El hueco de la mano, de PJ Harvey y Seamus Murphy (Sexto Piso) Traducción de Pedro Carmona | por Juan Jiménez García

PJ Harvey y Seamus Murphy | El hueco de la mano

El hueco de la mano es la reunión de los sitios y las cosas. También de las personas. Es la reunión de la poesía de PJ Harvey (que tiene mucho de callada música) y las imágenes (igualmente silenciosas, igualmente cargadas de sonidos) de Seamus Murphy. Además, es un viaje a través del tiempo (esas fotografías que nos muestran una realidad a través de los años, acercándonos de nuevo a los mismos escenarios, buscando esas mutaciones) y del espacio: Kosovo, Afganistán, Washington DC. Y también es una cuestión de luz. Del blanco y negro al color. El hueco de la mano, libro objeto, libro desplegable (de sensaciones), es todo eso, que es solo una cosa: el viaje. El viaje de una cosa hacia la otra, de una persona hacia la otra, de unas palabras hacia otras, de unas imágenes hacia otras.

PJ Harvey llegó la última. Para entonces, muchas imágenes habían sido fijadas, pero sus sentimientos seguían abiertos a  todo. La poesía de Harvey (es su primer libro de poemas) se agarran a la realidad porque la realidad es la única opción posible en algunos lugares. Su poesía es una poesía de la destrucción, como testigo, y de la supervivencia, a través de esos personajes que acuden a ella, que pueblan sus versos. En especial los niños. En especial en Afganistán, el país más inaprensible. Kosovo tiene la proximidad. Al menos la proximidad. Sus últimas líneas dicen: Hay ciertas cosas que no volverán / y no es que me ponga triste / Es un proceso bastante normal / Pero sí que me hace sentir algo. En ellas está contenida la certeza de algo, y también de esa pasta necesaria para sujetar esas paredes de adobe. PJ Harvey no cree en los discursos. En sus poemas desfila la desolación de los paisajes, excepto en Washington DC. Pero no, también ahí. La desolación no es una cuestión de edificios destruidos por las bombas y el hombre, o esos pasajes arenosos que tienen algo de abandono. También son nuestras ciudades, llenas de rincones poco brillantes, listos para ser recorridos, andados, mostrados.

La fotografía de Seamus Murphy no es el contrapunto. Dialoga al mismo nivel que las palabras de Harvey. Tal vez más allá, porque puede ir más allá. O tal vez solo es otra forma de llegar a esos mismos espacios, a esa misma gente. Pero él cuenta con otra dimensión. Sus fotografías, como decíamos, se prolongan a lo largo de los años. Vuelve una y otra vez, tienen una distancia. Y esa distancia alcanza a decirnos algo que tal vez no podemos llegar a entender: estancamiento, retroceso, avance, nada en absoluto. La mirada se vuelve atemporal. No intenta demostrar que el tiempo ha pasado, volver sobre las heridas, los desgarramientos, sino alcanzar la despojada verdad de aquello que vemos. Ni el blanco y negro es más dramático (ni remite a un tiempo pasado) ni el color es más alegre (ni remite a un tiempo a celebrar). Murphy, como Harvey, se detienen en el instante, en la certeza de que ese fragmento de vida nos dirá todo o nos dejará entre interrogantes. No importa. Es la vida. La vida que pasa. En Europa, en Oriente Próximo, en los Estados Unidos. Una vida abstracta a veces, humana, tan humana otras. Una vida complicada, que hay que vivir, en cualquier lugar, de cualquier forma. A cada cual lo suyo.

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