La vida celular, de Miguel Herráez (Alrevés) | por Juan Jiménez García

Miguel Herráez | La vida celular

Quizás la vida no sea más que una cuestión de detalles. Un montón de detalles apilados unos encima de los otros. Juntos, revueltos. Como esos millones de células que forman nuestro cuerpo. Entonces, contar esa vida sería ir poniendo palabras, una detrás de otras, palabras que contarán sensaciones, describirán cosas pequeñas, momentos breves, destellos, gotas de algo. De algo tal vez más complejo, pero que no acabamos de saber cómo contar, que no sabemos cómo contárnoslo o, simplemente, no queremos contárnoslo. Y esta es la tarea de Miguel Herráez en La vida celular, que ahora edita Alrevés. Buscar en lo ínfimo, unidad mínima en la historia de una vida. Una vida que ni tan siquiera es gloriosa, o que es tan gloriosa como puede serlo cualquier otra. Y que sin embargo es la única que su protagonista tiene, la única vida a la que le puede dar vueltas.

Su protagonista es un psicólogo perdido en la ciudad de Valencia (y uno, a estas alturas, sabe que en una ciudad como esta en la que estamos uno se pierde de una manera un tanto especial). Sus días pasan entre su consulta (con sus pacientes y su pecera), sus clases en la Universidad, su madre (afectad de parkinson, habitante de otro mundo, siempre nuevo) y su pasado. Su pasado es la vida celular. Es decir, la vida y obra en una célula de izquierdas, mientras esperaban que se muriera la momia un día de estos, lanzando octavillas y realizando entregas. No es ni tan siquiera un pasado glorioso, pero para unos cuando recuerdos da. Cuando lo más arriesgado es lanzar propaganda subversiva desde Santa Catalina y uno se juega la vida por un accidente de moto, no puede reivindicar una vida de aventura. Pero, aun con todo, al menos quedaba la sensación ya que no de haber hecho algo, al menos de haber discutido sobre todo. De haber jugado a algún juego.

Pero hasta en las cosas más grises, hay algo. Una mancha. Apenas un detalle. Y así, nuestro protagonista se enfrenta al recuerdo de una historia, que como también es pequeña, no deja de ser una anécdota. Pero de esas que se quedan ahí, más importantes desde el momento que son un misterio. Un misterio tal vez buscado, como una necesidad de grupo. Aparece el personaje de César, que era su nombre de guerra (aquella que nunca tuvieron) y también Gorqui (idem), y la vida en la célula, los pequeños detalles, que después de todo eran los que le daban un sentido a aquella vida aburrida, reducida al mínimo, llena de paranoias, de discusiones y de clasificación de ideas (esta es de pequeñoburgués, esta no). Quizás todo para llegar a la conclusión de que no fueron tiempos épicos, ni heroicos, ni nada de nada. Simplemente tiempos de espera, atrevida espera. Espera.

Y frente a ese intento de recordar, el intento de encontrar ese momento en el que algo se rompe. El devenir de las cosas. El caso de César, decía, pero también su matrimonio con Andrea. Cuándo acabaron aquellos cuatro años. Y darse cuenta que tampoco fue un momento especial, y que más que una ruptura fue una disolución, como la vida celular. Que podía haber un algo, un destello ahora algo melancólico: un coche color verde manzana, o una pecera, da igual. Y frente a eso, ese momento ínfimo que cambia todo, la madre. La madre para la que ya no hay nada que recordar, cero, para la que cada día significa volver a encontrarse con las cosas, también con el hijo. El hijo que vete a saber quién es.

Para Miguel Herráez el fondo y la forma se convierten en una misma cosa. El carácter ensoñadoramente obsesivo de su protagonista da un cuidado por cada palabra, un inventario minucioso de manías, repeticiones, cosas pequeñas, medianas y grandes (de estas no hay muchas… como nos pasa a todos). Un inventario breve de personas (porque nos cruzamos con muchos pero al final nuestra cabeza solo es capaz de retener a unos pocos). Las palabras como células, las células como instantes, hasta formar un libro, un cuerpo. Un libro río, un río plácido, triste, instalado en la melancolía. No la melancolía de un tiempo pasado, sino la melancolía de que igual aquel tiempo ni tan siquiera fue algo excepcional. Como este. E incluso así…

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