Tierras muertas, de Núria Bendicho (Sajalín) Traducción de Ana Crespo | por Óscar Brox

Núria Bendicho | Tierras muertas

“Intento poner mi voz donde Faulkner puso la suya […] ¿Quién habla? Me quedo corto si digo que siento una íntima cercanía con esas preguntas: son mi vida misma”. Esto lo escribió hace unos años Pierre Michon, devoto faulkneriano, en Cuerpos del Rey. Lo he leído tantas veces que casi lo he memorizado. Y me viene a la mente al terminar la última página de Tierras muertas. ¿Quién habla? Aquí, no cabe duda, se trata de los Capdevila y su cosmogonía trufada de miseria y horror, coro de voces que describen el hundimiento familiar con el paso del tiempo. Pero hay algo más: diría, la habilidad de Núria Bendicho para salpicar cada palabra con el polvo, la sangre y la pobreza del lugar, reflejando una y otra vez las frágiles estructuras familiares de un espacio geográfico cuya razón de ser, precisamente, se explica a través de las familias que lo componen. Me refiero a esa impresión, cada vez más propia del pasado, de narrar una época en la que las personas (y sus rostros, cuerpos, sensaciones…) eran lugares, fronteras, ciudades de carne y hueso erigidas sobre esas otras localidades casi fantasmales. Personajes, por tanto, que cargaban con una Historia, con tanta densidad y poso, que su desaparición en el tiempo era, prácticamente, como borrar un espacio real del mapa. Es una idea sobre la que vuelvo una y otra vez al pensar en Tierras muertas.

Bendicho inicia la historia con un asesinato y una muerte. Muere un hijo, un hermano y, si apuramos, una familia, porque ese acontecimiento desencadenará una catarata de situaciones cada vez más turbulentas que retratarán la destrucción de los Capdevila. El relato avanza, retrocede, excava y discute cada cosa a partir de las voces de sus diferentes protagonistas; jóvenes o ancianos, zorros o imbéciles, todos aportan ese matiz que le proporciona un punto acaso más tortuoso a la historia. Hay incesto, amores fracasados, pasión y violencia, sangre a borbotones y tanta pobreza que, a ratos, se diría que las páginas huelen. Hieden. Dan asco. Porque chapotean en el lado oscuro de la naturaleza humana y le exponen, en toda su crudeza, a ese sol que blanquea los huesos y añade un tono de desesperación y (quién sabe) de ironía al destino familiar. No en vano, Bendicho desgrana las atrocidades de su criatura concediéndoles la duda razonable de si todas esas calamidades no suceden, precisamente, por querer preservar la familia a toda costa. Por llevarla hasta el extremo.

En cada detalle de Tierras muertas late una pequeña historia; a menudo, por cierto, de amor. Está la de esa mujer que ha vendido demasiadas veces su cuerpo, aplastada por un tiempo que ha carcomido toda su belleza. La de un cura devastado por una paternidad que pone en entredicho sus votos (a veces, en fin, parece que no es suficiente con ser hijo de Dios para evitar ser padre de cualquier manera). O la de dos hermanos enfrentados por dos maneras diferentes de entender el amor de madre. Bendicho las narra con pasión, con violencia y, puede ser, con disgusto. Le atrae la ferocidad de su pensamiento, como cuando buscan un ataúd para el entierro y sus dimensiones reducidas obligan a serrarle las piernas al muerto. Le fascina esa inocencia que linda con el salvajismo, pura animalidad, que explota a cada poco en el libro cuando sus personajes intuyen una soledad demasiado ruidosa. La condena. Lo que queda de un linaje para esas futuras generaciones condenadas a revivir, o reinterpretar, su historia. A sentir su cercanía y escuchar sus voces, intuir en ese paisaje propio de un secarral sus figuras famélicas o notar la baba caliente corriendo por las mejillas. Y esta, en fin, no es una cuestión estética, sino un intento por concederle fisicidad a las imágenes que compone Bendicho; a las palabras, los lugares y los acontecimientos.

La tragedia de los Capdevila, en cierto modo, sería intrascendente si no fuera por la magnitud literaria que les concede la escritura de Bendicho; como ampliar un trozo de mapa hasta su pixelación. Algo así sucede en Tierras muertas cada vez que observamos cómo se desbordan las pasiones, los arrebatos y el poder de la sangre. ¿Hasta la exageración? Ni mucho menos. Lo que lleva a cabo su autora camina en la dirección opuesta (que lo explícito no tape sus intenciones, por favor), pues todo ello trata de amplificar el sonido de unas voces tan remotas, lejanísimas, que apenas resultan audibles. Perdidas, olvidadas, condenadas. Pero, pese a todo, parte de una Historia. A falta de paisanos, o de un Yoknapatawpha surcado de relatos casi mitológicos, Núria Bendicho se ha propuesto rearmar, recomponer, volver a contar una historia que agoniza. Revivir un territorio mortecino. Más en la sombra que en el crepúsculo. Recordarnos qué se siente al contar esas historias, al escuchar esas voces y escribir en íntima comunidad con los condenados de la tierra. ¿Quién habla? El pasado que golpea cada una de las páginas.

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