Tierra de empusas, de Olga Tokarczuk (Anagrama) Traducción de Katarzyna Mołoniewicz y Abel Murcia | por Francisca Pageo

Olga Tokarczuk | Tierra de empusas

Los libros de Olga Tokarczuk no son meros libros per se, son artefactos, pequeñas bombas que estallan en nuestro pensamiento cuando nos disponemos a leerlos. Siempre con aires que no parecen de este mundo, con este último libro nos remitimos a los ecos de aquella Montaña Mágica de Thomas Mann, en la que la vida transcurre en un sanatorio en las montañas.  

Podemos, si queremos, disponer de esta novela como si fuera una obra de teatro, pues los personajes van presentándose a sí mismos conforme van apareciendo. Estamos, ante todo, ante un libro en el que ellos, los personajes, transforman las sensaciones en experiencias. Cada sensación que recibe un personaje es aquí transformada a un hecho, un saber, un algo que le mueve y le impulsa a ir hacia adelante. El personaje principal, Wojnizk, un joven polaco estudiante de ingeniería, llega a este sanatorio ubicado en la Baja Silesia de nombre Görbensdorf para el tratamiento de su tuberculosis. Siempre con la esperanza de salir curado, pero sin saber muy bien qué se encontrará allí. Las mujeres brillan por su ausencia y sus compañeros serán esbozos de unas vidas que se convierten en caricaturas. Cada uno de ellos está aquí sumamente cuidado y puesto, nada les sobra y nada les falta, por lo que estamos ante una obra de arte total que, si bien es difícil de acaparar al 100%, no salimos ilesos de ella. Y es que es esta una novela que por su estructura o su hacer se convierte en ese artefacto críptico que cuesta seguir a veces. Sin embargo, no podemos dejar de leer pese a que pareciera que la novela nos va sacando de sí, de nosotros mismos y del libro mismo. Tengo la sensación de que la autora hizo esto a propósito como un mero instrumento para hacernos comprender que en la novela el salto es primordial, ¡estamos entre montañas! ¿Pero qué nos quiere decir la autora? Creo que lo que quiere es que saltemos de nuestros asientos. A mí personalmente esta historia me ha recordado a Picnic en Hanging Rock donde el espacio y el tiempo entre las montañas y un lugar idílico se detiene y se altera. Solo los personajes, que no saben nada y lo saben todo, nos pueden dar indicios de qué puede estar ocurriendo. Es una novela que es un extraño sueño, todo está alterado, los personajes, el folklore del lugar, la tenue entereza del hospicio en el que se hallan. El lugar es una herida que iba cerrándose y abriéndose de tejido granular, dirá Tokarczuk. 

La falta de figuras femeninas aquí se ve imbuida también por la cantidad de citas misóginas que traslada la autora al libro de gente como Kerouac, Freud, Schopenhauer, Hesiodo, Conrad… Entre muchos, muchos otros. Si acaso aparecen las mujeres al principio y al final del libro; son ellas, las que cuentan la historia, las que conceden a los personajes el tono y el valor que se le quiere dar a cada uno de ellos.  Es un libro críptico y espectral; todo parece obra de sujetos fantasmales que viven en la tierra quién sabe para qué motivo; pero no lo entorpezcamos, es un libro que va más allá de toda fantasía, de todo estado mental. Es un libro por y para la mente humana, pues sin lo humano presentado aquí el libro quedaría hecho rastrojo, cenizas, cuerpo inerte. 

Un libro, sin duda, poderosamente humano, pero ante todo poderosamente vivo. Podría ser este libro un animal que nos viene y nos sacude. Un animal de las montañas polacas que nos imbuye hacia un lugar profundo e inocuo donde todo puede suceder a la vez que todo está sucediendo. La muerte siempre estará presente, aunque algunos se salven, pero la tenemos ahí, como una protagonista más que nos hace ver que vivir es una cuestión de suerte y de esperanza. 


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