Trajiste contigo el viento, de Natalia García Freire (La navaja suiza) | por Gema Monlleó

Natalia García Freire | Trajiste contigo el viento

“Un pueblo es una cadena hecha de pesadillas”

Hay libros que son trama. Hay libros que son lenguaje. Y hay buenos libros que son trama y lenguaje. Este es el caso de Trajiste contigo el viento, la segunda novela de Natalia García Freire (Cuenca, Ecuador, 1991). 

“Cocuán con sus casas de adobe medio hechas y vacías. Cocuán con sus calles de tierra, lodo y piedras. Los farolitos rotos donde vuelan galaxias de moscas y polillas, el olor a alcantarilla y caña pica la nariz. Hay otro olor que cuesta nombrar. Huele a carne, a carne de vaca, a piel gruesa de cerdo y orines de pájaro, huele a desquicio”. Cocuán es el pueblo donde sucede todo. Donde sucedió todo. Donde nada más sucederá. Cocuán, en la cordillera andina, a merced de los instintos, los miedos y los elementos naturales. Cocuán, personaje central. Cocuán, como el río de donde parten los afluentes que nos hablan en el libro: cada uno de los personajes, uno por capítulo.

Érase una vez Milred. Érase una vez una niña-mujer distinta. Érase una vez una niña-mujer a la que se le murió la madre y a la que el padre abandona: “Cuando naciste, tu ma dijo que trajiste contigo el viento. Era un viento tibio. Ese viento no teme. (…) Trajiste contigo el viento que se lleva las cipselas de los dientes de león a recorrer el mundo, Milred. El viento que calma al ganado. Ese viento no teme. Aquellos que viven en el temor se volverán salvajes. Pero tú no.” Érase una vez una niña-mujer en una casa cercada con estacas. Érase una vez una niña-mujer que dormía al calor de los cerdos. Érase una vez una niña-mujer que no obedecía al párroco del pueblo. Érase una vez una niña-mujer que por salvaje (acá distinta, acá sin miedo, acá instintiva) fue encerrada en el Monasterio cuando la turba (encabezada por el estamento mayor, acá la iglesia) le quema la casa.

Este hecho, con el que los habitantes de Cocuán quisieron buscar la tranquilidad, la paz, la calma, es el origen, años después, de una epidemia de locura, del rapto de la razón por los instintos, del éxodo a las cuevas de las montañas de algunos aldeanos (“habían corrido desnudos al peñasco, huyendo del futuro, de sí mismos y de nuestro pueblo viejo”) y de su búsqueda (casi batida, casi caza) por el resto.

Los elementos: el viento, la tierra, el agua y el fuego van turnándose el protagonismo entre unos y otros. Los elementos, lo natural, lo básico por encima de la razón que deviene inentendible para unos y otros. Los elementos danzando entre la locura, la huída y el (des)arraigo de unos y otros. Milred fue el inicio, el párroco que la confinó en el Monasterio enloqueció (“Una noche en el monasterio el párroco Santamaría empezó a aullar. Al día siguiente las gallinas pusieron huevos negros, las vacas se negaron a ser ordeñadas, cagaditas de pájaro caían sobre nosotros y juro por mamita nuestra que cuando quisimos hablar, también aullamos”), su sucesor quiso convertir a los fieles en mucho más fieles con/por/a través de su ignorancia (“use el salvajismo de esta gente para su provecho, son capaces de ver milagros donde no los hay”) y la naturaleza humana y extrahumana se desató.

Los nueve capítulos del libro tienen la voz de diferentes personajes. Algunos de los que huyeron. Algunos de los que se quedaron. “A la derecha, los que se quedaron, una hermandad de huérfanos que caminaban por el bosque como niños castigados. A la izquierda (…), los desnudos, el reverso del mundo, los que partieron invocando el caos”. Cada voz, desbordada, atáxica, en pleno caos mental o en plena paz sosegada (por fin), da un matiz a la historia, y con todas ellas completamos un puzzle hipnótico en el que arder, sumergirse, correr a pellejo o ser batido por el viento es tan determinista como determinante: “Y entonces supe que antes no había sido un cuerpo, sino un plato, un cuenco, una cosa hueca que, en bien o en mal, ahora estaba siendo colmada por fuego y hollín”.

García Freire nos cuenta la animalización de algunos personajes con un lenguaje altamente poético, plagado de frases-imagen en la epidermis de cada voz: “Dios mismo nos hizo así, con la sangre espesa y la carne podrida; pero ellos parecían llevar dentro una sangre nueva, creada a partir de tierra roja y polvo cósmico”. García Freire nos despeina con cada descripción de ese viento: “Mi corazón se dejaba penetrar por la luz. Arder era la forma más pronta de subir al cielo. El viento mecía todo eso en lo que me estaba convirtiendo. Era humo negro salvando el espacio, luz que iluminaba las sombras de la noche.” García Freire apela a nuestros instintos con cada rugido, aunque contenga diminutivos: “a veces yo imaginaba que dentro tenía un sol pequeñito, que ardía, y me dejaba en la piel estrellas, cúmulos y galaxias. Entonces pensaba que mi piel decía cosas en el lenguaje de la luz, pero yo no sabía entenderlas, porque ese lenguaje debía de ser antiguo como los primeros espectros que habitaron la tierra y crearon en los seres humanos las visiones y los escalofríos”. García Freire convierte lo extraño (¿paranormal?) en cotidiano (“¿Recuerdas que un día entramos en el cuarto de mi hermano muerto y sentimos que éramos nosotros los fantasmas?”) convirtiéndonos en un espectador frente al telón abierto: leemos, vemos, comprendemos. Y se nos eriza piel: por empatía, por miedo, por desasosiego.

Ecos de Mónica Ojeda, de Mariana Travacio, de Layla Martínez y de la Mercè Rodoreda de La mort i la primavera en esta historia, en las palabras de esta historia. Ecos por el ambiente creado, a medio camino entre lo fantástico y el western: “Nada en Cocuán es lo que parece. Estamos hechos de polvo y mal, como las pesadillas. Nuestro cementerio es un pantano sembrado de cruces podridas que van desapareciendo cada vez que sube el río. Ni siquiera nuestros muertos quieren quedarse con nosotros”. Ecos por los mundos de furia: “Cocuán, donde vivimos tan cerca del espacio vacío y su materia oscura, que el sol es como un padre, te parte la cabeza o te deja apolillarte, lejos, muy lejos de las entrañas abrigadas de la tierra”. Ecos por la manera de arrastrarnos dentro de la novela: “Entonces sabes que el otro ha visto a Dios o al demonio, que ha visto algo que tú no, y ya no es como todos los demás de piel y huesos: ha encontrado que tenía un manantial dentro y chapotea ahí, henchido de gloria.” Ecos por los silencios animales y las voces de los ausentes (“Porque yo estaba oscura por dentro. Como todos nosotros. Con la noche dentro”). Ecos por el blanco, por la luz con la que refulge la tierra desde su centro mismo y que asciende por el polvo y el cuerpo (un espacio más) de los personajes “Esa feria de atrocidades que era Cocuán estaba más extraña que nunca, cualquiera habría pagado para vernos: pase y vea este pueblo de espanto”

Y entre tanto desvarío, un mensaje de esperanza. Así como el principio fue érase una vez Milred, en el final es érase una vez las hijas de Cocuán. Pero no sigo, sería espóiler. Os invito a que sigáis vosotros. “¿No notas el viento, guambra? Ahora que todo ha terminado, está tibio y manso”.

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