Cartas, 1888-1890, de Paul Gauguin y Vincent van Gogh (La micro) Traducción de Guido Sender | por Juan Jiménez García

Paul Gauguin y Vincent van Gogh | Cartas, 1888-1890

Otoño de 1888. Van Gogh se encuentra en Arles. Su proyecto es crear una residencia para pintores sin recursos (como, por otra parte, él mismo) con la ayuda de su hermano Theo. A cambio, los artistas entregarán cada mes un cuadro a este último, que es marchante de arte, uno de los pocos interesados en el impresionismo. Piensa que es una manera de compartir gastos y, además, de servir para el intercambio de ideas y, en fin, hacerse compañía. Para ello se traslada a la Casa Amarilla y sigue construyendo su pintura, una pintura que no interesa a nadie, y creyendo en las bondades del impresionismo, que él está superando consciente o inconscientemente. Paul Gauguin no tiene más dinero que él. El pintor holandés admira su obra y piensa que es una buena idea que este sea el primer residente de esa utópica residencia, ese Estudio del Sur. La idea de Gauguin no está muy alejada en lo simbólico de Van Gogh. Él también quiere montar una residencia, pero lejos, muy lejos, en la Martinica, el Estudio de los Trópicos. Y para ello necesita dinero, aunque ahora no tenga ni para viajar a Arles.

Ambos pintores se admiran e intercambian correspondencia y autorretratos, pero, como señala Gauguin, no coinciden en mucho. Ni en los pintores que aprecian o detestan ni tampoco en el temperamento. Van Gogh sería un romántico, él un primitivo. Aquel otoño, entonces, los dos pintores empezarán su convivencia, que en las cartas de Van Gogh a su hermano se muestra más luminosa de lo que debió de ser en la realidad. El holandés tiene una visión de la vida curiosamente optimista y piensa que todo lo mejor saldrá de ese Estudio y de su relación con el otro. Que será una relación fructífera que enriquecerá la obra de ambos. Pero si algo se desprende de las cartas es que el proyecto respondía más a una necesidad personal que a algo real. Tal vez simplemente a una voluntad de no estar solo, de no enfrentarse en solitario a su propia obra, de compartir con alguien sus temores.

Y es que si algo está constantemente presente en esta correspondencia triangular (dado que también encontramos las cartas de Theo) es la soledad de Van Gogh. Es algo que va más allá de la pobreza o de la incomprensión (que compartía con Gauguin y no solo con él) hasta convertirse en un estado de ánimo. Un estado al que se enfrenta una y otra vez sin acabar de nombrarlo. El empeño del Estudio, la constante preocupación por los demás pintores, la solicitud de noticias… El pintor holandés está lejos de todo y cerca de una sola cosa: su pintura. Pero su pintura será tan inestable como él y, desde hace mucho, no confía en el presente. Ni tan siquiera piensa que sus cuadros puedan ser intercambiables, en justicia, con los de otros. Y así se diluye en algo más amplio, el impresionismo, incapaz de reivindicarse él mismo. Tal vez la búsqueda de esa compañía tan solo sea una forma de escapar de sí mismo, de sus fantasmas, que son muchos, y de su propia locura.

Una locura que llevará lejos a Gauguin. Es durante su estancia en común cuando Van Gogh se cortará su oreja. Seguirá su relación epistolar, la admiración mutua, el intercambio de impresiones, de noticias. Seguirán pasando los días y Gauguin sigue soñando con irse lejos, muy lejos, y Van Gogh, aún más lejos todavía. Dos años después de aquel encuentro, de aquella utopía del Estudio del Sur, se suicidará. Estas cartas (de nuevo una bella edición de La micro) son reveladoras de tantas cosas… De ese estado de precariedad del arte que se transmite a los artistas, de esa necesidad de ir más allá, de una esperada hermandad para escapar a un arte solitario. Del riesgo sin respuesta, siempre instalados en la búsqueda de la eternidad.

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