Ciudad fantasma, de Robert Coover (Galaxia Gutenberg). Traducción de Benito Gómez Ibáñez | por Óscar Brox

Robert Coover | Ciudad fantasma

En 2011 se subastó uno de esos fetiches de la cultura popular americana: el ferrotipo que registró la única imagen de Billy el Niño. Aquella fotografía, que el propio forajido regaló a un amigo poco antes de su prematura muerte, acabó en el abultado bolsillo de un millonario de Florida. Un pequeño mito, casi sin lustre por el paso del tiempo, conquistado por la inutilidad del consumismo. La dilatada carrera literaria de Robert Coover le ha permitido explorar, siempre con un punto satírico, las entretelas de la cultura americana, sus mitos, épocas y figuras destacadas. Ciudad fantasma, la última novela que aparece editada por Galaxia Gutenberg, hunde sus raíces en el paisaje del western como género y, fundamentalmente, como cuna de mitos que han amamantado a la cultura. Un paisaje repleto de cuatreros, indios, representantes de la ley, fulanas y matones, que su autor convierte en una historia portátil de los Estados Unidos.

Coover, como el proyeccionista de su Sesión de cine, remezcla los temas de las novelas del oeste de Zane Grey o Louis L’Amour para construir ese escenario árido al que las más diversas manifestaciones culturales nos han acostumbrado. Sin embargo, más que respeto por aquellos códigos narrativos, su autor despliega una ironía distante. Ya desde el mismo inicio, con ese protagonista que combina el cuerpo de un niño con el rostro cuarteado por el sol de un adulto, Coover nos pone sobre aviso: en lugar de bucear en la memoria desde la nostalgia, Ciudad fantasma se preguntará si solo se puede recorrer la Historia desde aquella, como otra inútil conquista del consumismo sobre las raíces y fundamentos de nuestra cultura. Al fin y al cabo, la escasez de historia propia es uno de los reproches que tiene que atender la cultura americana, demasiado preocupada por construir, desde el capital, un nuevo relato que refuerce sus débiles raíces identitarias. De ahí que Coover se acerque al western con un gesto político, como un pionero que en vez de buscar pepitas de oro lleva a cabo una prueba de resistencia sobre su patria.

La ciudad destartalada recibe a su visitante, un forajido que huye de los indios, con la estrella de plata del Sheriff. Ese movimiento tan típico en los relatos del oeste, en cambio, esconde un interés alternativo, pues su autor concibe la narración como uno de esos libros de fotografías por los que paseamos la vista en un suspiro, casi sin prestar atención a los detalles. Y es que en Ciudad fantasma, precisamente, nunca hay tiempo para que su protagonista se acomode al papel; de una escena a la siguiente pasa de héroe a villano, de forajido a Sheriff, de putero a hombre de bien, de representante de la ley a líder de una banda de asaltadores de trenes. Así mientras el paisaje de la ciudad se altera y remodela de manera violenta; mientras la diligencia deja paso al tren, el correo postal a las telecomunicaciones o las frágiles estructuras de construcción al hormigón. Una concatenación de cambios con la que Coover refleja la velocidad con la que América devora, casi sin saborearla, su propia Historia, presa del furor expansionista. De esa intensidad con la que queremos todo, representar todos los papeles, vivir todas las experiencias e imprimir nuestra pisada en un terreno del que mañana no quedará rastro.

Todo lo que de atípico tiene el western según Coover, con trenes que huyen literalmente por patas ante el acecho de la banda de ladrones o cabareteras que se cosen rubíes en los pezones, lo tiene también el propio acervo cultural americano. No en vano, esa ciudad fantasma que da título a la novela es como el ferrotipo de Billy el Niño, una imagen deslustrada canibalizada por la cultura contemporánea; un lugar sin raíces, por cuya historia pasamos como una exhalación, sin que nada, salvo la nostalgia más babosa, nos sirva para retenerlo en la memoria. De ahí que los avatares de su protagonista se asemejen a los de un slapstick de Buster Keaton, en los que la acumulación de gags refleja el ingenio antes que la idea. Como si Estados Unidos fuese una nación que ha aprendido a sacar provecho de su corta Historia sin preguntarse por la relación que mantiene con ella, por su manera de mirar al pasado. Un pasado, nos dice Coover, que parece escrito por Zane Grey en vez de por un historiador; en el que la cultura capitalista se ha infiltrado para remodelarlo a su gusto.

Bajo su aparente ligereza, en la que lo primero que capta el lector es el esforzado estilo del autor para parodiar los giros y temas de los personajes del western, Ciudad fantasma no deja de ser una agria reflexión sobre los mecanismos de la cultura americana; sobre las interferencias de la nostalgia y la producción artificial de un relato para sustituir la corta Historia que se nos agota demasiado temprano. Como la anécdota de la fotografía de Billy el Niño o como las habilidades del proyeccionista que construye una nueva película superponiendo varios rollos de filmes diferentes. Una guía portátil de los mitos americanos en la que Robert Coover, con su protagonista varado en ese pueblo sin alma, nos lanza una pregunta nada más concluir su recorrido: y después de todo esto, ¿qué nos queda?

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