En busca del cielo, de Nathalie Léger (Chai editora) Traducción de Matías Battistón | por Óscar Brox

Nathalie Léger | En busca del cielo

En los últimos días he leído dos libros acaso complementarios: uno es En busca del cielo, de Nathalie Léger y el otro es esta especie de meditación filosófica de Denise Riley sobre la muerte del hijo. El primero aborda la muerte del marido, Jean-Loup Rivière, y la escritura de duelo que Léger lleva a cabo quién sabe si para fijar en palabras todos esos hilos de vida que se han ido con el cuerpo. Pienso en ello cuando, en un momento del libro, describe cómo besa el cuerpo del marido, cada parte de su desnudez, quién sabe si para memorizar tantas cosas que ya están dejando de ser. 

Para Denise Riley, en cambio, el punto de partida es otro. Su libro comienza en forma de cuaderno de notas a partir de las semanas posteriores a la muerte de su hijo. Lo primero es obvio: ¿Cómo describir ese momento de inmensidad mortal cuando deja de haber cuerpo y, por eso mismo, desaparece la persona? Alguien dirá que se para el tiempo, que es uno de tantos recursos para hablar de la excepcionalidad del dolor, pero en verdad continúa de otra manera. Y de lo que se trata es de describir esa condición de la vida alterada. 

Dice Riley: “pervivir tras una muerte, pero vivir sin habitar ningún tiempo verbal te presenta serios problemas ante lo describible. La lucha por narrar no solo se convierte en una perspectiva desmoralizante, sino también en algo estructuralmente imposible. No porque esté demasiado “conmocionada” para sentir el deseo de escribir ni que sea una palabra o porque estés instalada en la “negación”, sino porque cuando el movimiento del tiempo se te detiene, también paran todos los habituales “antes” y “después” que apuntalan la narración. Ahora, tu tiempo nuevo, que se ha detenido, ya no tiene dirección. O, mejor dicho, ha desaparecido toda idea de direccionalidad”. 

Pienso en Léger, autora de libros habitualmente breves; por tanto, la clase de escritura que pesa cada palabra que escoge. En un punto, su libro parece arrastrarnos al pasado de la enfermedad del marido, en un rápido inventario de días y dolores, de gestos y escenas, que suceden a la velocidad del recuerdo -son pinceladas, unos pocos detalles bastan. Pero, también, nos sitúan ante la perspectiva del tiempo. Es decir, ante eso que antes resultaba difícil de entender y que ahora su escritura trata de ordenar. Pero, ¿es eso posible? Léger habla de lo que hay y de lo que no, y de esa confusión verdaderamente devastadora cuando pasamos de un estado a otro. O sea, cuando comienzan a agolparse los recuerdos, cuando convertimos los recuerdos en argumentos, cuando intentamos que las palabras sean algo más que palabras. Que sean repositorios, casi, en los que una parte de esa persona que no ya no está pueda descansar. 

En busca del cielo es la narración no solo de la muerte y del duelo; me atrevería a decir que, también, de ese temblor humano ante la incapacidad de pasar por esos dos estados. La vergüenza, la parálisis moral, esas imágenes que Léger deja caer en sus páginas, pero que poco a poco se desmoronan por ser demasiado humanas, demasiado difíciles de poner en palabras. O, como mínimo, en palabras que sean justas. Y es ahí, en verdad, donde está lo bello de este libro. En el hecho de que explora un mismo caso desde diferentes ópticas. Nunca se cansa, nunca se detiene, si con ello se acerca un poco más a la necesidad de curar esa herida latente. Una herida que no es la de la soledad, ni la de la muerte tampoco -porque a eso, en fin, nos tenemos que enfrentar todos. Más bien, se trata de la herida del lenguaje, de esas palabras que ya no saben cómo construir un mundo, un cuerpo, un rostro, una voz o una persona, pero que no por ello dejan de intentarlo obstinadamente, acumulando rasgos, matices, detalles, memorias que acabarán implacablemente difuminadas por el tiempo. ¿Es eso un fracaso? Yo diría que es, en ultimísima instancia, el más bello acto de amor. De amor al lenguaje, a la narración, a esa capacidad que tienen las palabras para ordenar un mundo. De ahí esa bella confusión entre personas (la segunda y la tercera, según el momento del texto) y tiempos verbales, ese ir y volver de momentos y escenas. Esa vergüenza propia tan tiernamente explorada y retratada. 

Para una autora como Nathalie Léger, acostumbrada a escribir, a centrar sus obras, en otras personas, desde Barbara Loden a Pippa Bacca, este En busca del cielo puede resultar un libro francamente revelador: ahora es en ella donde busca la sustancia humana, ese pegamento con el que las palabras pueden atreverse a narrar lo que es, casi, inenarrable. Como si se tratase de otra clase de ficción, o de performance. Y eso hace de este libro una experiencia intensísima, sobre todo, porque tras esa forma tan deliberadamente natural, mezcla de recuerdos, imágenes y palabras de duelo, aflora una composición elaborada que no deja de preguntarse, de preguntarnos, cómo atrapar todo aquello que hay de humano cuando la vida, simplemente, deja de estar. Avanzamos temblando, hacia ese lugar incierto que las palabras, todavía, no saben cómo ordenar. 


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