La madre de la perra, de Pavlos Mátesis (Xórdica) Traducción de Cristina Serna | por Juan Jiménez García

Pavlos Mátesis | La madre de la perra

Qué difícil atrapar la infancia… Creemos recordar algo, y son imágenes febriles, al hilo de esas pocas fotografías que nos llegaron de entonces. La infancia forma parte del territorio de los sueños y como tal la recordamos. Por necesidad, nos hemos construido otra, con apariencia de realidad, hecha de retales, de falsos recuerdos. A veces, creemos poder tocarla con los dedos. Otras, es como esas pinturas encerradas desde hace siglos, que se desvanecen al contacto con el aire. La infancia, lejana, está llena de muertos. Los muertos también hablan. La memoria también tiene que ver con la supervivencia. Recordar aquellos días, aquellos tiempos, otros, es otra manera de sobrevivir, de vivir nuestro propio tiempo, hecho de aquel de los demás. Para Raraú, nombre artístico de una actriz de quinta fila que ya ha pasado de los sesenta (pero que sigue igual que siempre), es así. Vivió (es un decir) una infancia durante la ocupación italiana (y alemana) de Grecia, en los años de la Segunda Guerra Mundial, y aunque luego se marchó de ese pueblo imaginado, que es Villabrava, a Atenas (sin querer volver jamás), de algún modo se quedó ahí para siempre, viviendo con relación a aquellos años, ahora rememorados, entrelazados con su vida actual de vieja solitaria, pero satisfecha. El padre con veintipocos años se fue a la guerra con Albania (una guerra igual de idiota que todas las guerras), desapareció y fue dado por muerto a los pocos meses. Y ellos siguen ahí: el hijo mayor, el hijo pequeño, ella y la madre. Y una gallina, pero no por mucho tiempo (al menos viva… el cadáver, enterrado, seguirá ahí, eternamente). Nada que comer y muchos días por delante en los que estar vivos. En aquel microcosmos, subsistir es todo un arte. Propio y de los demás. Y la moralidad, que brilla por su ausencia en lo personal, está muy alta en la opinión que nos merecen los demás. La madre, un día, cansada de tanto inexistir, decide meter en su casa a un oficial italiano (vendrá un segundo, pero eso será todo), que les asegure algo de comida, qué menos. Y esto, se volverá algo imperdonable cuando la guerra acabe. Sí, hubo cosas peores, mucho peores, y alguna hija acabó escondida en tinajas de aceite, pero la madre acaba rapada, exhibida y enmudecida. Después de aquello, lo mejor es marcharse a Atenas, y empezar allí una nueva vida. Primero con un tullido sin piernas ni brazos, pero con muchos humos, y luego solas, viviendo del arte, con esa Raraú artista, campeona en pueblos recorridos, sin cerebro y con un agujero por cabeza, le dicen. Y ella entregada a esto y a los hombres. Pero ¿qué es cierto en todo eso? Rubí, Raraú, habla y habla, el universo de aquella vida en el pueblo ocupado desfila ante sus ojos. Da cuenta de todo, de las humillaciones y de los momentos en los que ser feliz era comer cualquier cosa. Sus objetivos se han convertido en cuidar toda la vida de esa madre muda y humillada, y cobrar dos pensiones, una por el padre muerto y otra por su vida de artista. Sin embargo, algo se resquebraja, las historias se agrietan y por ellas se meten las dudas. La realidad de la irrealidad, los falsos recuerdos, decía, tan verdaderos (¡más!) que los otros. 

Este torrente de palabras se lleva la vida y la contiene. Narrada en primera persona (¿cómo podría ser de otro modo?), atravesada, rota por los pensamientos disparatados (pero justos) de su protagonista, punteada por la miseria propia y de los demás, la miseria de pensamiento y obra, en algún momento Pavlos Mátesis se sale de su curso y la mira desde fuera. Ojalá poder salirnos de nosotros alguna vez y podernos contemplar con un tanto de distancia. Pero estamos ahí, cosidos a nuestro cuerpo, contenedores de historias, absortos en maravillas de recuerdos, atrapados en nuestros propios trucos de magia, esos que aprendemos para poder afrontar un día y después otro y luego otro y otro más, hasta que formamos nosotros parte, también, de ese sustrato terrenal de muerte y muertos. Raraú dice que por qué tiene que estar prohibido el mal, si a todo el mundo nos gusta practicarlo. Sí: lees La madre de la perra, y el bien se nos presenta como una excepción, una rareza, un engendro monstruoso que nos aparta de nuestros instintos, que son bien bajos. Pero no puede ser así. Raraú, Rubi, tiene corazón, como su hermano pequeño tenía hambre e inocencia. Pero incluso en ese corazón, a veces se instala el egoísmo, aunque sea el egoísmo de los que han pasado un hambre atroz. Nos cuesta mucho definir que es el bien, y un poco menos definir que es el mal. Y si teníamos alguna duda, siempre están las guerras para demostrarnos hasta donde somos capaces de descender. Las guerras de entonces y las guerras de ahora, porque siempre estamos en alguna, repitiendo una y otra vez las mismas atrocidades e incluso otras más y más grandes. Y siempre capaces de dar lecciones a los demás. Qué extraño animal es el ser humano…


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