra. Una palabra puede ser una sombra no proyectada por ningún objeto”) y alabando empíricamente su posibilidad sanadora: escribir como lo mejor del mal dormir (“Me siento cuerda cuando escribo, mis nervios se relajan. Me siento cuerda, cuerda. Soy feliz. Cuando escribo no sucede nada más”).

Termino Un malestar indefinido reconfortada por la compañía de la secta de las insomnes, poniendo palabras a la rabia, el agotamiento, la confusión mental, el miedo, las angustias: “cuando no logro dormir, no solo me siento cansada, sino también, y más, agredida. Percibo un sabor en la boca que no se parece a ningún otro sabor, tan solo a un sentimiento, el sentimiento de derrota”. Termino Un malestar indefinido con la insensatez bajo control y esperando, armada con palabras ajenas que me fortalecen, la amenaza de la próxima noche a la que a partir de hoy llamaré sólo “tiempo”: «El tiempo es lo que separa la vida de la muerte, aquello que impide que se abracen. El tiempo, y no la vida, es lo que vivimos. El tiempo, y no la vida, es lo que se agota».

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