La bella extranjera. Praga y el desarraigo, de Monika Zgustova (Báltica) | por Juan Jiménez García

Monika Zgustova | La bella extranjera. Praga y el desarraigo

Encuentro como varios ejes, que se mueven alrededor de un mismo punto, en el ensayo de Monika Zgustova. El punto, no hay que decirlo, es Praga. Praga como ciudad, como lugar en el que convergen inquietudes. Y luego, la literatura en lengua alemana y la literatura en lengua checa, que marcaron los años entre el Imperio Austro-Húngaro y la ocupación alemana. Y los escritores del exilio y los escritores que quedaron allá, en los años del comunismo pero, por encima de todo, de aquella Primavera de Praga atravesada, herida de muerte, por los tanques soviéticos. Para Checoslovaquia (ahora separada en Chequia y Eslovaquia), el siglo anterior fue un siglo convulso en el que vivió la caída de un Imperio, el nacimiento de un país, la invasión nazi, el comunismo y sus bloques, el deshielo, la invasión soviética, más comunismo y el poscomunismo, que eran los mismos pero esta vez legitimados por la otra mitad del mundo. No es poco. Poco menos de cien años dan para mucho. Si empezamos con las cenizas austrohúngaras y las esperanzas de un nuevo país traídas por Tomáš Masaryk, tenemos que irnos hasta los cafés.

La convivencia de checos, alemanes y, dentro de estos últimos, judíos, es el retrato de una cordialidad distante. Allí podemos encontrar a Jaroslav Hašek, sus memorables borracheras, su partido político fundado en una taberna y, cómo no, a ese vendedor de perros atrapado por la guerra que es su soldado Švejk. Hašek es un escritor en lengua checa, como Karel Čapek, aquel inventor de robots y de guerras con salamandras, que ya advertía, él también, de nuevos peligros. Pero en lengua alemana damos con otro retratista del absurdo de la condición humana: Franz Kafka. Y en Praga podemos encontrar a Gustav Meyrink y su golem, salido de la sinagoga Vieja-Nueva, o a Franz Werfel, o a Egon Erwin Kisch y sus crónicas de un mundo que desaparecía. También nació allí Rainer Maria Rilke, que acabaría por encontrarse con Marina Tsvetáieva, que venía huyendo de Rusia y pasó tres años felices en la ciudad. Y no solo ellos habitaban aquellos cafés y callejuelas de la ciudad vieja, corazón de esa Europa central que se despedía, silenciosamente, del centro del mundo.

Las derivas de aquellos tiempos también trajeron exilios y exiliados. Si en un primer tiempo llegaron escritores como Thomas Mann, que huía del nazismo, o de Tsvetáieva, que huía del comunismo, esto no fue más que el preludio de otros exilios, interiores o exteriores. La primavera de Praga, aquel fracaso, aquellas esperanzas traicionadas, acabó con una verdadera revolución. No solo del pueblo, sino de la cultura. E incluso de esta antes que del pueblo. Si aquel final de imperio representó la edad de oro de las letras alemanas en un mundo en cenizas, aquella promesa de un porvenir impulsó hasta lo ilimitado la literatura o su cine (que fueron de la mano, confundidos en un solo cuerpo, con un corazón que latía fuerte). El fin del tiempo bajo los tanques soviéticos, provocó la marcha de gente como Milan Kundera, Josef Škvorecký o Miloš Forman, convirtiéndose no pocas veces, también en un cambio de idioma, que es algo tan extremo que representa perfectamente el drama de aquellas partidas. Otros, sin embargo, se quedaron allá, prohibidos y dedicados a sobrevivir con los más variados oficios, autores de una literatura atrapada en los cajones que soñaba con un futuro, cualquier otra cosa. Autores como Bohumil Hrabal, Ivan Klíma, Jan Zábrana siguieron allí, mal, porque les resultaba imposible verse en otro país. Asumían, después de todo, el destino de sus conciudadanos, sus derrotas. El pensamiento de una victoria futura quedaba muy lejos. Si Milan Kundera decía que la vida estaba en otra parte, para ellos era una cuestión íntima, aquella de atravesar, palabras de Bohumil Hrabal, el frío más intenso. Y así, otro título (también para Monika Zgustova): se pusieron a escribir todos el libro de la risa y el olvido.

Podemos pensar que todo esto acabó allá por 1990, con la revolución de terciopelo, en la que un dramaturgo llegó a presidente de aquel país. Václav Havel, uno más de aquellos que se quedaron (y ni tan siquiera en silencio), representaba el final de un camino y el comienzo de otro. Pero la historia de la literatura no es la historia de la humanidad y lleva sus propios tiempos y sus propias decepciones. Una sucesión de intimidades, de encuentros y desencuentros, en la que es difícil olvidar. El azar, esa fuerza que mueve el mundo. Ayer volvimos a ver Algo parecido a la felicidad, película de Bohdan Sláma. Qué raros caminos toman nuestros recuerdos para pensar como una comedia un drama terrible. Nada cambia. Sigue estando esa belleza convulsa. Pero en ella está también contenido de algún modo este libro de Monika Zgustova y el destino checo. Ese mundo que se resiste a desaparecer, amenazado por todo. Sus dos protagonistas que se conocen desde siempre pero que no acaban de reconocerse. Las dudas entre marcharse fuera, con la promesa de un mundo mejor, o quedarse, compartiendo tragedias. La película en realidad se llama Stesti, que quiere decir suerte. Y a alguien debemos agradecerle el misterio de ese otro título, que debería sernos irónico, puro humor praguense, cuando en realidad es su definición más precisa. Lo trágico de esa historia praguense del mundo, que recoge este libro, breve pero intensamente, es la historia de algo parecido a la felicidad.

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