Los mártires de Pyongyang, de Richard E. Kim (Sajalín) Traducción de Damià Alou | por Juan Jiménez García

Richard E. Kim | Los mártires de Pyongyang

No debemos confundir Los mártires de Pyongyang con una novela negra. Cierto que el género amplía sus límites y que cada vez entran cosas más increíbles, al calor de las modas o las circunstancias, pero la novela de Richard E. Kim cumple cincuenta años y está tan cerca del género negro como del bélico, aunque en realidad allá donde se instala es en el drama existencial y el misterio de Dios. Porque sí, en cierto modo, esta es una novela negra sobre la búsqueda de un asesino desprejuiciado al que nunca vemos y en el que solo algunos acaban de creer: Dios.

Pensemos. Guerra de Corea (una guerra no tan conocida como la de Vietnam, pero con parecido resultado). Los comunistas se repliegan hacia el Norte y los aliados (Naciones Unidas, que no son otros que los marines norteamericanos, y el ejército del Sur) toman la capital roja, Pyongyang. El capitán Lee está entre ellos y se le encomienda una misión especial. Antes de su entrada, unos ministros de la Iglesia (el catolicismo, no muy extendido, era evangélico) han sido secuestrados, torturados y asesinados. Doce. Dos sobrevivieron. De ellos uno loco; el otro, no tanto. Solo atormentando. Es el señor Shin. La misión del capitán Lee es conocer qué sucedió y por qué aquellos dos seguían vivos y no los otros. Sencillo, pensaremos. Y sí, es sencillo. Y es sencillo porque Richard E. Kim no pretendía construir su novela sobre un misterio policiaco, sino sobre un misterio religioso, por mucho que el primer tercio del libro juegue con esa ambivalencia. El misterio religioso es uno bien conocido, que no se resolverá porque aún no está resuelto: por qué Dios es capaz de maltratar a su pueblo, de condenarlo, incluso a aquellos que le sirven y le son fieles. No vamos a entrar en discusiones teológicas. Kim algo, no mucho. A él, de nuevo, le interesa otra cosa. Y aquí, finalmente, llegamos al que es seguramente el motivo que vertebra la novela: la verdad.

Las últimas guerras mediáticas han puesto muy de moda este concepto, a menudo olvidado, de lo que es la verdad. Ahora que podemos estar en casi todos lados presentes a través de la televisión, de Internet, y nos damos esos baños de realidad (¿cómo no creer lo que estamos viendo?), es cuando menos seguros estamos de aquello que vemos (o deberíamos, porque siempre quedarán ingenuos o, peor, gente que solo ve aquello que quiere ver). Frente a esa nueva calidad de la realidad está, claro, la nueva calidad de la mentira, de lo falso. Para una gente ávida de cosas ciertas, qué mejor que darle cosas que no lo son pero que son útiles a la causa de cada cual. Si ya nos hemos vuelto insensibles a los muertos, en esa sorda sucesión en nuestros televisores, ¿cuánto tardaremos en volvernos insensibles a aquello que nos cuentan? Nada.

En Los mártires de Pyongyang la cuestión no es saber de la existencia de un ser superior y sus razones. Lo importante es la necesidad de que este exista o no, y que aquellos ministros evangelistas muertos sean convertidos en mártires, útiles para las necesidades de la guerra. Y lo que haya ocurrido no tiene demasiada importancia. Porque conocer la verdad solo es necesario cuando esta responde a nuestros intereses. Se pueden tener dudas al respecto (como las tiene el señor Shin, atormentado), pero esto es fácilmente solucionable con otro concepto, con otra necesidad: la de la esperanza. Frente a la promesa de la nada, frente a la certeza de haber muerto estúpidamente por una causa idiota, es necesario ofrecer al menos otra cosa, una estancia superior, un paraíso donde reencontrarnos con aquellos que fueron algo para nosotros. Sin esa esperanza, la vida carecería de sentido para mucha gente; luego hay que dársela, aunque seamos conscientes de su inexistencia. Y ahí es donde debe estar la Iglesia: dispuesta a ofrecer, ya que no soluciones para los problemas actuales, al menos un más allá de la vida digno.

No tengo muy claro que el libro de Richard E. Kim se posicione contra esa mentira “existencial”, la necesidad de una droga para pobres, pero lo cierto es que seguramente intentando demostrar lo contrario se acerca peligrosamente a su opuesto. Hay en él como una necesidad de otorgar a todos un buen final y, quizás, el mundo no diera ni entonces ni ahora para tanto. Lo cierto es que su novela, en esa mezcla de relato bélico, algo de negro y drama religioso, funciona, y nos acerca a una visión del mundo no tan lejana como puede parecer. Los años pasan, la Historia sigue su curso y todo parece seguir igual. La verdad compartirá con Dios los mismos problemas: su necesidad y su inexistencia.

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