Elogio del fetichismo, de Pierre Bourgeade (Siberia) | por Óscar Brox

Libros

Convicción. Tras explicar la paradoja de unos esclavos de Barbados que, una vez liberados, reclamaban volver a sentir el peso de las cadenas, Jean Paulhan nos invita a penetrar en un texto peligroso, la Historia de O. ¿Peligroso por erótico? No, peligroso por la sinceridad que entrañan los textos eróticos, cuya función es la de ponernos al corriente. Por eso las palabras de Jean Paulhan, amante y cómplice de Pauline Réage -la autora de O-, recurren una y otra vez a la convicción y las palabras justas. Para que no haya lugar para la metáfora, solo para la carne y su temblor. Para que, como le decía Henry Miller a Anaïs Nin en sus cartas, cada palo aguante su propia vela.

El erotismo, el fetichismo, o cualquier otro ismo en el que intervenga el placer en sus formas más diversas, reclaman esa convicción a la que aludía Paulhan para ponernos al corriente. A veces, la llamada proviene de la dicha de la esclavitud que describe Pauline Réage en su novela; en otras ocasiones, de la tentación de evaluar cuerpo y moral en cada uno de sus pequeños fragmentos. A esto último es a lo que consagra Pierre Bourgeade su Elogio del fetichismo. Poeta, dramaturgo, fotógrafo o novelista, entre otras ocupaciones, Bourgeade dedicó su obra -falleció en 2009- a una de esas quimeras que en algún momento de la vida nos proponemos resolver: conocerse a uno mismo. Y, a decir verdad, su elogio fetichista puede ser el perfecto manual para arrojar luz sobre ese punto.

Una cita de Pierre Klossowski enuncia cuál será el objetivo del libro: conseguir la separación entre el cuerpo (el femenino) y la moral (la de todos), que las ataduras de esta última no emborronen los secretos del primero. De ahí la entrega a tumba abierta por parte de Bourgeade a evaluar cada una de las esquirlas que produce la explosión entre ambos frentes. Porque en cada pequeño fragmento, como en cada orificio, anida la posibilidad de una nueva tentación. Así, Bourgeade despliega un catálogo interminable que recorre no solo fetichismos -el de la visión, el de los azotes, y así sucesivamente-, sino cada gota que de este se ha derramado en la literatura y el arte. Desde Montaigne hasta el travestismo y la androginia del fotógrafo suicida Pierre Molinier, Bourgeade rastrea cada palabra, cada imagen, cada comportamiento en busca de todo eso que la moral se ha encargado de opacar.

Convicción, una vez más. Hace falta convicción para transformar lo que de normal podría ser una fascinación (el adjetivo corre de su cuenta, lector) en otra manera de ampliar el alcance de los conceptos. Así, en un hermoso pasaje sobre el bondage, Bourgeade describe cómo la trama de sentimientos que intervienen durante el acto redimensionan, aportan una serie de matices, a lo que comúnmente llamamos amor. Quizá porque se trata de un asunto interior, de algo que -como dice uno de los personajes del libro- «se zanja entre yo y yo». Lo que a menudo llamamos mirar para nuestros adentros. Para Bourgeade, otra manera de buscar esa unidad que nos empecinamos en negar cada vez que destapamos una parte diferente de nosotros para cada una de las personas con las que nos cruzamos.

Lo que diferencia a Elogio del fetichismo de los nombres citados líneas arriba es, principalmente, la vocación traviesa de su autor, siempre dispuesto a explorar divertido cada rincón oscuro de nuestras morales. De ahí sus saltos entre la ficción, pequeños riachuelos que ilustran cada uno de los comportamientos catalogados, y la Historia. Porque en cada vistazo hay una invitación a continuar mirando, y uno no puede escribir sobre determinados comportamientos sin haberlos probado antes. Por eso, el erotismo de Bourgeade extrae de cada palmo una anécdota. A veces, entremezclándolas con su experiencia vital, como sus ocasionales aventuras por el submundo parisino en el que el fetichismo se encadena con los suelos de roble. En el fondo, Elogio del fetichismo no es sino la vindicación de una de esas exigencias que nos cuesta cumplir: aquel aprender a pensar de otra manera que reclamaba Michel Foucault en su Historia de la sexualidad. Ese otro pensar capaz de reunir cuerpo y moral, placer y palabra. Bourgeade es, en definitiva, un vivo ilustrador de este principio. Por eso hay que agradecer a Siberia que haya editado una obra tan fascinante y, al mismo tiempo, inquieta. En ello reside su convicción.

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